Parecía un desconocido, pensó. Aunque mientras estaba pensando eso los ojos de él captaron los suyos desde el otro lado del atiborrado vestíbulo, y volvió a ser el hombre que se le había hecho extrañamente querido durante el par de semanas de su estancia en Londres.
Venía abriéndose paso hacia ella, observó pasado un momento. Se alejó un poco de Anne para saludarlo.
– Señorita Martin -dijo él, tendiéndole la mano.
– Lord Attingsborough -dijo ella, poniendo la mano en la de él.
– ¿Cómo está Lizzie? -le preguntó, en voz baja.
Lo está pasando extraordinariamente bien. Ha hecho amigas y guirnaldas de margaritas. Y Horace ha demostrado que no tiene ni pizca de lealtad, pues me ha abandonado para convertirse en su sombra. El jefe de los mozos del duque le está haciendo un collar con una correa para que Lizzie se pueda coger de ella y el perro la guíe. Creo que el perro sabe que la niña necesita protección, y con un poco de entrenamiento aprenderá a ser valiosísimo para ella.
– ¿Guirnaldas de margaritas? -preguntó él, con las cejas arqueadas.
– Están bien dentro de sus capacidades. Sabe encontrar e identificar las margaritas por entre la hierba, y hacer guirnaldas con ellas es muy fácil. Va por ahí engalanada con guirnaldas y coronas.
Él sonrió.
– ¿Y amigas?
– Agnes Ryde, la más temible de mis alumnas, se ha asignado el papel de protectora, y Molly Wiggins y Doris Chalmers rivalizan por el puesto de su mejor amiga. Aunque creo que la competición ya está ganada por Molly, pues a ella se le ocurrió primero la idea y comparte una habitación con Lizzie. Se han hecho prácticamente inseparables.
Él le sonrió de oreja a oreja, pero antes que pudieran decir algo más apareció al lado de él la señorita Hunt, muy hermosa con su vestido rosa, y le cogió el brazo. Le sonrió, después de obsequiarla a ella con una seca y fría inclinación de la cabeza.
– Debes venir a hablar con el duque y la duquesa de Bewcastle -le dijo-. Están ahí, conversando con mis padres.
Él se inclinó ante Claudia y se alejó con su prometida.
Claudia se dio una buena sacudida para quitarse la depresión que se había cernido sobre ella todo el día. Era francamente degradante, por no decir estúpido, desear al hombre de otra. Entonces vio que Susanna, sonriéndole radiante, venía hacia ella por un lado mientras por el otro se acercaba Charlie, también con una acogedora sonrisa. Tenía todos los motivos del mundo para sentirse alegre.
Y lo estaba, de verdad.
Joseph se sentía bastante feliz en realidad. Lógicamente, su proposición de matrimonio había sido bien recibida por Balderston y por Portia. Lady Balderston se había mostrado extasiada.
La boda se iba a celebrar en otoño en Londres. Eso lo habían decidido entre lady Balderston y Portia. Era una lástima, según dijeron las dos, que no pudiera celebrarse en una época del año más apropiada, cuando estuviera toda la alta sociedad en la ciudad, pero sería demasiado esperar hasta la próxima primavera, sobre todo dada la salud no muy buena del duque de Anburey.
Desde ese momento, siempre que había estado a una distancia suficiente para escuchar algo, toda la conversación había versado sobre la lista de invitados, ropas para la novia y el viaje de novios.
Eso le renovaba la esperanza de que su matrimonio llegaría a ser bueno después de todo. Claro que con todo el ajetreo de los planes para la boda y después el traslado a Alvesley, le había sido imposible pasar un sólo momento a solas con su prometida, pero seguro que esa situación se corregiría una vez que acabara la celebración de esa noche. Y no podía negar que encontraba muy agradable ver a casi todos sus familiares reunidos ahí para la ocasión, entre ellos sus padres, que habían venido de Bath. Lord y lady Balderston también habían venido, aunque se marcharían al día siguiente, antes de que comenzaran en serio las fiestas de celebración del aniversario de bodas de los anfitriones.
Como dictaminaban los buenos modales, Portia no continuó a su lado después de la cena. Estaba bebiendo su té en compañía de Neville, Lily y McLeith. Nev le había hecho una seña invitándola, lo que lo sorprendió bastante. Sabía que ni a él ni a Lily les caía bien todavía. Tal vez eso fuera un esfuerzo por parte de ellos para conocerla mejor.
Sólo una cosa se cernía sobre su ánimo, deprimiéndolo; bueno, dos, si tomaba en cuenta la presencia de la señorita Martin, a la que le había cobrado demasiado afecto cuando estaban los dos en Londres. Echaba terriblemente de menos a Lizzie. La niña se encontraba tentadoramente cerca en Lindsey Hall, haciendo amigas y guirnaldas de margaritas y seguida por el border collie como una sombra. Deseaba estar con ella, acostarla, leerle un cuento. Pero la sociedad decretaba que los hijos ilegítimos de un hombre no sólo deben mantenerse lejos de la familia, sino también en secreto.
– Estás con la cabeza en otra parte, Joseph -le dijo Gwen, la lady Muir viuda, sentándose a su lado.
– ¿Quién le otorga poder a la sociedad, Gwen? -le preguntó.
– Interesante pregunta -dijo ella sonriéndole-. La sociedad está formada por personas, sin embargo eso le da una entidad colectiva propia, ¿verdad? ¿Quién le otorga su poder? No lo sé. ¿La historia tal vez? ¿La costumbre? ¿Una combinación de ambas cosas?
¿O el miedo colectivo a que si relajamos cualquiera de nuestras reglas estrictas nos veamos pisoteados por las clases inferiores? El espectro de lo que ocurrió en Francia aún se cierne como una gran amenaza, supongo. Aunque todo eso es ridículo. Por eso me mantengo alejada de la sociedad todo lo posible. ¿Tienes algún problema en particular con ella?
Él estuvo a punto de confiarse a ella. ¿Qué diría si le contara lo de Lizzie como se lo contó a su hermano hacía ya tanto tiempo? Estaba casi convencido de que ella no se escandalizaría ni sería poco comprensiva. Era su prima y su amiga, pero claro, también era una dama. Contestó a su pregunta con otra:
– ¿Alguna vez has deseado irte a vivir al último rincón del mundo para comenzar una nueva vida, donde nadie te conozca ni estés sujeta a ninguna expectativa?
– Ah, por supuesto, pero dudo muy seriamente que exista ese rincón. -Le tocó la mano y continuó en voz baja-: ¿Lamentas esto, Joseph? ¿El tío Webster te obligó a meterte en ello?
– ¿Mi compromiso? -Se rió-. No, claro que no. Portia será una duquesa admirable.
– ¿Y una esposa admirable también? -Lo miró atentamente-. No sabes cuánto deseo verte feliz, Joseph. Siempre has sido mi primo favorito, lo confieso. Y al decir primo, quiero decir primo, puesto que no puedo decir que te haya querido más que a Lauren. Pero claro, Lauren y yo nos criamos más como hermanas que como primas.
Como si la mención de su nombre la hubiera llamado, llegó Lauren a reunirse con ellos, acompañada por la señorita Martin. Pasados unos minutos de conversación, Lauren dijo:
– Gwen, ¿me acompañas, por favor, al salón comedor un momentito? Hay una cosa en la que necesito tu opinión.
Cuando se marcharon, Joseph vio que Neville y Lily estaban saliendo del salón por las puertas cristaleras, llevando con ellos a Portia y a McLeith, al parecer para hacer una caminata al aire libre.
Y así se quedaron prácticamente solos otra vez, él y la señorita Martin. Ella llevaba el vestido azul oscuro que le había visto más de una vez en Londres, y el pelo recogido con la misma severidad de siempre. Volvía a parecer una maestra de escuela, toda su apariencia extraordinariamente sencilla, en contraste con todas las otras damas. Pero él ya no la veía con los ojos de antes. Veía solamente su firmeza de carácter, su bondad, su inteligencia, su… sí, su «pasión» por la vida, cosas que la habían hecho ante sus ojos tan atractiva.
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