Susan Mallery - Simplemente perfecto

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Cuando la mejor amiga de Pia O’Brian murió, ésta esperaba heredar a su querido gato, pero, en lugar de eso, Crystal le dejó tres embriones congelados. Pia no creía que estuviera preparada para la maternidad. Sin embargo, dispuesta a cumplir el sueño de su amiga, decidió convertirse en madre soltera… y ese mismo día conoció a un hombre guapísimo y sexy.
Raúl Moreno, un famoso ex jugador de fútbol americano que se había criado en una casa de acogida, era ahora más rico de lo que podría haber imaginado nunca y dirigía un campamento para los niños necesitados de Fool’s Gold. Aunque después de su última relación había decidido olvidarse de las mujeres, no podía sacarse de la cabeza a la dulce y sexy Pia… y le propuso un descabellado plan.

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– Entonces no necesita que la ayude a encontrarla.

– Quería tener la oportunidad de hablar con usted. Supongo que conocerá a alguien en el pueblo, ¿verdad?

– Sí -respondió él con cautela.

– Bien. Eso ayudará con el papeleo. Conozco a un juez muy agradable. Si me da dos o tres nombres que utilizar como referencia, podemos solucionar esto en una hora.

– ¿Solucionar qué?

– Que Peter se quede con usted hasta que regresen sus padres adoptivos y veamos si es seguro que vuelva con ellos.

Pia llegó a casa de Raúl a las siete con dos bolsas de la compra. Él tenía la puerta abierta antes de que ella llegara al pequeño porche.

– ¿Qué es todo eso?

– Cena para muchos días. Hay más en el coche.

– ¿Más qué?

Pobre hombre, pensó al entregarle las bolsas.

– Comida. Se dice que vas a quedarte con Peter. La gente no sabía cuándo volverías a casa, así que me lo han llevado todo a mí.

Él seguía de pie confundido cuando ella volvió al coche a por una segunda ronda de bolsas. Recogió las tres últimas, cerró la puerta con la cadera y volvió a la casa.

– No lo entiendo -dijo Raúl siguiéndola hasta la cocina.

– ¡Pia!

Ella se giró y vio a Peter corriendo hacia ella. Tenía una escayola en su delgadito brazo y llevaba puesto un pijama de coches de carreras.

– Hola -dijo ella dejando las bolsas-. ¿Qué te ha pasado?

– Me he caído. Mira.

– Es impresionante. ¿Te duele?

– No. Me han dado gotas.

Algún analgésico, supuso ella.

– Guai. ¿Has cenado?

Peter sacudió la cabeza.

– Solo helado.

Pia enarcó las cejas.

– A mí no me mires -le dijo Raúl-. Ha sido idea de la señora Dawson.

– Ya, seguro -se quitó la chaqueta y la dejó sobre el respaldo de una silla-. Bueno, ¿qué nos apetece? Hay mucho donde elegir.

Ella se movió hacia la encimera y comenzó a sacar cacerolas de las bolsas.

– Lasaña, pastel de tamales de siete pisos -fue leyendo cada etiqueta según dejaba los recipientes-. Pollo con fideos, pastel de verduras -arrugó la nariz hacia Peter-. Seguro que esto no, ¿verdad?

Él se rio.

– Me gusta la lasaña.

– A mí también -miró a Raúl-. ¿Puedes poner a calentar el horno? No está congelada, así que no tardará mucho en estar lista.

Él seguía de pie, mirándola.

– No lo entiendo.

– Cuando la gente se ha enterado de que Peter se quedaría contigo unos días, han traído comida para ayudarte y que no tengas que cocinar por las noches.

– ¿Cómo se han enterado?

– Alguien se lo ha contado. ¿Es que no sabes cómo es la vida en los pueblos?

Pia se giró hacia el horno y caminó hasta la nevera.

– Dime que el congelador está vacío porque tienes comida para varios días.

Él asintió, aún impactado.

– ¿Por qué no ayudas a Peter a que se lave las manos? Ya sabes que la escayola no puede mojarse.

– Sí.

– Bien. Yo lo prepararé todo por aquí. Dejaré dos cenas en la nevera para las dos próximas noches. Oh, también hay pegatinas en esa bolsa blanca para tu escayola.

– ¡Qué guai! -Peter metió la mano y sacó hojas de pegatinas-. ¿Podemos ponerlas ahora?

Raúl la miró y ella se rio.

– Adelante. La cena estará lista en unos treinta minutos.

Los dos salieron de la cocina y unos minutos después. Raúl volvió.

– Lo siento.

– ¿Por qué?

– Se suponía que cenaríamos juntos.

– Y eso haremos.

– Pero no así. No sé exactamente cómo ha pasado. La trabajadora social estaba hablándome y al instante ya tenía al niño conmigo.

Ella le dio una palmadita en el torso.

– Sé cómo te sientes.

– ¿No estás enfadada?

– ¿Por qué iba a estarlo? Peter está solo, se ha hecho daño y nadie sabe dónde están sus padres adoptivos. El hecho de que estés ayudando hace que me resultes más agradable y simpático todavía.

– Odias que sea así.

– Pero estoy haciendo una excepción.

– De acuerdo, gracias.

Y Raúl desapareció por el pasillo y ella se quedó mirándolo y diciéndose que el hecho de que fuera un gran tipo no significaba que fuera seguro abrirle su corazón.

Para cuando terminaron de cenar y Peter se instalo en la habitación que a Raúl le quedaba libre, ya eran más de las nueve. Pia estaba acurrucada en el sofá diciéndose que tenía que volver a casa. A pesar de no tener muchos síntomas de su embarazo, estaba más cansada de lo habitual. Raúl estaba sentado en el otro extremo del sofá girado hacia ella.

– Gracias por todo.

– Lo único que he hecho ha sido presentarme aquí cargando con el esfuerzo de otros. No hay nada que agradecerme.

– Pobre niño -dijo Raúl antes de dar un sorbo a su cerveza-. Vaya infierno.

– ¿De verdad no saben dónde están sus padres adoptivos?

– Eso es lo que ha dicho la señora Dawson. Espero que los investiguen cuando aparezcan. Peter no ha dicho nada sobre ellos, pero hay cierta alarma.

Soltó la botella de cerveza.

– Tenía otros planes para la noche -le dijo a ella.

Y durante un segundo, Pia pensó que se refería al sexo y su cuerpo reaccionó con una danza de felicidad interna. Él abrió un pequeño cajón de la mesita de café y sacó una pequeña caja de terciopelo lavanda. Pia reconoció el color y el diseño de la caja; la joyería Gemas Jenel era conocida por sus diseños elegantes y caros.

Se le quedó la garganta seca y la invadió una inesperada sensación de timidez. El deseo dio paso a la confusión.

– No lo comprendo.

– Vamos a casarnos -le recordó él-. Y creo que lo tradicional es tener un anillo de compromiso.

– Sí, pero… -lo suyo no era un compromiso tradicional-. No me esperaba nada. No tienes por qué hacer esto.

– Quiero hacerlo.

Se acercó a ella y le tomó la mano izquierda.

– Pia, gracias por acceder a casarte conmigo. Haremos que esto funcione. Estaré a tu lado pase lo que pase.

Esas palabras eran exactamente las que ella siempre había querido oír… o casi.

– Yo también estaré a tu lado -susurró.

Raúl sonrió y abrió la caja.

Si no hubiera estado sentada, se habría caído. El anillo era increíble. Precioso y resplandeciente y lo suficientemente grande como para ponerla nerviosa.

– Las otras dos alianzas de diamantes son las alianzas de boda. Si no te gustan, podemos cambiarlas.

– Son maravillosas. Todo es impresionante, pero demasiado -lo miró-. Me habría conformado con una alianza de oro.

– ¿Estás diciendo que no eres una chica de diamantes?

– Nunca lo había sido.

– Entonces hay que cambiar eso.

Raúl sacó el anillo de compromiso y se lo colocó su el dedo. Encajaba a la perfección.

– Gracias -le dijo ella, contemplando el brillo de los diamantes.

– De nada.

La abrazó y ella cerró los ojos mientras se decía que todo iría bien. Que estaba tomando la decisión acertada. Que habría estado bien estar enamorados, pero que era mejor sacrificar ese estúpido sueño con tal de asegurarse de que los bebés estarían cuidados el resto de sus vidas. ¿No era eso lo que su amiga habría querido?

Capítulo 13

Raúl pasó la noche sin poder dormir. Y no porque Peter fuera un problema, sino porque no dejó de levantarse para ir a ver cómo se encontraba el chico.

Los dos se levantaron con el despertador y tardaron mucho en prepararse. La manga de plástico que les había dado el hospital protegió la escayola mientras el pequeño se duchó. Logró vestirse, pero no abrocharse los zapatos, y se había presentado en la cocina con el pelo húmedo y un rostro sonriente.

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