– ¿De qué estás hablando?
– No le puedes dejar tus embriones a alguien sin consultárselo primero. Está mal. Debería habértelo contado, asegurarse de qué necesitabas. Ella te pidió mucho, pero no te dio la oportunidad de negarte.
Pia no lo había visto de ese modo.
– Podría haberme ido.
– Marcharse siempre es una posibilidad, sí, pero no para ti. Tú no eres así. Y cualquiera que te conozca personalmente sabe que te ha hecho daño la gente que debería protegerte. No tienes que preocuparte sobre conectar o no con los bebés que están en camino. Sucederá. La razón por la que estás triste es que has perdido a uno de tus hijos también. Si esto solo tratara de Crystal, te sentirías culpable.
Pia le dio la vuelta a las palabras de la mujer.
– Tienes razón -dijo lentamente-. Si no me importara, supongo que estaría aliviada en secreto. Dos bebés serán mucho más fácil de cuidar que tres, pero no puedo alejarme de la sensación de pérdida. Y de decepcionar a Crystal.
– No se trata de tus emociones. Un embrión se ha perdido en cualquier punto del proceso. Habría sido un milagro que los tres llegaran tan lejos. ¿Sabes la probabilidad que había de quedarte embarazada? Lo has hecho genial.
– Gracias.
De algún modo, Denise había llegado al corazón del problema y, en cierto modo, sacar el tema a la luz hizo que Pia se sintiera mejor.
– Me preocupa no hacer un buen trabajo -admitió ella-. No estoy preparada para comprar ropa premamá o ver muebles de bebé.
– La mayoría de las mujeres se casan y planean tener un bebé. A ti esto te lo han impuesto sin avisar. Necesitas tiempo para ponerte al día. Y en cuanto a la ropa premamá, confía en mí, no pasará mucho tiempo hasta que no tengas elección -sonrió-. Muy pronto tendrás hormonas fuera de lo normal recorriéndote el cuerpo. Biológicamente te verás obligada a preparar el nido. Pero hasta que eso pase, no te preocupes. Estás siendo demasiado dura contigo misma.
– Intentaré hacerlo mejor.
– Eso espero. Serás una madre genial. Ya lo eres. Si necesitas algo, sabes que todos estaremos a tu lado. Este pueblo te adora.
Las dos mujeres se abrazaron y mientras Denise se ponía derecha, Pia oyó pisadas en las escaleras. Unos segundos después, Raúl entró en el apartamento.
– Denise. Gracias por pasar por aquí.
– Tenía que ver a nuestra chica. Está mejor.
Raúl la miró nervioso.
– Eso espero -vaciló y añadió-: Intento convencerla de que se mude conmigo, al menos de manera temporal. Mi casa no tiene tantas escaleras.
Pia volteó los ojos.
– Estoy bien.
– No puedes subir las escaleras.
Había una diferencia entre «no poder» y «no querer», pensó Pia. Aunque se suponía que tenía que tomárselo con calma durante los próximos días, después no había restricciones.
Denise los miró a los dos.
– Pia, podría ser una buena idea. Estarías más relajada si no tuvieras que preocuparte por las escaleras. Solo será durante una semana o así, después puedes volver a tu casa -enarcó las cejas-. Aunque no estoy segura de durante cuánto tiempo querrás subir esos tres tramos de escaleras a medida que avance tu embarazo.
Raúl tenía en el rostro una expresión suplicante.
– ¿Lo ves?
Sería la solución más práctica, pero a Pia no le gustaba. Mudarse con Raúl hablaba de su relación… o tal vez simplemente hacía que las cosas parecieran más reales. Y no es que ella hubiera querido ignorar el gran anillo de compromiso que llevaba en la mano izquierda…
– Pensaré en ello -prometió. Era lo mejor que podía hacer.
Denise volvió a abrazarla y le susurró:
– Es un hombre muy guapo y excesivamente amoroso. Hay cualidades peores en un hombre…
– Lo sé. Gracias por venir y hablar conmigo.
Denise la besó en la frente.
– Cuando quieras. Cuida de ella. Todos la adoramos.
– Lo haré -le respondió Raúl antes de acompañarla a la puerta.
Hablaron unos segundos durante los que Pia no pudo oír qué se decían. Se recostó contra el sofá y cerró los ojos. A pesar de estar agotada, no podía quedarse dormida. Cada vez que lo intentaba, volvía a ver la sangre en la silla y el terror la invadía. No era una secuencia exactamente diseñada para hacer que durmiera.
En su lugar, pensó en lo que Denise le había dicho. Y lo que más la ayudó fue su observación sobre lo increíble que era que los bebés hubieran llegado tan lejos. Tal vez estaba bien que en un principio no hubiera absorbido del todo la idea de estar embarazada. Tal vez todo eso cambiaría con el tiempo.
Abrió los ojos y vio a Raúl cerrar la puerta. La miró.
– ¿Por qué no intentas descansar? -le sugirió él.
Ella asintió porque era más sencillo que admitir que no podía dormir. Cerró los ojos e intentó no pensar en nada. Eso le pareció lo más seguro.
Pero se vio recordando la historia de su primera esposa. De cómo Caro lo había traicionado. No había excusa para lo que había hecho. Pia no podía imaginarse mintiéndole a la persona a la que querías más que a nadie. No así. Si no hubiera querido tener hijos, debería habérselo dicho y haber tomado la píldora o algo así.
Pero la parte más difícil de lo que él le había contado había sido darse cuenta de que había amado a Caro. La verdad se había reflejado en cómo había hablado sobre ella, en la emoción de sus ojos. La había conocido, había salido con ella, se había enamorado y le había propuesto matrimonio. Como tenía que ser.
Ella no tendría todo eso. No tendría la clase de amor que Nicole y Hawk compartían, ni que Denise había tenido con su difunto esposo. Podría haber respeto y un afecto cada vez mayor, podría haber un objetivo compartido de criar a los mellizos y tal vez de tener más hijos, pero en su relación no existiría la clase de amor que hacía que se te acelerara el corazón, que te ponía el vello de punta.
Saberlo le dolió más de lo que se habría esperado y la hizo querer entregarse al llanto. En parte por lo que había perdido, y en parte por haberse dado cuenta de lo mucho que deseaba tener eso en su vida. Había querido un final feliz.
Con Raúl.
Se puso derecha y abrió los ojos. Después de asegurarse de que él no estaba en la habitación, le dio vueltas a la idea. ¿Con Raúl? Como si… ¿Qué? ¿Es que estaba enamorándose de él?
Ése era un terreno peligroso, se dijo. Era una locura enamorarse de un tipo que le había dejado claro que no quería implicar a su corazón en todo eso.
Se recordó que ella siempre había sido práctica y que era el peor momento para estar pensando con el corazón.
– Aún me huelen raras las manos -dijo Peter con una carcajada-. Y ya me las he lavado como cinco veces.
– El ajo tiene ese peligro -le respondió Pia disfrutando de la compañía del niño. Era difícil estar deprimida en presencia de un niño tan feliz.
– Raúl ha dicho una palabrota al echar los espaguetis en el agua hirviendo -susurró Peter-. Ha sido divertido.
– Seguro que sí.
A pesar de sus negativas para mudarse con Raúl, el sentido práctico y su miedo a las escaleras habían salido ganando. Él le había hecho las maletas, la había bajado en brazos por las escaleras y ahora estaba instalada en su habitación de invitados.
Raúl había llamado a los padres adoptivos de Peter y les había pedido si el niño podía cenar con ellos. Pia agradeció tener a alguien más allí aquella primera noche porque la hizo sentirse menos incómoda por el hecho de estar en casa de Raúl.
Él apareció en la puerta con un paño de cocina sobre un hombro.
– He escurrido la carne de grasa antes de añadirle la salsa.
– Sí.
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