Susan Mallery - Simplemente perfecto

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Cuando la mejor amiga de Pia O’Brian murió, ésta esperaba heredar a su querido gato, pero, en lugar de eso, Crystal le dejó tres embriones congelados. Pia no creía que estuviera preparada para la maternidad. Sin embargo, dispuesta a cumplir el sueño de su amiga, decidió convertirse en madre soltera… y ese mismo día conoció a un hombre guapísimo y sexy.
Raúl Moreno, un famoso ex jugador de fútbol americano que se había criado en una casa de acogida, era ahora más rico de lo que podría haber imaginado nunca y dirigía un campamento para los niños necesitados de Fool’s Gold. Aunque después de su última relación había decidido olvidarse de las mujeres, no podía sacarse de la cabeza a la dulce y sexy Pia… y le propuso un descabellado plan.

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Peter apenas pesaba nada, pensó Raúl mientras corría al aparcamiento. Una de las profesoras iba con ellos y le sacó las llaves de la chaqueta. Les abrió la puerta, y él se agachó para tender al niño sobre el asiento.

La señorita Miller apareció a su izquierda.

– Yo también voy. Llevaré mi propio coche y os seguiré -se agachó y acarició el rostro de Peter-. Te pondrás bien. Cuidaremos de ti.

El chico seguía llorando.

Raúl le abrochó el cinturón y la señorita Miller se apartó y cerró la puerta.

– ¿Sabes dónde está el hospital? -preguntó ella mientras Raúl corría hacia el lado del conductor.

– Sí.

– Allí nos vemos.

Casi dos horas después, Raúl estaba en la sala de espera de Urgencias, donde habían atendido a Peter casi de inmediato. La radiografía mostraba una clara rotura que se curaría rápidamente. Estaban poniéndole una escayola mientras la señorita Miller esperaba para hablar con la trabajadora social con la que habían contactado. Por el momento, no habían aparecido los padres adoptivos.

– ¿Señor Moreno?

Él alzó la mirada hacia una enfermera alta y rubia con una carpeta.

– Sí.

– Hola, soy Heidi. Peter se pondrá bien, pero me preguntaba si podría hablar con usted un minuto.

– Claro.

La siguió hasta una sala de examen vacía.

– ¿De qué conoce a Peter?

– Del colegio. Va a la escuela que se ha quemado y por eso ahora todos los niños están en mi campamento. He jugado al balón con él y con sus amigos algunas veces. ¿Por qué?

Ella apretó los labios.

– Está muy delgado para su edad y nos preocupa cómo se está alimentando. Sus huesos no son tan fuertes como deberían. Por lo que nos ha dicho la señorita Miller del patio, no debería haberse roto ningún hueso con esa caída. ¿Sabe si come lo suficiente?

Él sacudió la cabeza, ignorando la rabia que bullía en su interior. No tenía paciencia para la gente que no se ocupaba de los niños que se les confiaban. Él había pasado por todo eso mientras creció.

– ¿Hará alguna prueba? -preguntó él.

– Tenemos que hablar con sus padres.

– Padres adoptivos. Perdió a sus padres hace un tiempo.

– No me gusta cómo suena eso. Ahora sé por qué la señorita Miller quería que llamáramos a los servicios sociales. Hablaré con la encargada del caso cuando llegue y le preguntaré qué hacer.

Raúl la miró.

– ¿Hay señales de maltrato físico?

– No hemos visto nada. ¿Sospecha que puede estar pasando algo?

– Estuve en la escuela cuando estalló el fuego y Peter fue uno de los últimos niños en salir. Cuando iba a ayudarlo, se apartó. Tal vez no signifique nada, pero…

– Tal vez -Heidi no parecía muy convencida-. También mencionaré eso. No tiene nada de malo ser cauto -tomó anotaciones-. Gracias por la información.

Heidi y él salieron de la sala y Raúl vio a la señorita Miller corriendo hacia él.

– ¿Puedes venir a la habitación de Peter? No está bien.

– ¿Qué pasa? Estaba bien hace unos minutos.

– Tiene la escayola puesta y están dándole algo para el dolor -dijo la mujer-. No es el brazo -bajo la voz-. Al parecer, la última vez que estuvo en un hospital fue después de aquel terrible accidente que se llevó a sus padres. No deja de hablar de ellos y de preguntar por ti -miró a Raúl-. Creo que verle lo haría sentir mejor.

– Claro.

– Adelante -le dijo Heidi-. Yo voy a ver a qué hora viene la trabajadora social.

Ya que a Peter le darían el alta en una hora, aproximadamente, no le habían asignado habitación. Raúl siguió a la señorita Miller por el laberinto de pasillos que conformaban la zona de Urgencias. Petar estaba incorporado en la cama, muy pequeño y pálido. La escayola le llegaba hasta el codo y era del azul de los Cowboys de Dallas. Pero el chico no pasea contento con ella mientras lloraba cubriéndose los ojos.

– Ey, colega -dijo Raúl al entrar en la habitación-. ¿Qué pasa?

– Quiero irme a casa… -lloraba.

– Estamos buscando a tus padres adoptivos.

– No, no los quiero a ellos. Quiero estar con mis papás.

Raúl maldijo en silencio. Ése era un problema que no podía solucionar. Miró a la señorita Miller, que estaba conteniendo las lágrimas, y después volvió a mirar al chico.

Raúl fue hacia la cama, tomó al niño en brazos y se sentó con él en una silla.

El chico lo abrazaba y lloraba sobre su hombro.

Estaba delgadísimo. Se le marcaban los huesos y pesaba demasiado poco para su edad. Raúl no le dijo nada al chico, solo le acarició la espalda, y al cabo de unos minutos, el llanto se suavizó y el niño pareció quedarse dormido.

– Me siento fatal por él -susurró la señorita Miller-. He llamado a todos los números que habían dejado los señores Folio y no ha habido respuesta. La empleada del señor Folio me ha dicho que el hombre ha salido del pueblo unos días. Pero si eso es verdad, ¿quién está cuidando de Peter?

Raúl no tenía respuestas. Sabía que la situación no era tan poco habitual, que ser pequeño y estar solo en el mundo nunca era nada bueno, que había padres adoptivos excelentes, pero que muchos de ellos solo iban tras el dinero.

Una mujer más mayor entró. Parecía cansada, agotada; llevaba el pelo recogido hacia atrás y unas gafas que le colgaban de una cadena.

– Soy Cathy Dawson -dijo y bajó la voz al ver a Peter-. ¿Está bien?

– Ha sido una rotura limpia y, según los médicos, se recuperará pronto -respondió la señorita Miller-. Pero no podemos localizar a sus padres adoptivos.

La trabajadora social frunció el ceño, se puso las gafas y leyó los papeles que tenía en la mano.

– Veo que también hay cierta preocupación por su estado físico. Puede que no esté comiendo bien -suspiró-. De acuerdo. Denme unos minutos.

Justo en ese momento, Peter se movió y se incorporó.

– Hola, señora Dawson -dijo y bostezó.

– Hola. Parece que te has caído.

Peter asintió.

– Me he roto un brazo -alzó la escayola y miró a Raúl-. Es del azul de los Cowboys de Dallas.

– Ya me he fijado -dijo Raúl-. ¿Vas a dejarme firmar tu escayola?

– Ajá -respondió el niño sonriendo tímidamente.

– Bien.

La señora Dawson se sentó en la otra silla.

– Peter, ¿dónde has estado los últimos días?

– Con la señora de al lado -le dio el nombre.

– ¿Cuánto hace que se fueron tus padres adoptivos?

Peter se encogió de hombros.

– Un tiempo.

– ¿Desde el fin de semana?

Peter arrugó la nariz.

– Desde antes, creo.

– Entiendo. ¿Sabes cuándo volverán?

Él sacudió la cabeza y se sujetó el brazo contra el pecho.

– ¿Se van a enfadar conmigo porque me he hecho daño?

– Claro que no -dijo ella con firmeza-. Se alegrarán de que estés bien. Todos nos alegramos -se detuvo-. ¿Sabes lo que pienso?

– ¿Qué?

– Creo que puede que necesites un poco de helado. Sé que tienen en la cafetería y si no te importa, voy a ir a por un poco.

El alivio se reflejó en el rostro de Peter, que sonrió.

– No me importa.

– Eres muy amable, pero bueno, es un hospital muy grande. ¿Te importaría que me acompañara el señor Moreno?

– Vale.

Raúl no sabía qué pretendía la trabajadora social, pero se levantó y volvió a dejar a Peter en la cama.

– Puede que tenga algunas pegatinas en mi despacho. Mañana lo comprobaré y si tengo, te las pegaremos en la escayola.

El niño sonrió.

La señorita Miller se movió hacia él.

– Te esperaré aquí -dijo ella.

Raúl siguió a la señora Dawson hasta el pasillo.

– La cafetería está por allí -dijo señalando.

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