Lo encontró en el salón de mañana, abajo, conversando con el duque de Bewcastle y lord Aidan. Estos dos salieron al poco rato.
Fue a sentarse. Charlie no lo hizo, sino que fue hasta la ventana y se quedó ahí mirando hacia fuera, con las manos cogidas a la espalda, dándose golpecitos.
– Desde que me obligaste a recordar -dijo-, se han abierto las compuertas de mi memoria, Claudia. No sólo he recordado los «hechos», que son relativamente fáciles de olvidar, sino también los «sentimientos», que no se pueden olvidar nunca, sólo se pueden reprimir. Esta última semana no he hecho otra cosa que recordar lo atrozmente desgraciado que fui cuando te dejé y lo totalmente incapaz que me sentía de volverte a mirar a la cara cuando me vi obligado a casarme con otra. De verdad no tenía otra opción, lo sabes. Tenía que casarme…
– Con una mujer de tu mundo -interrumpió ella-. Una mujer que no te avergonzara o te dejara en ridículo con la inferioridad de su nacimiento y sus modales.
Él giró la cabeza hacia ella.
– Eso no. Nunca pensé esas cosas de ti, Claudia.
– ¿No? ¿Fue otra persona la que imitó tu letra para escribirme esa última carta, entonces?
– Yo no escribí esas cosas -protestó él.
– Decías que lamentabas ser tan franco conmigo, pero que, en realidad, no deberían haberte llevado a vivir con mi padre y conmigo, puesto que siempre estaba la posibilidad de que heredaras un ducado algún día. Que deberían haberte dado un hogar y una educación más apropiados para tu posición. Que haber vivido con nosotros todos esos años te ponía en una situación incómoda con tus iguales. Debo comprender por qué consideraste necesario romper toda conexión conmigo. Eras un «duque». Decías que no debían verte relacionado tan íntimamente con personas inferiores que no eran dignas de tu atención. Te ibas a casar con lady Mona Chesterton, que era todo lo que debía ser una duquesa y tu esposa.
Él estaba pálido y horrorizado.
– ¡Claudia! Yo no escribí esas cosas.
– Entonces me gustaría saber quién las escribió. Perder a un ser amado es una de las peores cosas que le puede suceder a alguien, Charlie. Pero ser rechazada por ser inferior, y verse despreciada porque simplemente no vale nada… Me llevó años recuperar el respeto por mí misma, mi seguridad en mí misma. Y reunir las partes de mi corazón destrozado y armarlas. ¿Te extraña que no me sintiera encantada cuando volví a verte en Londres hace unas semanas?
– ¡Claudia! -Se pasó la mano por el pelo algo ralo-. ¿Dios mío? Debo de haber estado tan desquiciado que no sabía lo que pensaba.
Ella no le creyó ni por un instante. Ser «duque» se le había subido a la cabeza. Lo convirtió en un engreído, en un arrogante y en cualquier cantidad de otras cosas repugnantes de las que ella jamás lo habría imaginado capaz.
Él se sentó en un sillón cerca de la ventana y la miró.
– Perdóname -dijo-. Dios mío, Claudia, perdóname. Fui mucho más burro de lo que recuerdo. Pero tú te recuperaste. Te recuperaste magníficamente bien en realidad.
– ¿Sí?
– Demostraste que eras la persona fuerte que siempre supe que eras. Y yo he cumplido mi deber para con el poder, el que sea, que decretó que me arrancaran de mi vida conocida, dos veces, una cuando tenía cinco años y la otra cuando tenía dieciocho, y me arrojaran a una totalmente desconocida. Pero ya no existe ningún motivo que nos impida volver a donde estábamos cuando yo tenía dieciocho y tú diecisiete, ¿verdad?
¿Qué quería decir? ¿Volver a «qué»?
– Tengo una vida que entraña responsabilidad hacia otras personas -dijo-. Tengo mi escuela. Y tú tienes obligaciones y deberes para con otros que sólo tú puedes cumplir. Tienes a tu hijo.
– No hay ningún obstáculo que no se pueda superar. Hemos estado separados dieciocho años, Claudia, la mitad de mi vida. ¿Y vamos a continuar estándolo el resto de nuestras vidas sólo porque tú tienes una escuela y yo tengo un hijo, que, por cierto, ya es casi un adulto? ¿O te casarás conmigo por fin?
Cuando Claudia recordó aquellas palabras después, tenía la impresión de que la mandíbula se le quedó colgando.
Si lo hubiera visto venir, pensó, si hubiera creído a Eleanor, tal vez habría estado preparada. Por eso, lo que hizo fue mirarlo como una estúpida, quedándose muda.
Él atravesó la sala, se inclinó sobre ella y le cogió las dos manos.
– Recuerda cómo éramos juntos, Claudia. Recuerda cómo nos amábamos, con ese tipo de pasión absorbente a la que los muy jóvenes no le tienen miedo. Recuerda cómo hicimos el amor sobre esa colina, la única vez en mi vida, seguro, que he hecho verdaderamente el amor. Ha pasado mucho tiempo, un tiempo agobiante, pero no es demasiado tarde para nosotros. Cásate conmigo, mi amor, y te compensaré por esa carta y por los dieciocho años de vacío en tu vida.
– Mi vida no ha estado vacía, Charlie.
Aunque sí lo había sido, al menos en cierto modo.
Él la miró a los ojos.
– Dime que no me amabas. Dime que no me amas.
– Te amaba -dijo ella, cerrando los ojos-. Sabes que te amaba.
– Y me amas.
Ella se sintió tremendamente disgustada, al recordar ese amor, su consumación física, el angustioso año de separación y su cruel y brusco final. No era posible volver atrás, olvidar que cuando todavía era un niño fue capaz de destrozar a la única persona a la que decía amar más que a su vida.
Además, era demasiado tarde para él.
No era el hombre al que amaba.
– Charlie, los dos hemos cambiado en dieciocho años -dijo-. Somos personas diferentes.
– Sí, yo tengo menos pelo y tú eres una mujer, no una niña. Pero ¿en el corazón, Claudia? ¿No somos los mismos que fuimos, los mismos que seremos siempre? No te has casado, aun cuando tenías muchísimos aspirantes a pretendientes, ya antes de que yo me marchara. Eso me dice algo. Y he reconocido ante ti que nunca fui feliz con Mona, aun cuando rara vez le fui infiel.
¿Rara vez? ¡Ooh, Charlie!
– No puedo casarme contigo -dijo, inclinándose un poco hacia él-. Si nos hubiéramos casado entonces, habríamos crecido juntos y creo que podría haberte amado toda mi vida. Pero no nos casamos.
– ¿Y el amor se muere? ¿Alguna vez me amaste de verdad, entonces?
Ella sintió una oleada de rabia. ¿La había amado él de verdad?
– Algunas formas de amor mueren. Si no se las alimenta, mueren. Me has llegado a caer bien otra vez desde que nos encontramos en Londres, como el amigo que fuiste en nuestra infancia.
Él tenía apretadas las mandíbulas, duras, como se le ponían cuando estaba enfadado o fastidiado, recordaba.
– He hablado demasiado pronto -dijo él-. He de confesar que la violencia de mis sentimientos me ha sorprendido incluso a mí. Te daré tiempo para que me des alcance. No digas un no rotundo hoy. Ya lo has dicho, pero olvidémoslo. Dame tiempo para cortejarte y hacerte olvidar lo que te escribí aquella vez.
Le apretó las manos y se las soltó.
– Buen Dios, Charlie, mírame. Soy una maestra de escuela solterona de treinta y cinco años.
Él sonrió.
– Eres Claudia Martin, esa chica osada y vital a la que amé, disfrazada de maestra de escuela solterona. «¡Qué divertido!» habrías dicho si hubieras podido mirar hacia delante.
Si hubiera podido mirar hacia delante se habría sentido horrorizada.
– No es un disfraz -le dijo.
– Permíteme que discrepe. Ahora será mejor que me vaya. Me esperan en Alvesley para el almuerzo. Pero volveré, si me lo permites.
Después que él se marchó, Claudia se miró las manos juntas en el regazo. Qué extraña podía ser la vida. Durante años y años su escuela había sido todo su mundo, ya suprimidos todos los pensamientos de amor, romance y matrimonio. Sin embargo, tomó la decisión aparentemente sencilla de acompañar a Londres a Edna y Flora para poder hablar personalmente con el señor Hatchard, y eso había cambiado todo su mundo, todo su «universo».
Читать дальше