Hawk enarcó las cejas.
– ¿Y te parece bien?
– Sí, estoy feliz -vaciló-. Los bebés no son míos.
Hawk tenía la botella en la mano, pero no bebió.
– De acuerdo, cuéntamelo todo.
Raúl se lo explicó.
– Eso requiere mucha responsabilidad, dinero y tiempo. No serán tuyos -dijo Hawk cuando terminó.
– Serán míos. Estaré allí cuando nazcan y durante toda su vida. ¿Cómo no van a ser míos?
Hawk no parecía muy convencido.
– ¿Estás haciendo esto por Caro? ¿Crees que tendrás menos problemas porque no son tus hijos biológicos? Pues si es así, te equivocas.
– Quiero ser su padre. Quiero participar en su vida, igual que tú participaste en la mía. Tú entraste en ella cuando estaba en el instituto, pero eso no significa que no me educaras tú. Puedo hacer esto. Quiero hacerlo.
Hawk dio un largo trago.
– Los niños son complicados incluso en las mejores circunstancias. Trillizos… Eso es mucha carga.
Raúl sonrió.
– Son tres cargas.
– Idiota. ¿Estás seguro de esto? Una vez que te comprometas, no habrá vuelta atrás.
– Estoy seguro -era lo que quería.
– Asegúrate de que te casas por las razones correctas.
Lo que significaba que Hawk quería que estuviera seguro de que se casaba con Pia porque la quería y porque no podía vivir sin ella. No porque estuviera haciendo lo correcto.
Era el único secreto que podía tener con su amigo. Lo cierto era que no amar a Pia formaba parte del atractivo de la situación. Había estado enamorado una vez, se había casado con Caro y había pagado un precio. Nunca más, se prometió. Y lo decía en serio.
– Pia es la única para mí.
– En ese caso, me alegro por ti.
Raúl no sabía si Hawk lo creyó o no, pero suponía que al fin de cuentas no importaba. Fuera cual fuera el resultado, Hawk estaría a su lado, igual que él estaría al lado de Pia y de los bebés.
Pia levantó la mirada de su mesa y vio a Charity Jones-Golden en la puerta.
– Estás ocupada -le dijo su amiga.
– Tengo la subasta esta noche y dentro de una semana el baile-cena. «Ocupada» es quedarse corta. «Histérica» se le acerca bastante. Es más, creo que frenética es bastante acertado.
– Entonces seguro que no tienes tiempo para ir de compras.
– Pues la verdad es que sí. Es más, creo que me serviría de terapia. A la vuelta, me compraré un sándwich y me lo tomaré en la mesa mientras trabajo.
Charity sonrió.
– ¿En serio? ¿Harías eso por mí?
– Sobre todo lo hago por mí, pero si te hace sentir mejor puedes fingir que lo hago por ti -Pia guardo el documento que tenía abierto, apagó el ordenador, agarró su bolso y se levantó-. ¿Qué vamos a comprar? ¿Joyas? ¿Muebles? ¿Unas vacaciones en el mar de Francia?
– Ropa premamá.
Pia se dejó caer en la silla con la mirada clavada en la barriga de su amiga.
– Dime que estás de broma.
– Tengo que comprar algunas cosas y tú tienes mucho más estilo que yo. Quiero tener el mejor aspecto posible cuando lleguen mis días de ballena. Ayúdame, Obi Wan. Eres mi única esperanza.
– Oh, por favor. No empieces con la Guerra de las Galaxias. Soy demasiado joven, solo recuerdo las versiones remasterizadas y tú también.
Charity seguía mirándola, con los ojos muy abiertos y suplicantes.
– De acuerdo -refunfuñó Pia mientras volvía a ponerse de pie-. Te ayudaré a comprar tu estúpida ropa premamá.
– La razón por la que te llevo conmigo es para que no sea estúpida. Y además, puede que quieras comprarte algunas cosas. Tardé un poco en dejar de ponerme mi ropa normal, pero yo no traigo trillizos.
– Gracias por mencionarlo.
– De nada.
Pia la siguió hasta el pasillo y cerró la puerta con llave. Mientras se dirigían a las escaleras, tuvo que admitir que Charity tenía un poco de razón… últimamente le apretaban un poco los pantalones y el sujetador le quedaba algo pequeño; estaban empezando a salírsele por fuera… Desde ese momento hasta que pareciera una mujer que se había tragado un balón de playa, podría ganar mucho dinero posando para anuncios de aumento de pecho.
– ¿Cómo te encuentras? -le preguntó Charity-. ¿Tienes náuseas?
– Me encuentro bien siempre que tome galletas saladas nada más levantarme. Después, puedo comer prácticamente lo que quiera. Claro que si me fijo en la lista de las cosas que debería estar comiendo, todas esas frutas y verduras, la proteína y los lácteos, no me queda mucho espacio para las calorías vacías -suspiró-. Echo de menos las calorías vacías.
– Yo también. Y el café. Mataría por un vaso de vino -miró a Pia-. ¿Crees que es malo meter un poco de Merlot en la sala de recuperación?
– Creo que les extrañaría. Además, ¿no vas a darle el pecho?
Llegaron a la calle y giraron a la izquierda, donde había una exclusiva tienda de ropa premamá justo a la derecha de Gemas Jenel.
– Dar el pecho entra en los planes -admitió Charity-. ¿Y tú?
– No he llegado tan lejos. Necesitaría un pecho mas, eso para empezar, así que no estoy segura de cómo funcionará. Aún no he leído mucho. Tengo tiempo.
– Claro que sí. Es bueno que no estés totalmente obsesionada con tu embarazo. Los dos primeros meses yo no podía dejar de leer ni de hablar de ello. Me convertí en una de esas horribles amigas que solo se preocupan de sí mismas.
– Ya me acuerdo -dijo Pia en broma.
– Una verdadera amiga no mencionaría mi desliz -le respondió Charity riéndose.
Pia se alegró cuando la conversación cambió de tema. A decir verdad, la razón por la que no había empezado a leer mucho sobre el embarazo no tenía nada que ver con estar calmada y sí mucho con el hecho de que aún no se sentía en conexión con los bebés que crecían en su interior. Eran como un ejercicio intelectual, no un vínculo emocional. Sabía que estaba embarazada, pero eso no eran más que palabras.
Con el tiempo las cosas mejorarían, se dijo. Solo habían pasado unas semanas desde que todo había empezado y tenía sentido que necesitara tiempo para asumirlo todo desde un punto de vista emocional. Por lo menos, ése era el plan.
– Josh no deja de decir que tenemos que registramos en alguna Web . He entrado en páginas donde te muestran esas listas con las cosas esenciales y solo verlas hace que me entre el pánico. Hablan de cosas de las que nunca he oído. Y hay otras cosas extrañísimas. ¿Sabías que hay un aparato que mantiene calientes las toallitas de los bebés? Metes dentro un paquete y les da calor. Las críticas dicen que no lo compres porque luego los bebés lloran cuando no estás en casa y tienes que utilizar unas toallitas frías.
Pia comenzó a sentir miedo.
– ¿Tengo que decidirme también sobre las toallitas? ¿No puedo comprar las que estén de oferta y ya está?
– Claro, pero, ¿las calentarás? Es increíble. Te juro que si haces caso de todo lo que dicen, más que una bolsita para el bebé necesitarías un camello. Y tú vas a tener tres.
Pia se sentía un poco mareada.
– Deberíamos hablar de otra cosa -murmuró.
– Y los pañales… ¿Sabes cuántos gasta un bebé de media a la semana?
– No.
– Ochenta o cien.
Charity seguía hablando, pero Pia estaba demasiado ocupada haciendo las cuentas. Con los trillizos, necesitaría entre doscientos y trescientos pañales a la semana. Si utilizaba los desechables, ¿no sería la causante de un desbordamiento de los vertederos sanitarios de Fool’s Gold?
¿Trescientos pañales? ¿Cuántos venían en un paquete? ¿Podía meter tantos en su coche? ¿Tendría que comprar Raúl una furgoneta para llevar tanta cosa?
– Es bonito -Charity se detuvo delante del escaparate donde un maniquí embarazado lucía un sofisticado vestido pantalón color burdeos con una estilo en chaqueta. La tela era de alta calidad, dibujaba bien silueta y seguro que se lavaba de maravilla.
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