– ¿Qué hay para desayunar?
– Gofres.
Esos verdes ojos aumentaron de tamaño.
– ¿Sabes hacer gofres?
Raúl le enseñó la gofrera que había comprado hacía unos meses después de ver una demostración en un centro comercial.
– ¡Qué guai! -le dijo Peter, que corrió a su lado para ver cómo terminaba de mezclar la masa.
– Esta es la taza que hay que usar -le dijo Raúl señalando el contenedor de plástico-. Vamos, llénala hasta esa línea.
– ¿Puedo hacerlo?
– Claro.
El chico, con cuidado, hundió la taza en la mezcla y sacó la cantidad justa mientras Raúl levantaba la de la gofrera.
– Vamos, viértelo en el centro. Ya está caliente, así se extenderá por sí solo.
Peter hizo lo que le indicaron y vio cómo la masa se extendía sobre la rejilla.
– No se llena por todas partes.
– Lo sé, pero eso es lo divertido.
Raúl cerró la gofrera y la volcó.
– ¡Vaya! -exclamó Peter-. ¡Es lo mejor!
– ¿Quieres hacer otro?
– Claro.
Raúl observó al niño, complacido de que estuviera descansado y sin dolor. Era un chico de trato fácil, brillante y curioso. Y cuando pensaba en la posibilidad de que sus padres adoptivos no hubieran cuidado bien de él le entraban ganas de ir a buscarlos, al menos al padre, y darle una paliza.
Pero ésa no era una opción, se recordó. Confiaría en que el sistema hiciera su trabajo, pero por si acaso, hablaría con Dakota para saber qué pasos había que dar para asegurarse de que Peter crecía a salvo.
Sin embargo, cuando llegó a su oficina después de dejar a Peter en el colegio, Dakota no estaba allí. Comprobó el contestador por si había dejado algún mensaje diciendo que estaba enferma, pero no había ninguno.
A las diez, ya preocupado y a punto de llamar a Pia, Dakota entró allí.
Estaba pálida y tenía los ojos rojos e hinchados. Era como si algo muy importante le hubiera sido arrebatado y él se puso de pie nada más verla.
– ¿Qué ha pasado?
– Nada.
– ¿Has tenido un accidente? ¿Te ha hecho daño alguien?
Si hubiera tenido novio, él habría dado por hecho que o la había pegado o se había acostado con su mejor amiga, pero por lo que sabía, Dakota no estaba saliendo con nadie.
– Estoy bien -dijo con voz temblorosa-. Tienes que creerme.
– Pues entonces tú tienes que ser más convincente.
Ella forzó una sonrisa que resultó más macabra que alegre.
– ¿Qué te parece ahora?
– Me da miedo.
Ella suspiró.
– Estoy bien. Sé que tengo mal aspecto, pero no estoy ni herida ni enferma. Todo marcha como siempre.
– Dakota, en serio. Ha pasado algo.
– No, nada -las lágrimas llenaban sus ojos-. No -le caían por las mejillas.
Instintivamente, fue hacia ella, pero la joven se apartó.
– Lo siento -susurró-. No puedo hacerlo. No puedo estar aquí hoy. Necesito un día o dos. Me los tomaré como baja por enfermedad, como vacaciones o como quieras.
Él estaba confundido.
– Tómate el tiempo que necesites. ¿Puedo llamar a alguien? ¿A una de tus hermanas? ¿A tu madre?
– No. A nadie. Estoy bien. Tengo que irme.
Y con eso agarró el bolso y prácticamente salió corriendo. Raúl se quedó allí, mirándola, no seguro de lo que debía hacer. ¿Dejarla marchar? ¿Seguirla? ¿Llamar a una amiga?
¿Qué había pasado? ¿Le habían dado alguna mala noticia? Pero si hubiera sucedido alguna tragedia en la familia, él se habría enterado. En Fool’s Gold las noticias volaban.
Decidió que le daría tiempo. Si no volvía al trabaja en un par de días, hablaría con ella. Y si ella no quería hablar con él, insistiría en que hablara con alguna otra persona.
Pia analizó las señales e hizo lo posible por no hablar. Por si no era suficientemente negativo que un autobús cargado de hombres llegara al pueblo, peor aún era que fuera a celebrarse una subasta de solteros.
Era humillante. No para ella en concreto, sino para el pueblo.
– Esto no me gusta.
Montana sonrió.
– Eso es porque tú ya tienes un buen hombre en tu vida.
– Aunque no lo tuviera, esto me asustaría. ¿Quiénes son estos tipos? ¿Qué quieren?
– Si tienes que formular esa pregunta, entonces es que Raúl está haciendo algo muy, muy, mal.
Pia se apartó de su amiga e hizo lo que pudo por no sonrojarse.
– Estoy recién embarazada. No estamos… ya sabes.
– Supongo que sería extraño practicar sexo sabiendo que los embriones de otros están creciendo dentro de ti.
– Vaya, gracias por decirlo tan claramente.
– ¿Me equivoco?
– No, pero aun así…
Montana sonrió.
– Bueno, ¿alguna vez habéis… ya sabes? ¿Antes del embarazo?
Pia pensó en aquella magnífica noche.
– Una vez -admitió y entones se corrigió-; bueno, en realidad fue una noche, pero varias veces.
– Impresionante. Un hombre con energía.
– Es una característica de lo más atrayente -aunque estaba segura de que llegaría un momento en el que fuera más seguro para los dos hacerlo mientras ella estuviera embarazada, tenía la sensación de que iba a tener que esperar a que nacieran los bebés antes de repetir aquella noche mágica-. Dejó el pabellón muy alto -añadió-. Y ahora deberíamos hablar de otra cosa. ¿Cómo va tu vida sexual?
– Es inexistente.
– Entonces deberías ir a ver a los chicos nuevos.
– No, gracias -Montana grapó unos mangos de cartón a las palas de la subasta-. Ahora mismo estoy centrándome en mi carrera.
– ¿Te han dado el trabajo?
Montana sonrió.
– Me lo han dado y me encanta. Los perros son geniales. Están bien entrenados y son muy simpáticos. Max es el mejor, también. Es muy paciente. Estoy leyendo mucho y he empezado con las clases online. En unas semanas me iré a Sacramento para un seminario intensivo de tres semanas y Max me lo pagara, ¿te lo puedes creer?
– Te gusta Max -dijo Pia, contenta de ver feliz a su amiga.
– Claro. Es muy agradable y lo sabe todo sobre perros y… -arrugó la nariz-. Em… no. No entraremos ahí.
– Los romances de oficina tienen mucho estilo.
– No es eso. Ya ha cumplido los cincuenta y, aunque no fuera así, lo admiro. No quiero una relación romántica con él. Somos amigos.
– Si tú lo dices…
– Lo digo -le dio un codazo a Pia-. Como estas prometida, ahora quieres que todo el mundo se empareje.
– No. Solo quiero que mis amigas sean felices y si… -se detuvo al ver la expresión de asombro de Montana-. ¿Qué?
– El anillo. Es alucinante.
Pia contuvo el impulso de esconderse la mano detrás de la espalda. Le encantaba su anillo, pero le estaba costando acostumbrarse a él. Las piedras eran impactantes y brillaba tanto que era prácticamente como una fuente de luz.
– Lo ha elegido Raúl.
– ¿Tiene algún hermano?
Eso era algo que ella debería haber sabido, pero no era así.
– Puedo preguntárselo.
Montana la agarró de la mano y miró el anillo.
– Me encanta.
– Gracias.
– ¿Te pone un poco nerviosa?
– Un poco. Nada de toda esta situación me parece real. Ni el compromiso ni el embarazo -bajó la voz-. He hecho pis en el palito y me he hecho una ecografía. Estoy embarazada de verdad, así que ¿por qué no me siento distinta?
– Has pasado por mucho en un espacio de tiempo muy breve. Ya te sentirás así.
– Eso espero -aunque Pia estaba empezando a tener sus dudas. Tal vez le pasaba algo-. ¿Y si no me vinculo a los niños cuando nazcan? ¿Y si no puedo amarlos?
– No tendrás elección. Serás una mamá genial, Pia. Deja de dudar de ti misma.
– Quiero creerte, pero no puedo. Mis padres me abandonaron, igual que todos los hombres que me han importado. Quiero pensar que con Raúl y los bebés será diferente, pero no estoy segura.
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