– Sientes la necesidad de utilizar tu licenciatura en psicología, ¿verdad?
– A veces. Puede hacerte quedar muy bien en algunas fiestas.
Raúl sabía que tenía razón. Era cierto que se contenía porque había aprendido la lección de que ayudar desde la distancia era mucho más sencillo.
Y ya que las cosas habían ido mal con Caro, también era lo más inteligente. Su traición lo había sacudido en muchos niveles y ella le había hecho cuestionarse su habilidad para conocer a la gente.
– No tienes que hacer nada -dijo Dakota-. No hace falta.
– Claro que sí. Me enseñaron que si la vida te ofrece ventajas, tienes que devolver el favor.
– ¿Eso te lo dijo tu antiguo entrenador?
– Ajá. Si no estuviera haciendo nada, vendría aquí y me daría una patada en el trasero.
Ella sonrió.
– Charla barata. No compraste este campamento por él. Lo compraste porque querías.
Él se encogió de hombros.
– Hawk puede ser la voz de mi conciencia, la que me dice lo que tengo que hacer.
– Mi madre lo es para mí. Creo que es algo positivo.
– ¿Psicológicamente cuerdo?
Ella se rio.
– Sin duda. Creo que es importante mantenerse en el lado de la cordura.
– Tú eres la profesional -él le sostuvo la puerta del edificio principal.
– ¿Cómo está Pia? -le preguntó ella.
– Bien. ¿Por qué?
– ¿No vienen Hawk y su mujer a visitarte?
– Sí.
– Técnicamente no son tu familia, pero emocionalmente es su familia política. ¿No crees que eso la pondrá nerviosa?
Él no lo había pensado.
– No tiene nada de qué preocuparse. Les gustará.
– Has estado casado antes. ¿De verdad crees que eso es lo que piensa ella?
– Oh, de acuerdo. Debería ir a hablar con ella, verdad?
Dakota le dio una palmadita en el brazo.
– No te lo tomes como algo personal. No puedes evitarlo, eres un hombre.
Pia se dijo que caminar de un lado a otro de la habitación contaba como ejercicio y el ejercicio era sano. Su cuerpo no distinguía si estaba recorriendo la alfombra de Raúl o cruzando el parque.
– ¿Puedes relajarte? -Raúl entró en el salón y fue hacia ella. Se acercó y la besó-. Les encantarás.
– ¿Tienes pruebas? Porque eso estaría bien.
– Les encantarás -repitió.
– Decir algo una y otra vez no hace que suceda. Por muchas veces que te diga que soy una jirafa, no vas a creerme.
– ¿Has tomado café hoy?
– No. No estoy excitada por la cafeína.
– Deberías intentar respirar.
Como si eso fuera a ayudar en algo.
– ¿Y si no quiero conocerlos? Seguro que son gente muy amable, pero todo esto me parece innecesario. ¿Por qué no te reúnes con ellos solo y luego me cuentas? Puedes sacar fotos y será como si yo hubiera estado allí.
– Preferiría que estuvieras allí.
– Piensa en los bebés. Todo este estrés no puede ser bueno para ellos. Creo que tengo que vomitar.
– Relájate -dijo él en voz baja, justo antes de besarla.
Fue un buen beso, maldita sea. Uno que la hizo derretirse por dentro.
– Eso es hacer trampas.
– Prefiero verlo como un trabajo acabado.
– Aun así es hacer trampas.
Raúl la miró a los ojos.
– Voy a casarme contigo, Pia. Hawk y Nicole son mi familia, así que también formarán parte de tu vida. ¿Por qué retrasar lo inevitable?
– Porque retrasarlo me hace sentir mejor -oyó el sonido de un coche y le dio un vuelco el estómago-. Creo que ya están aquí.
Él le agarró la mano y la llevó hasta la puerta principal.
Un gran BMW de cuatro puertas estaba aparcado y mientras ella pensaba seriamente en ir a vomitar, vio a un hombre alto y guapo bajar de él. Basándose en lo que sabía de Hawk, rondaría los cincuenta, pero parecía mucho más joven. Después, su mujer salió del coche. Era una rubia guapísima y elegante. A pesar de los vaqueros y de su camisa abotonada de arriba abajo, se la veía sofisticada… como la clase de mujer que siempre sabía qué decir.
– Habéis llegado -dijo Raúl al salir al porche. Se acercó a Hawk y se abrazaron. Nicole se unió al saludo y Raúl le dio un beso en la mejilla. Se quedaron abrazados unos segundos antes de soltarse.
– La vida de pueblo te sienta bien. Tienes muy buen aspecto.
– Eso siempre -dijo Raúl con una carcajada-. Venid a conocer a Pia.
Ella había sufrido pensando en qué ponerse para dar una buena impresión sin parecer muy arreglada. El embarazo aún no se le notaba, a pesar de estar hinchada a ratos, pero se había puesto una túnica verde y unos vaqueros negros. Y como tocaría dar un paseo por el pueblo, se había puesto unos zapatos planos.
– Hola -dijo alargando la mano hacia Hawk-. Encantada de conocerte.
– ¿No la has advertido? -le preguntó Hawk ignorando la mano. En lugar de estrecharla, la agarró por la cintura y la abrazó-. Bienvenida a la familia, Pia -le dio una vuelta de trescientos sesenta grados antes de volver a dejarla en el suelo.
– Gracias -logró decir ella mientras intentaba recobrar el equilibrio.
– Asustarás a la pobre chica -dijo Nicole mientras se acercaba para abrazarla delicadamente-. Es un bruto. Tendrás que perdonarlo.
– Claro -dijo Pia, sintiéndose un poco desorientada. Le había preocupado que la familia de Raúl la juzgara, pero al parecer eso no sería ningún problema.
Nicole la agarró del brazo y entraron juntas en la casa.
– Sé que Raúl y tú estáis buscando casa nueva. Qué divertido. Hawk y yo llevamos toda la vida en nuestra casa y por mucho que quiero a mis hijos, confieso que estoy encantada de estar lejos de ellos unos días.
– Raúl me ha dicho que venís desde Seattle.
– Sí, y después iremos a Los Ángeles.
– Uno de mis antiguos alumnos juega para la Universidad de California del Sur y vamos a verlo jugar.
– Le he dicho que viniéramos en avión -dijo Nicole con gesto cansado, pero con los ojos resplandecientes de diversión-. Podríamos haber parado en Sacramento y haber alquilado un coche para venir aquí. Pero no…
Soltó el brazo de Pia y en ese momento Hawk la rodeó por la cintura.
– ¿Estás diciendo que no lo has pasado bien estando dos noches conmigo en una habitación de hotel?
– ¡Hawk! Los niños.
Pia quería señalar que tenía veintiocho años y que Raúl era un poco mayor que ella, pero no lo hizo. En cierto modo era agradable tener a alguien un poco mayor que tú que se preocupara por ti. Hacía muchos años que no vivía eso.
Hawk besó a su mujer.
– Nicole, odio tener que decírtelo, pero ya han practicado sexo. Saben lo que es.
Pia esperó no estar sonrojándose.
Raúl la miró y sonrió.
– ¿Ves lo que tengo que soportar?
Todos se rieron.
Se acomodaron en el sofá y en las sillas del salón y charlaron. Nicole puso a Raúl al tanto de lo que estaban haciendo sus hijos y después los dos hombres charlaron sobre fútbol americano mientras ellas escuchaban. Al cabo de una media hora, Raúl se levantó.
– Vamos a dar un paseo por el pueblo y después almorzaremos.
– ¿Vamos en coche? -preguntó Hawk.
– Iremos en coche. Tampoco hay mucho que ver.
Según recorrían las aceras, Pia se fijó en que Nicole iban a su paso mientras que Hawk y Raúl parecían querer adelantarse. Quedaba clara la distinción de sexos.
– ¿Por qué no nos vemos en el restaurante dentro de una hora? -les gritó Nicole-. Seguid hablando de deporte, yo ya tengo bastante en casa -la mujer sonrió-. Podemos divertirnos por nuestra cuenta mientras tanto.
Pia forzó una sonrisa y se dijo que Nicole parecía muy simpática. Todo iría bien.
Caminaron por el parque en dirección al lago. Pia le mostró la librería de Morgan, la tienda con los maravillosos helados y la entrada a su oficina. Se fijó en que por la calle había muchos más hombres de lo habitual, pero no quiso sacar el tema. Contarle a Nicole lo del repentino aumento de hombres en Fool’s Gold seguro que la asustaría.
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