– Raúl no irá a ninguna parte. Es un buen tipo.
Era un tipo que iba a casarse con ella para formar una familia, no porque estuviera enamoradísimo de ella.
– Además -continuó Montana-, nunca se sabe cómo saldrán las cosas. Mis padres se quisieron cada día de su matrimonio y cuando mi padre murió, todos temimos que mamá no fuera a superarlo. Pero él no fue el único amor de su vida.
– ¿Qué quieres decir?
Montana sonrió.
– Lleva un tatuaje en la cadera que dice «Max».
– ¿Tu Max?
– No. Él es nuevo por aquí y el tatuaje es viejo. Dakota, Nevada y yo hemos intentado descubrir quién es y mamá no dice ni una palabra. Lo que quiero decir es que el amor surge. Te irá genial con los bebés y estoy segura de que Raúl se enamorará perdidamente de ti. Ya lo verás.
Raúl aparcó delante de la gran casa.
– Sé que es vieja -le dijo a Pia-, pero he hecho que Ethan la revise al completo y es genial. El suelo es fantástico, tiene muchas habitaciones, una gran cocina, que hay que tirar abajo, pero que luego podrías decorar cómo quisieras. Tiene un gran jardín trasero, y grandes árboles para trepar. Es la perfecta casa familiar.
Esperó ansioso mientras Pia miraba la casa de tres pisos con los ojos como platos. Estaba en uno de los barrios más antiguos del pueblo, una zona construida en los años veinte. En cuanto había visto la casa, él había sabido que era exactamente lo que había estado buscando.
– Tiene ocho habitaciones, incluyendo tres en la primera planta. La segunda tiene un gran dormitorio principal, pero he pensado que podríamos tirar abajo el muro que la separa de la habitación más pequeña para hacerla más grande. También reformaremos el baño y agrandaremos el armario.
Ella se volvió hacia él.
– ¿Porque tienes muchos zapatos?
– Sé que tú sí. Es cosas de chicas.
– Supongo que sí.
Pero Pia no parecía tan emocionada con la casa.
– ¿Estás bien? ¿No te gusta este lugar?
– Tiene potencial -dijo ella abriendo la puerta del coche-. Deberíamos pasar.
Él la siguió, preguntándose qué pasaba con las mujeres que ocupaban su vida. Dakota había vuelto al trabajo al día siguiente, pero seguía sin ser la misma e insistiendo en que todo iba bien. Era una pésima mentirosa. Y ahora Pia estaba actuando de un modo muy extraño.
La siguió hasta el porche delantero, que era tan ancho como la casa y tenía varios metros de profundidad.
– ¿Estás enfadada porque he ido a mirar casas sin ti?
– No. Dijiste que irías. No pasa nada.
Él pensó en mencionar que se había llevado a Peter el día antes con él y que al chico le había encantado la casa, pero no estaba seguro de que eso fuera a servir de algo.
– Sé que he estado ocupado -dijo mientras sacaba la llave del bolsillo- con Peter. Sus padres adoptivos volverán en un par de días. La señora Dawson los ha investigado y no ha encontrado nada extraño, así que volverá con ellos.
Ella se giró y posó la mano sobre su pecho.
– Raúl, no estoy enfadada porque te hayas ocupado del pequeño. Creo que es algo maravilloso e increíble. Es más, me encantaría cenar con los dos antes de que Peter se marche. No estoy enfadada por lo de la casa. No estoy enfadada por nada.
– ¿Lo juras?
– Sí.
Ella se puso de puntillas y él se agachó para besarla.
Sentir su boca contra la suya, su cuerpo tan cerca, hizo que quisiera agarrarla con fuerza y aprovecharse de que la casa estaba vacía. Una noche con Pia no había sido suficiente. Pero hasta que hablara con su doctora sobre cuándo era oportuno que volvieran a tener relaciones, no haría nada que pusiera a los bebés en peligro.
– ¿Esta noche? -preguntó él sabiendo que hablaban de la cena, pero deseando algo más.
– Claro.
Abrió la puerta y entraron en el gran vestíbulo. El salón quedaba a la izquierda, el comedor a la derecha y en la misma planta había también un estudio, una cocina y un cuarto de estar.
– Empecemos por arriba -dijo él señalando las escaleras.
– De acuerdo.
En la planta de arriba, señaló los tres dormitorios. A lo largo del pasillo había tres grandes armarios para la ropa blanca.
– Si quitamos este armario, podemos hacer un baño con acceso a dos dormitorios, pero ya que serán niños, podríamos convertir este otro en un aseo.
– Ajá.
Le mostró los tres dormitorios. Eran todos del mismo tamaño, con techos inclinados y ventanas salientes con bancos.
– Es genial para leer.
– Sobre todo en días de lluvia. Harán falta muchos cojines y mantas.
Él la observó. Estaba diciendo cosas acertadas, pero parecía que algo iba mal. Podía captarlo.
Ella marcó el camino hasta la segunda planta. El dormitorio principal estaba al fondo. Raúl le mostró la pequeña habitación que podría unírsele, el enorme baño del pasillo y la cantidad de espacio que tenían para almacenaje.
– Es bonita -dijo ella-. Tiene mucha luz y espacio. Me gustan mucho los detalles de artesanía.
Fueron al piso principal, donde él le contó todo lo que quería hacer con la cocina antes de llevarla al estudio.
– Esta habitación es genial. No me suelen gustar los panelados, pero la combinación de madera y ventanas funciona. Hay muchas librerías.
Esperó a que ella pasara, pero Pia, en lugar de mirar la habitación, se echó a un lado y se colocó las manos detrás de la espalda.
– ¿Pia?
Parecía perdida en sus pensamientos.
– Esta casa no es de Josh, ¿verdad? Has acudido a un agente inmobiliario.
– Me recomendó a alguien. Las casas de Josh son más pequeñas y ahora que esperamos tres niños, sabía que necesitaríamos algo más grande.
– ¿Te dijo el agente algo sobre las personas que vivieron aquí antes?
– No. ¿Los conocías?
Ella asintió.
– Esta casa pertenecía a mi familia.
¿Ella había vivido ahí? Menudo idiota, pensó.
– ¿Por qué no has dicho nada? ¿Por qué has dejado que te la enseñe?
– Quería saber lo que sería estar de vuelta aquí. Quería saber… -miró el estudio-. Mi padre se suicidó aquí dentro. Yo encontré el cuerpo.
A Pia la complació poder pronunciar esas palabras sin estremecerse. Era casi como si estuviera contando una historia sobre otra persona. Tal vez había pasado tanto tiempo que el pasado ya no ejercía ningún poder sobre ella, a pesar de tener dudas.
Se giró de espaldas al estudio y entró en el salón. Ese espacio era más seguro. Allí había menos recuerdos.
– Tenía la tercera planta solo para mí. Dormía en una habitación y tenía otra llena de sillones y con una televisión. Mis amigas venían mucho porque yo tenía unos padres guais a los que no les importaba lo que hiciéramos. Podíamos quedamos despiertas toda la noche, hablar por teléfono, e incluso robar alcohol del mueble de mi padre. Lo tenía todo. Todo el mundo me envidiaba. Creían que era muy afortunada.
Él no dijo nada, simplemente se quedó allí a su lado, escuchando mientras ella miraba por la ventana porque eso le resultaba más sencillo que ver compasión en sus ojos.
– Me llevó un tiempo darme cuenta de que no le importaba a ninguno de los dos. Yo era otra forma de mostrar su estatus. Solo nos importaba el aspecto de las cosas, y no cómo eran. Crecí siendo egoísta y mezquina. Tener más ropa de la que jamás me pondría no sustituyó tener unos padres que nunca me quisieron. Envidiaba a los otros niños que eran más inteligentes o que tenían una gran familia.
Involuntariamente, ella lo miró y por suerte no vio ninguna emoción en su expresión.
– Era mezquina -dijo simplemente-. Atormenté a todo el mundo que no entraba en mi círculo de amigos. Me reía de ellos, extendía rumores, contaba mentiras. Y todos me creían por quiénes eran sus padres -intentó sonreír, pero no lo logró-. Me habrías odiado.
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