Charlaron sobre el tiempo, sobre programas de la tele y sobre lo positivo que sería que los pantalones deshilachados no volvieran a ponerse de moda.
Nicole señaló un Starbucks.
– Vamos. Mato por un café.
Una vez tuvieron sus bebidas, un café de moca para Nicole y un té de hierbas para Pia, se sentaron en una mesa junto a la ventana. Pia hizo lo que pudo por no fijarse en los hombres que la estaban mirando.
– Raúl me ha dicho que organizas los festivales que se celebran en el pueblo -dijo Nicole-. Gracias por perder parte de tu tiempo en conocernos.
– Quería hacerlo -dijo Pia diciéndose que ahora que había conocido a Nicole no era exactamente una mentira-. Sois su familia.
– Ha sido importante para nosotros desde hace mucho tiempo -miró por la ventana y suspiró-. Me encanta estar aquí. Es un lugar fantástico para crecer y vivir.
– Llueve menos que en Seattle.
– Creo que en la selva del Amazonas llueve menos que en Seattle -bromeó Nicole-. Estaba preocupada por Raúl cuando se divorció. No sabía qué hacer con su vida. Pensé que volvería a casa, pero esto es mejor. Hawk tuvo suerte. Cuando dejó la Liga Nacional, sabía que quería ser entrenador de instituto, pero no todo el mundo lo tiene tan claro.
– ¿Sabéis lo del campamento que ha comprado Raúl?
– Sí. Y suena de maravilla. ¿Ahora han instalado la escuela ahí arriba, verdad?
Pia le contó lo del incendio.
– Puede que pasen dos años hasta que la escuela esté rehabilitada. Esperan conseguir el dinero rápidamente y comenzar con las reparaciones, pero quién sabe. Sin el campamento, los niños se habrían visto hacinados en escuelas ya de por sí abarrotadas.
– Raúl es un héroe -dijo Nicole con una sonrisa-. Eso lo ha sacado de Hawk.
Por lo que había oído, la pareja llevaba junta mucho tiempo, y aun así era obvio que seguían enamoradísimos. Pia sintió algo de envidia. Querer a alguien durante tanto tiempo… que alguien te quisiera así… tenía que ser excitante y reconfortante al mismo tiempo. Durante un segundo se permitió imaginar cómo sería experimentar eso. Tener un amor que se hiciera más fuerte cada año.
La invadió ese anhelo, un dolor que le hizo difícil respirar. Con Raúl no tendría eso. Lo suyo era un acuerdo práctico. Tal vez, con el tiempo, acabarían queriéndose, pero no sería lo mismo, pensó con tristeza. La historia de un cortejo nunca formaría parte de sus vidas, ni ese enamoramiento que te hacía sentir bien pasara lo que pasara.
Nicole se acercó y tocó la mano izquierda de Pia.
– Es un anillo precioso.
– Gracias -apretó los labios.
– Nos alegra que Raúl haya encontrado a alguien.
Esa frase puso nerviosa a Pia. No sabía si Nicole sabía la razón por la que se casaban y aunque no tenía intención de contar los porqués de su compromiso estaba dispuesta a mentir sobre su embarazo.
– ¿Os ha contado Raúl que estoy embarazada?
Nicole enarcó las cejas y se rio.
– No, no nos lo ha dicho. Es maravilloso. Por fin Raúl va a tener un hijo. Excelente.
Se sintió como si hubiera metido la pata.
– Tal vez no debería haber dicho nada.
Nicole se rio.
– Me alegro mucho. Yo estaba embarazada cuando Hawk y yo nos casamos.
– Sí, pero seguro que el bebé era suyo.
Nicole apenas parpadeó; levantó su taza, dio un sorbo y dijo:
– ¿Por qué no empiezas desde el principio?
Pia le explicó lo de Crystal, Keith y los embriones.
– Aún no sé por qué me los dejó a mí, pero lo hizo y ahora estoy embarazada.
– Trillizos -dijo Nicole-. Yo soy gemela y tuve gemelos, así que sé lo que es. Vas a tener tres. Eso son muchos pañales.
– Intento no pensar en ello -admitió Pia. Ni en eso, ni en las tomas de comer, ni en ponerlos a dormir a todos al mismo tiempo. Es más, aún estaba en proceso de negación.
– ¿Qué dijo Raúl cuando le dijiste lo que querías hacer? -preguntó Nicole.
La mujer daba por hecho que estaban saliendo y que lo de los embriones le había dado una dimensión extra a una relación que ya estaba en marcha.
– Se ofreció a ser mi compañero de embarazo -dijo decidida a ceñirse a la verdad todo lo posible.
– Eso es muy propio de él. Podrías haberte olvidado de los bebés.
– No -dijo Pia con firmeza-. Jamás los habría abandonado -porque ella sabía lo que se sentía.
– ¿Y dárselos a otra persona?
Pia sacudió la cabeza.
– Crystal me los dejó a mí. Puede que nunca sepa por qué, pero me esforzaré al máximo con sus hijos. Era mi amiga.
Nicole le apretó la mano.
– No te pareces en nada a Caro.
– No sé mucho sobre ella. ¿Cómo era?
Nicole le soltó la mano y se recostó en su silla.
– Preciosa. Inteligente. Es presentadora de noticias.
Pia ya la odiaba solo con oír eso.
– Genial.
Nicole se rio.
– Por favor, no se lo digas a Raúl, pero ésa fue mi reacción cuando la conocí. Decía lo correcto en cada momento, aunque siempre tuve la sensación de que prefería estar en cualquier parte menos con nosotros. Me gustaría decir que lamento lo de su divorcio, pero sinceramente, me sentí aliviada. Me alegra que te haya encontrado.
– A mí también -dijo Pia. Tal vez el suyo no era un amor de fantasía, ése con el que toda niña soñaba, pero era estable y sólido y para ella con eso bastaba.
Raúl y Hawk se dirigían al bar de Jo.
– Prepárate -le dijo Raúl al abrir la puerta-. No es lo que crees.
Hawk entró y se detuvo al ver las enormes pantallas de televisión. Tres estaban emitiendo culebrones y una la teletienda.
– ¿Qué demonios…?
– No preguntes -le dijo Raúl antes de mirar hacia la barra-. Jo, ¿podrías ponemos dos cervezas?
– Claro. ¿Os vais a la caverna?
– En cuanto podamos -él señaló una puerta lateral-. Por allí. Te sentirás más cómodo.
La habitación más pequeña tenía un par de mesas de billar, un par de televisores emitiendo deportes y un tono azul oscuro muy masculino. Un descanso del tono rosa y verde lima con el que Jo acababa de pintar la sala principal. Por una vez estaba relativamente ocupado por hombres, a los cuales Raúl no conocía.
Jo les llevó las cervezas y un cuenco de galletas saladas.
– Interesante lugar -dijo Hawk antes de darle un sorbo a su cerveza-. Te gusta.
Raúl asintió.
– ¿Eres feliz aquí?
– No es una pregunta muy masculina -bromeó Raúl.
– Llevo casado la gran parte de mi vida adulta. Apenas me queda masculinidad. No le digas a nadie que hablo de mis sentimientos.
– No diré ni una palabra -Raúl apoyó los brazos sobre la mesa y miró a su mentor-. Soy feliz. No sabía qué esperar cuando me mudé aquí, pero está resultando ser mucho mejor de lo que me esperaba.
– Tienes el campamento.
Raúl le explicó que estaba haciendo las funciones de escuela.
– Pasará un tiempo hasta que puedan regresar al edificio, pero aun así tendremos nuestro campamento durante el verano. Sin embargo, hemos tenido que cancelar los planes que teníamos para el invierno.
– ¿Y te parece bien?
– Me habría gustado empezar con los programas de Ciencias y Matemáticas, pero necesitaban un lugar donde ubicar la escuela. No iba a poner a trescientos niños en la calle solo por un problema de ego.
Hawk le dio una palmada en la espalda.
– Me gusta oír eso. Significa que hice un buen trabajo criándote.
– ¿No podría ser mi carácter de nacimiento?
– Lo dudo.
Se rieron y brindaron con las botellas.
– Pia parece muy agradable -dijo Hawk.
– Lo es. Nació y creció aquí. Ya te conté que organiza todos los festivales del pueblo y para ello tiene que trabajar con mucha gente distinta y coordinar muchas cosas. Cuando la escuela necesitó material y una recaudación de fondos de emergencia, lo preparó todo en un par de días -miró a su amigo-. Está embarazada.
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