Susan Mallery - Simplemente perfecto

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Cuando la mejor amiga de Pia O’Brian murió, ésta esperaba heredar a su querido gato, pero, en lugar de eso, Crystal le dejó tres embriones congelados. Pia no creía que estuviera preparada para la maternidad. Sin embargo, dispuesta a cumplir el sueño de su amiga, decidió convertirse en madre soltera… y ese mismo día conoció a un hombre guapísimo y sexy.
Raúl Moreno, un famoso ex jugador de fútbol americano que se había criado en una casa de acogida, era ahora más rico de lo que podría haber imaginado nunca y dirigía un campamento para los niños necesitados de Fool’s Gold. Aunque después de su última relación había decidido olvidarse de las mujeres, no podía sacarse de la cabeza a la dulce y sexy Pia… y le propuso un descabellado plan.

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Pero no era solo ella, pensó al mirar a su alrededor Era el pueblo en sí. Había vivido en muchos sitios y aunque siempre había disfrutado en esas ciudades, nunca se había sentido conectado con la comunidad. No como ahí.

Aunque no le hacía gracia que lo hubieran rescatado unas señoras, sabía qué significado tenía ese gesto. Allí no se tenía en cuenta ni el sexo ni la edad de las personas. Ellas habían visto un problema y habían actuado, como si Raúl fuera responsabilidad suya. Se había mudado a Fool’s Gold para encontrar un lugar en el que asentarse y lo que había encontrado había sido un hogar.

Capítulo 18

Normalmente, después de un evento que duraba todo un día, como el Festival de Otoño, Pia terminaba agotada. Pero ya que había pasado exactamente medio día sentada, se sentía descansada y preparada para la fiesta del baile-cena. Bueno, para disfrutar con calma y tranquilidad y proteger a los bebés.

Terminó de aplicarse máscara de pestañas y se apartó para comprobar el maquillaje en el espejo. Había seguido el consejo de la doctora sobre las escaleras y las había subido al volver a casa para arreglarse. Allí tenía toda su ropa y el maquillaje bueno. Raúl la recogería y la llevaría al baile y después volverían a su casa.

Se atusó el pelo y ahora la gran pregunta era qué ponerse.

Últimamente se sentía especialmente hinchada y por mucha agua de limón que estaba bebiendo, los pantalones le quedaban estrechos. Tenía un par de vestidos que sabía que tampoco le valdrían, pero tenía uno de corte imperio. Ese estilo le iría bien…

Se detuvo en la puerta de su dormitorio y comenzó a reírse. No estaba hinchada, estaba embarazada. ¡Qué idiota!

Se tocó el vientre, se quitó la bata y se giró para ver el abultamiento de su barriga.

– ¿Cómo estáis? -preguntó-. ¿Todo va bien? Yo estoy bien. Aún triste, pero recuperándome. Todo saldrá bien y quiero que lo sepáis. Voy a cuidar muy bien de vosotros. Lo prometo.

No hubo respuesta, y eso fue positivo. Sintió cierta paz, tranquilidad por la decisión que había tomado. Iba a tener los hijos de Crystal y lo más importante era que esos bebés también serían suyos. Tal vez no tuvieran su ADN, pero estaban creciendo en se interior y, cuando nacieran, ella sería su madre a ojos de todo el mundo.

– Será genial -susurró.

Abrió el armario y sacó el vestido negro. La parte del escote era de un ligero terciopelo con una marcada V y la falda empezaba justo debajo del pecho en una tela más ligera, más sutil, y terminando justo por encima de la rodilla.

Ya se había aplicado una crema iluminadora en las piernas y después de ponerse el vestido, se subió la cremallera lateral. Se colocó delante del espejo para ver si le sentaba bien.

– Madre mía.

Aunque había tenido pecho desde que tenía trece años, nunca había estado así, pensó mientras veía el escote que llenaba la V del vestido.

– Por lo menos ahora sé qué aspecto tendría si me pusiera implantes.

Por suerte, el vestido llevaba a juego una chaqueta corta; se la puso y vio que no cubría prácticamente nada. Raúl tendría que ser fuerte.

Había elegido unas sandalias negras de tacón medio y apenas se las había puesto cuando alguien llamó a la puerta.

– ¡Adelante! -gritó al llegar al salón.

La puerta se abrió y Raúl entró.

Nunca antes lo había visto con traje y le sentaba a la perfección. Era elegante, era guapo y era suyo.

Eso último era tan difícil de creer como el hecho de que estuviera embarazada. ¿De verdad iban a casarse?

Él la recorrió con la mirada, empezando por sus zapatos. Cuando llegó a su pecho, Pia vio cómo se tensó. Se acercó, le tomó la cara entre las manos y la besó con una pasión que hizo que a Pia le temblaran las piernas.

Su boca se movía sobre ella reclamándola, excitándola, haciéndole promesas.

Sin pensarlo, ella le tomó las manos y las posó sobre sus pechos. Él le apartó la chaqueta y los cubrió, acariciando sus tersos pezones.

A Pia la invadió un intenso fuego. Estaba húmeda y preparada en cuestión de segundos. Se quitó la chaqueta y se bajó la cremallera. Él la ayudó y le bajó el vestido. Al instante, se deshicieron del sujetador y él ya estaba besándole los pechos.

Sentir sus labios y su lengua, esas caricias, casi la llevó al borde del placer. Respiraba entrecortadamente y el deseo amenazaba con asfixiarla. Se aferró a él para no caerse.

Él deslizó una mano entre sus piernas, se coló bajo sus braguitas y encontró el centro de su placer con una caricia mientras su boca seguía en sus pechos y a Pia le temblaban tanto las piernas que le costaba mantenerse en pie.

Llegó al éxtasis sin previo aviso y al instante ya temblando y rozándose contra sus dedos, gimiendo y diciendo su nombre. Las sacudidas se disiparon y el mundo pareció volver en sí.

Se puso derecha y él también. Se quedaron mirándose y el esbozó una masculina sonrisa de satisfacción.

– Estás muy guapa. ¿He tenido oportunidad de decírtelo?

Ella aún seguía aturdida… ¿de dónde había salida ese orgasmo? Quince minutos antes, cinco minutos antes, habría jurado que no volvería a pensar en el sexo, al menos hasta que hubieran nacido los bebés.

Se detuvo y comprobó que se sentía bien.

Le sonrió.

– No.

Él bajó la mirada hasta sus pechos.

– Son nuevos.

– ¿Te gustan?

– Los otros eran geniales, pero éstos también serán divertidos.

Ella se quitó los zapatos.

– Te toca a ti.

Raúl vaciló.

– Tal vez no deberíamos.

Pia podía ver su erección contra la tela de sus pantalones.

– La doctora me ha dicho que no pasa nada, que los bebés no pueden ver nada. ¿Y si jugamos un poco hasta que estés casi y después terminas dentro de mí? Así salimos ganando todos -le dijo mientras le desabrochaba el cinturón.

– No quiero poneros en peligro.

– Yo tampoco.

Le desabrochó los pantalones y se los quitó y, cuando deslizó la mano sobre su erección, él apretó los dientes y comenzó a respirar entrecortadamente.

Se acercó, la besó y le acarició los pechos mientras ella cubría su miembro y comenzaba a excitarse también.

– Raúl.

Él debió de oír la desesperación en su voz porque puso una mano sobre su muslo y la coló entre sus piernas.

Rápidamente, ella se bajó la ropa interior y él la llevó al sofá.

– Ahora -dijo Pia y lo adentró en ella.

Él se hundió en su cuerpo despacio y con cuidado y ella lo agarró por las caderas y lo llevó más hacia sí. Mientras Raúl se movía dentro y fuera de ella, deslizó una mano entre los dos cuerpos y volvió a encontrar ese punto mágico. Pia solo tardó un segundo en volver a temblar de placer y perderse en esa ardiente sensación. Él volvió a hundirse en ella una vez más y se estremeció.

Se quedaron abrazados el uno al otro, respirando entrecortadamente.

Cuando ella finalmente pudo hablar, le preguntó:

– ¿Ha ido bien?

Raúl la besó.

– Ha sido genial. ¿Cómo te sientes tú?

– Bien, muy bien -no sabía cómo explicárselo, pero de pronto tuvo la sensación de que todo iría bien de ahora en adelante.

Miró el reloj de la cocina y exclamó:

– ¡Vamos a llegar tarde! Tenemos que damos prisa.

– Sí, señora.

Él se apartó y se vistió en cuestión de segundos. Pia tardo un poco más, pero en menos de cinco minutos estaban saliendo por la puerta.

Al final de las escaleras, él la acercó y volvió a besarla mientras ella se permitió sentir la calidez de su abrazo, la seguridad de verse en sus brazos. Y en ese momento supo que se había enamorado.

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