Mary Balogh - Simplemente Perfecto

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Alto, moreno y exquisitamente sensual, él es la personificación de la perfección masculina. No es que Claudia Martin esté buscando un amante. Ni un esposo. Como propietaria y directora de la academia de la señorita Martin en Bath, hace mucho que se resignó a vivir sin amor. Hasta que Joseph, marqués de Attingsborough, llega sin previo aviso y la tienta a arrojar por la borda toda una vida de decencia por una aventura que sólo puede conducirle a la ruina.
Joseph tiene sus propias razones para buscar a Claudia. Inmediata e irresistiblemente atraído por la delicada profesora, se embarca en un plan de seducción que los llevará a ambos a anhelar algo más. Pero, como heredero de un prestigioso ducado, se espera que Joseph continúe con el legado de la familia. Y Claudia sabe que no hay lugar para ella en su mundo.
Ahora, dicho mundo está a punto de verse sacudido por el escándalo. Un matrimonio concertado, un secreto que conmocionará a la sociedad y un hombre proveniente del pasado de Claudia, conspiran para separar a los amantes. Pero Joseph está decidido a hacer suya a Claudia a toda costa. Aunque ello signifique desafiar toda convención y romper toda regla por un amor que representa todo cuanto siempre ha deseado; un amor que es perfecto tal como es…

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A última hora de una tarde, dos semanas después, Claudia ya se había puesto su viejo y fiel vestido de noche azul y se estaba peinando, pues había declinado el amable ofrecimiento de la duquesa de Bewcastle de contar con los servicios de una doncella. Se sentía inexplicablemente deprimida, cuando tenía todos los motivos para estar muy animada y contenta.

En Lindsey Hall la trataban como a una huésped de honor, no como a una profesora a cargo de un buen grupo de alumnas de no pago. Y dentro de media hora estaría de camino con la familia Bedwyn hacia una cena de celebración y velada social en Alvesley Park. Allí vería a Susanna. También vería a Anne, que sólo el día anterior había llegado de Gales con Sydnam y sus dos hijos.

El trayecto desde Londres hacía solo unos días había ido sobre ruedas, aun cuando Lizzie estuvo llorando un buen rato después de dejar su casa y despedirse de su padre, y se aferró a ella. Pero Susanna y Peter, con los que habían viajado, fueron muy amables con ella, y el perro se echó a su lado, y cuando se detenían los coches y la niñera de Harry se lo llevaba a Susanna, le fascinaba que la dejaran tocarle la manita y acariciarle la pelusilla de la cabeza.

Fue maravilloso volver a ver a Eleanor y a las niñas que ya estaban con ella en Lindsey Hall, y tuvo la impresión de que todas se alegraron verdaderamente de verla. A Lizzie la saludaron con cautela y curiosidad, pero la misma noche de su llegada, Agnes Ryde, la más dominante de las chicas, pues tenía dieciséis años, decidió tomar bajo su protección a la niña nueva, y Molly Wiggins, la menor y la más tímida, la eligió como su amiga especial y le cogió firmemente la mano. Y casi enseguida se ofreció a cepillarle el pelo y la llevó a la habitación que iban a compartir, mientras Agnes la llevaba cogida del otro brazo.

También fue fabuloso volver a ver a Flora y a Edna, y descubrir que las dos no cabían en sí de felicidad por la suerte que les había deparado la vida, y deseaban presumir un poco ante sus ex compañeras.

La duquesa se mostraba muy amable con ella, como también lord y lady Aidan Bedwyn, los condes de Rosthorn (la condesa era la menor de las dos hermanas Bedwyn) y el marqués de Hallmere. El duque de Bewcastle era cortés; incluso estuvo conversando con ella diez minutos completos durante una cena, y ella no pudo encontrar ningún defecto en sus modales. En cuanto a lady Hallmere, una mañana mientras atravesaba la extensión de césped, procedente del establo, vestida con el traje de montar, después de desearle los buenos días a ella se detuvo a conversar con Molly y Lizzie, que estaban afanadísimas haciendo guirnaldas de margaritas; mientras tanto el perro trataba de cogerse la cola y de atrapar a cualquier bichito volador que cometiera la imprudencia de meterse en su espacio.

Lady Hallmere actuó como una reina condescendiente hacia sus más humildes súbditas, pensó ella, muy poco amable, y enseguida tuvo que regañarse por esa injusticia. A la mujer no le habría costado nada desentenderse totalmente de ellas. Y las palabras que le dijera en Londres la habían escarmentado un tanto también: «Le ha durado mucho el rencor, señorita Martin».

Charlie había venido a verla cada día desde Alvesley, a caballo; un día hicieron una larga caminata por los alrededores del lago, hablando sin parar. Fue igual que en los viejos tiempos; bueno, tal vez no igual. En aquel entonces él era un héroe para ella, un ídolo, un chico incapaz de hacer algo malo o remotamente innoble. Ahora ya no se hacía ninguna ilusión con él. Era un hombre, como todos los demás, con debilidades humanas. Pero no podía negar que encontraba agradable su compañía otra vez, conversar con él. Lo que no sabía era si podría volver a fiarse de él otra vez, pero claro, no era confianza lo que se le pedía, sino sólo disfrutar de la renovación de su amistad, entonces llegó la invitación para ir a Alvesley con todos los demás a excepción de Eleanor, que se ofreció a quedarse en casa con las niñas, algo que para ella no era ningún sacrificio, les insistió tanto a ella como a su hermana, puesto que la mayoría de las reuniones sociales las encontraba un colosal aburrimiento, claro, pensó, dejando el cepillo en el tocador y levantándose a coger su chal de cachemira, esa invitación, y la celebración que la motivaba, era la responsable del bajón en su ánimo. Iba a ser una cena de celebración, aun cuando todavía faltaba toda una semana para la fiesta de aniversario de bodas de los condes de Redfield.

Esta sería una celebración de un nuevo compromiso. El compromiso de la señorita Hunt con el marqués de Attingsborough.

Y era un autoengaño inmenso decirse que era una depresión «inexplicable» la que sentía.

Iba a ir a Alvesley, pues, a celebrar el compromiso de él. No le habría costado mucho presentar una excusa, suponía, pero había decidido que sería una cobardía no ir. Y nunca había estado en su naturaleza no enfrentarse a la realidad. Además, le hacía una inmensa ilusión ver a Susanna y a Anne.

Más o menos una hora después, cuando llegó a Alvesley con el grupo de Lindsey Hall, al instante quedó sumergida en el bullicioso alboroto de los saludos. Sólo pasado un momento se encontró atrapada en los brazos de una risueña Anne. Y de pronto se sintió muy contenta de haber venido.

– ¡Claudia! -exclamó esta-. Oh, qué maravilloso verte. Estás muy bien, y has tomado Londres por asalto, si he de creer a Susanna.

– Una buena exageración -contestó Claudia riendo-. Anne, estás maravillosa, pareces a reventar de buena salud. Pero tu cara no está bronceada por el sol, ¿verdad?

– Es el aire de mar. Sydnam lo atribuye también al aire «gales».

Él estaba al lado de Anne, así que Claudia le tendió la mano, recordando que tenía que ser la izquierda, pues él no tenía el brazo derecho. Él se la estrechó sonriendo, con su encantadora sonrisa sesgada, pues las quemaduras en el lado derecho de la cara le habían dañado los nervios de ese lado.

– Claudia, cuánto me alegra volver a verte -dijo.

Anne se cogió de su brazo y la miró con los ojos brillantes.

– Tenemos una noticia maravillosa -dijo-, y se la hemos contado a todos los que han querido escucharla. -Miró a su marido y se rió-. Es decir «yo» se la he contado a todo el mundo. Sydnam es muy modesto. En otoño va a tener tres de sus cuadros colgados en la Roy al Academy. ¿Has oído algo más fabuloso?

Sonó un gritito cerca, y la condesa de Rosthorn llegó corriendo hasta Sydnam y lo abrazó con fuerza.

– ¡Syd! -exclamó-. ¿Es cierto? Oh, qué feliz estoy, podría llorar. Y fíjate, estoy llorando. Tonta de mí. Sabía que lo conseguirías. Lo sabía. Gervase, ven aquí a oír esto, y tráeme un pañuelo, por favor.

El señor Butler había sido un pintor de talento antes de perder el brazo y el ojo derecho durante las guerras en la Península. Después se consagró a convertirse en administrador, pues consiguió persuadir al duque de Bewcastle de que le diera ese puesto en su propiedad de Gales. Pero poco después de su boda con Anne, hacía ya dos años, comenzó a pintar otra vez, alentado por ella, cogiendo el pincel con la mano izquierda y afirmándolo con la boca.

Claudia le cogió el brazo a Anne y se lo apretó.

– Qué feliz estoy por los dos, Anne. ¿Cómo está mi niño, David? ¿Y Megan?

David Jewell era hijo de Anne, nacido nueve años antes que ella conociera al señor Butler. Cuando Anne era profesora en la escuela, David vivía ahí también. Después que se marcharon, lo había echado casi tanto de menos como a Anne.

Pero apenas oyó su respuesta. Acababa de divisar al marqués de Attingsborough, que estaba conversando con la duquesa de Bewcastle y lady Hallmere. Todo él alto, imponente y apuesto. Estaba sonriendo y se veía muy feliz.

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