Él la miró a los ojos.
– Sí que puedo.
– He perdido uno de los bebés de Crystal.
– No. Los dos hemos perdido a uno de los nuestros.
Gemelos, pensó Raúl con tristeza. Gemelos, no trillizos.
Ella abrió los ojos como platos.
– Tienes razón -dijo con un sollozo-. Oh, Dios mío, haz que vuelva.
Una plegaria que jamás sería escuchada, pensó él tristemente mientras la abrazaba.
Se quedaron así un largo rato y cuando ella parecía haberse calmado un poco, él se sentó a su lado sobre la cama y le acarició la cara.
– Tengo un aspecto terrible -dijo Pia-. Estoy hinchada.
– Estás preciosa.
– O eres un mentiroso o necesitas que te revisen la vista.
Raúl le sonrió y, después de besarla en la boca, dijo:
– No pienses ni por un segundo que es culpa tuya. No puede serlo. La culpa va acompañada de un acto deliberado.
Se detuvo y decidió que había llegado el momento de contárselo.
– Sabes que estuve casado. Caro era una antigua reina de la belleza convertida en presentadora de noticias. Nos conocimos en una gala benéfica en Dallas.
Pia se recostó contra las almohadas.
– ¿Puedo odiarla?
– Claro.
– Bien, porque la odio.
Hubo un momento en que él la había odiado mucho más, pero el tiempo lo había curado todo. Jamás lo comprendería, pero había dejado de querer verla castigada.
– Éramos la pareja perfecta -siguió diciendo-. Pero después de comprometernos, le ofrecieron un trabajo en Los Ángeles. Su carrera era muy importante para ella y se mudó; yo iba yendo y viniendo.
– Eso suena muy civilizado.
– Lo era. Hablábamos de formar una familia. Los dos queríamos hijos. Un día me dijeron que Caro estaba en el hospital. Llegué todo lo deprisa que pude. No comprendía qué estaba pasando y ella no quería que me lo contaran.
Podía recordarlo todo sobre aquel momento: de pie en el pasillo, mirando al médico que no le decía qué le pasaba a su mujer.
– No lo comprendo -dijo Pia-. ¿El médico no te lo decía?
– No, sin su permiso. Entré en su habitación. Estaba pálida y le estaban haciendo una transfusión.
Eso era lo que más lo había asustado. La idea de que podía morir.
– Había tenido un aborto esa tarde y algo había salido mal. Había tenido hemorragias internas. La operaron y todo salió bien. Eso es lo que me dijo. «Estoy bien».
Raúl sacudió la cabeza.
– Ni siquiera sabía que estaba embarazada. No me lo había dicho. Me decía que quería tener hijos algún día, pero aún no. No cuando su carrera iba tan bien. Si no hubiera acabado en el hospital, jamás lo habría sabido. Tomó la decisión sin mí. Aunque creo que una mujer tiene derecho a elegir, aquello fue distinto. Estábamos casados. Intentábamos tener un hijo, lo intentamos activamente para que yo pudiera estar a su lado cuando naciera fuera de la temporada de partidos. Pero todo era mentira.
Pia no podía creer lo que estaba oyendo, que la mujer de Raúl lo hubiera traicionado de ese modo. Una cosa era posponer el momento de tener hijos o hablar sobre un embarazo inesperado, pero fingir estar intentando tener un bebé y abortar al quedarse embarazada era algo inexcusable.
– Lo siento -susurró ella-. Sé que suena estúpido, pero lo siento.
Podía ver la expresión de dolor y de pérdida en sus ojos.
– Yo también lo siento.
Se quedaron mirándose el uno al otro compartiendo su dolor. A pesar de su práctico acuerdo, nunca se había sentido más unida a él, más conectada.
Alguien llamó a la puerta. Ambos se giraron y vieron a la doctora Galloway.
– Pia, querida. Lo siento mucho.
– Yo también.
La doctora le estrechó la mano a Raúl y fue al lado de ella.
– Por lo que he visto, los otros dos bebés están bien. Están creciendo y parecen sanos.
– Quiere decir que no pierda la esperanza.
La mujer le dio una palmadita en el hombro.
– Digo que no te rindas. Quiero que intentes relajarte. Te quedarás aquí esta noche y haremos otra ecografía por la mañana. Espero que todo salga bien y entonces podrás irte a casa. No hay razón para creer que tendrás más problemas, pero tomaremos precauciones para aseguramos.
Pia asintió.
– Diré que te suban algo de comida. Quiero que comas. ¿Lo prometes?
– Sí.
– Yo me quedo -dijo Raúl con firmeza-. Me aseguraré de que come.
– Sospecho que lo harás -respondió la doctora con tono animado-. Bueno, Pia, descansa. Te veo por la mañana.
– Gracias.
– De nada. Y no te culpes por esto, ¿de acuerdo?
– Lo intentaré.
Cuando la doctora se marchó, Raúl volvió a su lado.
– Lo superaremos -le prometió.
– Lo sé.
Tenerlo a su lado la ayudó mucho, pensó mientras se relajaba contra las almohadas. Podía depender de él, apoyarse en él y ahora mismo eso era lo mejor de todo.
Pia se estiró en el sofá e intentó ponerse cómoda. No es que tuviera dolor, sino que se sentía extraña por dentro. Incómoda. Asustada. Y ésas eran unas emociones no diseñadas exactamente para que su día fuera tranquilo.
Había vuelto a casa del hospital esa mañana y le había costado convencer a Raúl de que era absolutamente seguro dejarla sola unas horas. De hecho, no habían sido sus palabras las que habían surtido efecto, sino el flujo de visitantes que se habían presentado con flores, tarjetas, comida y regalos para los mellizos. Cuando él había visto que era casi imposible que se quedara sola mucho tiempo, había accedido a ir a su oficina a comprobar unas cosas.
Ahora ella respiraba aliviada ante el silencio y esperaba que pasaran horas hasta que alguien volviera a llamar a la puerta. Era mucho más sencillo compadecerse de una misma y sentirse culpable cuando se estaba sola.
La segunda ecografía había mostrado que los dos bebés que quedaban estaban bien y que no parecían afectados por lo sucedido a su hermano. Una de sus visitas, Nina, la enfermera del hospital, le había llevado pollo y le había dicho que no era extraño perder a un bebé durante la gestación.
Pia agradeció los intentos de hacerla sentirse mejor, pero en ese momento aún se sentía culpable y algo deprimida. Era posible que con el tiempo se sintiera mejor, pero no podía imaginar que eso llegara a suceder.
Alguien llamó a la puerta.
– ¡Adelante! -gritó.
Denise Hendrix abrió la puerta y entró en el salón.
– Hola -le dijo la mujer con una cálida sonrisa-. ¿Cómo te encuentras?
Pia se encogió de hombros.
– Supongo que bien. Triste.
– Normal. Lo estarás un tiempo. Te he traído helado. Casi todos los sabores que hacen Ben & Jerry’s. Piensa en esto como en tus raciones de lácteos. Lo pondré en el congelador.
Volvió al cabo de unos minutos y en lugar de sentarse en la silla situada frente al sofá, lo hizo sobre la mesa de café y se acercó a ella.
– Se te ve hundida, como si hubieras perdido a tu mejor amiga.
– O hubiera matado a su bebé -murmuró Pia-. Lo siento. No pretendía decirlo en voz alta.
– Tú no has matado al bebé de Crystal.
– Pues lo parece. No eran reales para mí, Denise.
– ¿Y qué? ¿Por qué eso no es suficiente? Hay unos niños creciendo en tu interior y ahora mismo tu único trabajo es cuidar de ti y cuidarlos a ellos lo mejor que puedas -suspiró-. He criado a seis hijos. ¿Crees que estuve presente cada segundo de cada día? ¿Crees que me gustaba cuando los niños estaban pelándose y las niñas tenían un cólico? ¿Que no me apetecía irme a una isla tropical con nada más que una tranquila habitación donde poder dormir y un buen libro?
– Pero eres una madre genial.
– Gracias. Amaba a mis hijos y lo hice lo mejor que pude, pero no era perfecta. Nadie lo es. Y si los bebés que te han implantado no te parecen reales, ¿qué? Ya lo asumirás. Esto supone un cambio enorme en tu vida, Pia. Has renunciado a muchas cosas para honrar la petición de tu amiga. Me caía genial Crystal, pero he de decirte que una parte de mí piensa que no tenía derecho a hacerte esto.
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