– Qué complicado es cocinar.
Ella se rio.
– Te he dicho que no empezaras haciendo espagueti. Podrías haber calentado algo preparado, sin más. Eso habría sido más sencillo.
– Pero me encanta un buen desafío.
– Típico de los hombres.
Él se rio y se marchó.
Peter estaba sentado al lado de ella en el sofá.
– Raúl ha dicho que estás enferma y que tenías que tener cuidado -el niño extendió el brazo, que ahora era una escayola verde-. ¿Es como lo de mi brazo?
– Un poco. Aún tienes que tener cuidado con no mojarla, ¿verdad?
– Sí.
– Pero se pondrá bien.
– ¿Como tú? -preguntó Peter acercándose a ella. Pia lo rodeó con su brazo.
– Como yo -dijo y esperó estar diciendo la verdad.
Liz se estiró en el otro sofá en el salón de Raúl.
– En serio -le dijo-. Tienes que estar aburrida.
– Casi he terminado -admitió Pia. Era el día cuatro y su último día de descanso-. No dejo de pensar en todo lo que hay que hacer y en lo atrasada que voy.
– Sí, bueno, en cuanto a eso… Montana ha organizado un equipo de trabajo.
Pia se puso derecha.
– No me digas que ha dejado que entre gente en mi despacho.
– De acuerdo, no te lo diré.
– ¿Estás de broma? ¿Han tocado mis archivos?
Liz se rio.
– No es que hayan estado revolviendo tu cajón de la ropa interior. No son más que carpetas.
Pia gruñó.
– Son mis carpetas. Tengo un sistema. ¿Y si me lo han descolocado?
– ¿Y si solo intentaban ayudar porque se preocupan por ti?
– Ayudar es agradable, pero no si me genera más trabajo.
– Alguien necesita relajarse un poco. Deberías estar agradecida por lo mucho que nos preocupamos por ti. Este pueblo se cuida a sí mismo.
Pia entrecerró los ojos.
– No estabas tan contenta con eso cuando te mudaste. Si no recuerdo mal, querías marcharte y no volver nunca más.
– Eso era diferente.
– ¿Por qué?
– Me estaba pasando a mí.
Pia se relajó en el sofá y se rio.
– Muy típico. Estamos absortos en uno mismo.
– Eso lo dirás por ti -el humor de Liz se desvaneció-. ¿Cómo te encuentras?
– No. Estoy cansada de hablar de mí. ¿Cómo estás tú? ¿Cómo es la vida con tres niños y un prometido?
– Te olvidas del perro. Es la gran idea de Ethan, aunque la culpa es mía. Di un voto. Claro que todos querían el cachorrito menos yo y ahora, por si antes tenía poco, estoy entrenando a un labrador con mucha energía que se llama Newman.
Pia se rio.
– ¿Newman?
– ¿Te lo puedes creer?
A comienzos de verano, Liz había descubierto que tenía dos sobrinas. La mayor, de catorce años, se había puesto en contacto con ella a través de su página web , diciendo que su padre estaba en prisión y que su madrastra las había abandonado. Liz había hecho las maletas, había agarrado a su hijo y su ordenador y había llegado a Fool’s Gold para rescatar a sus sobrinas.
La situación se había visto complicada por el hecho de que Ethan, el mayor de los chicos Hendrix, era el padre del hijo de diez años de Liz. Como consecuencia de una serie de malos entendidos, Liz haba pensado que él sabía lo de Tyler, pero no era así. Tras unos meses algo duros, se habían dado cuenta de que seguían locamente enamorados y ahora Ethan estaba construyéndoles una casa, estaban comprometidos y Liz tenía la custodia de sus dos sobrinas. Y a Newman.
– ¿No tienes que empezar pronto con la presentación de un libro?
Liz era una autora súper ventas de libros de misterio.
– La semana que viene -dijo con un suspiro-. Denise se va a mudar a casa mientras estoy fuera. Le he advertido que no será la gran fiesta que se está imaginando. La buena noticia es que Newman tiene un noventa por ciento de probabilidades de saber donde hacer pis.
– ¿No dentro de la casa, supongo?
– Exacto. Tengo una lista de las tareas que tienen que hacer los chicos y cada uno se hará su colada, lo cual significa que Tyler a veces tiene calcetines rosas…, pero está aprendiendo a soportarlo. Normalmente suelo estar fuera tres semanas, pero dadas las circunstancias, mi publicista cree que diez días es mejor. Sinceramente, estoy deseando estar sola en una habitación de hotel. Sin música alta, sin televisión, sin peleas por los mandos de la Wii, sin gritos preguntando a qué hora es la cena.
– Sin Ethan.
– Eso es lo malo, pero sobreviviré. Lo cierto es que me es de gran ayuda con los niños. Las niñas lo adoran y está ayudando a Abby a practicar béisbol para entrar en el equipo del colegio.
– Te has hecho a vivir aquí, aunque pensé que eso no pasaría nunca.
– Yo tampoco -admitió Liz-. Al principio fue duro, por lo de mi pasado, pero con el tiempo el pueblo y yo hemos hecho las paces.
Pia miró a su amiga y lo consideró una señal de su buen carácter que no le importara el hecho de que Liz fuera preciosa, tuviera un brillante cabello rojizo y un cuerpo perfecto.
– Se te ve feliz -dijo Pia.
– Lo soy. Sé que no quieres hablar de ello, pero ¿cómo estás tú?
– Mejor. Estoy durmiendo. Me aburro desesperadamente y supongo que eso es buena señal. Ahora que sé que hay gente merodeando por mi despacho, estoy más ansiosa todavía por volver al trabajo -se acarició el vientre-. Pero es difícil no estar asustada por los dos pequeños que siguen aquí dentro.
– No me extraña. ¿Cuándo vuelves al médico?
– En un par de días. Quiero que me diga que todo va bien, aunque sé que eso no puede prometérmelo.
– Pero puede acercarse.
– Eso espero. Ahora mismo me siento como si todo lo que hago pusiera en peligro a los bebés. Una vez que nazcan, podré relajarme.
Liz enarcó las cejas.
– Siento desilusionarte, pero no. En cierto modo será mejor, pero en otro, será peor. Cada fase tiene sus alegrías y sus traumas. Es increíble que cualquiera tengamos hijos, teniendo en cuenta todo lo que puede ir mal. Aunque al final merece la pena. Querrás a esos bebés como nunca has querido a nadie. Es algo mágico y darás gracias por tenerlos.
– Estoy deseándolo -admitió-. Perder a uno me ha acercado más a los demás. Los imagino como unas personas diminutas creciendo en mi interior. Quiero ver cómo serán y abrazarlos y protegerlos.
– Mírate. Hace unas semanas no sabías por qué Crystal te había dejado los embriones. ¿Aún sigues haciéndote esa pregunta?
– Menos que antes.
– Entonces las dos estamos felices, que es como tiene que ser. ¿Habéis fijado fecha para la boda?
– No -a pesar del impresionante anillo que llevaba, no podía imaginarse casándose y mucho menos visualizando la ceremonia-. Cada crisis a su tiempo.
– Ethan y yo estamos pensando en hacer algo tranquilo en Navidad. Solo los amigos y la familia. Lo estoy presionando porque le he dicho que no pienso casarme hasta que la casa esté terminada. No pienso empezar mi vida de casada en la casa en la que crecí.
Pia lo comprendía. Liz nunca había conocido a su padre y su madre había sido alcohólica. La casa se había visto frecuentada por muchos hombres, lo cual había llevado a pensar que su madre tenía relaciones con ellos por dinero. Liz había sido una niña abandonada tanto física como emocionalmente e incluso había sido maltratada.
– Así que Ethan es un hombre motivado. Eres muy lista.
– Es más cuestión de desesperación que de inteligencia. No dejo de decirme que la casa es genial, que todo está arreglado y que ya no quedan fantasmas, pero estoy deseando mudarme.
Pia se recostó en el sofá.
– ¿Cuándo te diste cuenta de que te habías enamorado de él?
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