Susan Mallery - Simplemente perfecto

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Cuando la mejor amiga de Pia O’Brian murió, ésta esperaba heredar a su querido gato, pero, en lugar de eso, Crystal le dejó tres embriones congelados. Pia no creía que estuviera preparada para la maternidad. Sin embargo, dispuesta a cumplir el sueño de su amiga, decidió convertirse en madre soltera… y ese mismo día conoció a un hombre guapísimo y sexy.
Raúl Moreno, un famoso ex jugador de fútbol americano que se había criado en una casa de acogida, era ahora más rico de lo que podría haber imaginado nunca y dirigía un campamento para los niños necesitados de Fool’s Gold. Aunque después de su última relación había decidido olvidarse de las mujeres, no podía sacarse de la cabeza a la dulce y sexy Pia… y le propuso un descabellado plan.

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– No, no lo eres -dijo Montana.

Dakota sonrió.

– De acuerdo. Entonces lo seré. ¿Qué te parece eso?

– Mejor -respondió Montana-. Te quiero.

– Yo también te quiero.

Pia sintió un nudo en la garganta al ver a las hermanas abrazarse. Siempre se había preguntado cómo sería crecer con un hermano y, aunque ella jamás lo sabría, los hijos de Crystal sí que vivirían esa experiencia.

Se tocó el vientre suavemente.

– Siempre os tendréis los unos a los otros -susurró-. ¿No será genial?

Antes de que ese momento pudiera convertirse en un espiral de abrazos y llantos, otras dos mujeres se acercaron. Pia reconoció a una como la enfermera del hospital y la otra era una abogada. Ambas pasaban de los cincuenta.

Bea, la abogada, se detuvo delante de Pia.

– En cuanto a la subasta -dijo sin saludar primero-, ¿habéis investigado a estos hombres? ¿Habéis comprobado si tienen antecedentes, si tienen papeles?

Pia ya había trabajado antes con Bea y estaba acostumbrada a su seca actitud.

– Vienen a un baile, no son inmigrantes. ¿Qué clase de papeles quieres?

– ¿Cómo sabemos que no son peligrosos?

Pia suspiró.

– Precaución al comprador.

Nina, la amiga de Bea, sonrió a Pia.

– ¿Podemos verlos antes de la puja? ¿Hay una loca de lo que harán o no harán?

Mierda, mierda, mierda.

– Cenaremos, charlaremos y bailaremos, señoras, nada más.

Bea gruñó.

– Cree que estás buscando sexo, Nina.

Nina, una mujer diminuta y morena, se sonrojó.

– Oh, no. No es eso. Solo me preguntaba si podía pedirle a alguno que me limpiara las canaletas del tejado. Ahí arriba todo está lleno de hojas y odio subirme a las escaleras.

¿Canaletas del tejado? Por el rabillo del ojo, Pia vio a Dakota y a Montana intentando no reírse.

– Lo que se gana es una noche que incluye una cena y un baile -repitió Pia diciéndose lo importante que era ser paciente-. La mujer paga y los beneficios que genera la subasta van a distintos proyectos de caridad del pueblo.

– ¿Quién necesita un hombre para bailar? -murmuró Bea-. Soy demasiado vieja como para que eso importe.

Nina ladeó la cabeza.

– No lo sé. Una noche de baile suena muy bien.

– Hay muchas mujeres jóvenes que competirán contigo, Nina.

Nina sonrió.

– Sí, pero ser de cierta edad tiene sus ventajas. Tenemos más dinero.

Bea no parecía estar divirtiéndose.

– Tal vez deberías usar parte de ese dinero tan preciado para que alguien te limpie las canaletas del tejado.

– Tú siempre tan irascible -se quejó Nina antes de girarse hacia Pia-. Gracias por la información. Supongo que tendré que encontrar otro modo de que me limpien las canaletas.

– Busca en el listín telefónico -murmuró Bea y las dos mujeres se marcharon.

– Y yo que pensaba que la subasta sería aburrida -admitió Montana cuando Bea y Nina ya no podían oírla-. Y ahora estoy deseando que empiece.

– ¿Vas a pujar? -preguntó Dakota.

– No, pero traeré palomitas. Menudo espectáculo.

Pia se dejó caer en una silla y se frotó las sienes.

– No me pagan suficiente por hacer esto.

– Probablemente no -dijo Dakota con tono alegre-, pero por lo menos nunca es aburrido.

– Ahora mismo el aburrimiento me suena muy, muy, bien.

Raúl entró en el patio del campamento y al instante se vio rodeado de niños.

– Ven a jugar con nosotros.

– No, ven conmigo.

– ¿Puedes ayudarme a lanzarla con más fuerza?

– Queremos saltar a la comba. ¿Puedes sujetarla?

Raúl se sentía como el líder de una pequeña tribu. Alzó las manos al aire y dijo:

– He venido a ver a mi hombrecito y después habláremos de jugar.

Se oyeron unos cuantos gruñidos, pero los niños se apartaron y le dejaron ir hasta Peter. El chico sonrió al verlo y se abalanzó sobre él. Raúl lo agarró.

– ¿Cómo estás? ¿Todo bien?

Peter había vuelto a su casa de adopción la tarde anterior, la señora Dawson había hecho una investigación y mientras que admitía que los Folio no eran su familia favorita, no podía llevarse al niño de allí sin tener pruebas.

El chico se aferraba a Raúl.

– Todo bien. Están siendo muy simpáticos. Don dice que va a denunciar a la escuela por la caída, pero no sé qué quiere decir eso.

Raúl dejó al niño en el suelo y se anotó mentalmente que tenía que hablar con Don al respecto. Si pensaba que podía conseguir dinero fácil del colegio y quedárselo, tendría que cambiar de idea.

– He estado practicando el lanzamiento -dijo Peter con tono alegre.

– Solo el lanzamiento, ¿eh?

El niño suspiró.

– Lo sé. No practicaré a atrapar el balón hasta que tenga mejor el brazo.

– Si quieres jugar al fútbol americano, tienes que ser fuerte. Y para eso tienes que dejar que se te cure el brazo.

– ¿Seré tan grande como tú?

– No lo sé -Raúl no sabía nada sobre los padres verdaderos de Peter y pensó que podría preguntar por ahí-. ¿Quieres enseñarme lo que puedes hacer?

– Ajá.

Peter corrió hasta la caja de balones. Otros niños vieron lo que iba a hacer y lo siguieron. Enseguida, Raúl organizó los equipos y los puso a lanzarse el balón entre ellos, como en un entrenamiento.

– Bien -dijo mientras los observaba-. Billy, estira el brazo. Tienes la fuerza en tu hombro, no en tu muñeca. Bien, Trevor. Genial.

Sintió cómo alguien le tiraba de la chaqueta y bajó la mirada hacia una niña con gafas y coletas.

– ¿Yo también puedo lanzar?

El niño que estaba más cerca negó con la cabeza.

– Nada de chicas. Vete.

La niña lo ignoró.

– Quiero aprender.

– Las niñas también juegan -dijo Raúl llevándola hasta el final de la fila. Le indicó a Jackson que le lanzara el balón-. ¿Por qué no me enseñas lo que puedes hacer?

La niña atrapó el balón, se levantó las gafas y lanzó con tanta fuerza que Jackson se estremeció.

Raúl sonrió.

– Menudo brazo tienes, jovencita.

– Quiero poder golpear a mi hermano en la cabeza y dejarlo noqueado. Siempre está metiéndose conmigo.

– De acuerdo. Me alegra poder ayudarte con tus lanzamientos, pero tienes que prometer que nunca golpearás a tu hermano en la cabeza. Por el modo en que lanzas, podrías hacerle mucho daño.

Ella abrió los ojos como platos.

– Dice que soy una niña débil y llorica.

– Probablemente lo dice porque eres mejor que él.

Ella sonrió.

– Nunca había pensado en eso.

Dakota se acercó.

– ¿Creando desavenencias entre sexos entre niños tan pequeños?

– No soy tan pequeño.

Ella se rio.

– Ya sabes a qué me refiero.

– Sí -la observó y vio que parecía más relajada y menos triste-. Te sientes mejor.

– Estoy mejor.

– Bien. ¿Quieres hablar sobre lo que pasó?

– No.

La campana sonó indicando que había llegado el momento de volver a clase. Los niños lanzaron los balones y los guantes dentro de la caja y echaron a correr. Peter miró atrás y se despidió de él.

– Le has hecho mucho bien -le dijo Dakota.

– Me lo ha puesto muy fácil.

– Guardas las distancias con la mayoría de los niños, pero con él eres distinto.

Caminaban hacia el edificio principal. No le sorprendió que ella hubiera visto eso.

– Es una vieja costumbre.

– Estoy segura de que hay muchas razones, como por ejemplo la fama. No puedes saber quién está interesado en ti y si es por quien eres o porque quieren algo.

– Eso ya no tiene mucha importancia.

– Posiblemente. Además, diría que hay muchos niños a los que ayudar de manera individual. No puedes estar en más de un sitio a la vez. Por eso creaste el campamento para ayudar a todos los niños que pudieras. Tiene el beneficio añadido de permitirte mantener las distancias.

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