– ¡Buen Dios! -exclamó él, levantándose también y situándose detrás de ella, cerca-. ¿Crees que te he besado porque te tengo lástima? Te he besado porque…
– ¡No! -exclamó ella, girándose y levantando una mano abierta-. No lo diga. Por favor no lo diga, ni aunque sea en serio. Sea en serio o no, no soportaría oírlo dicho en voz alta.
– Claudia…
– Señorita Martin para usted, lord Attingsborough -dijo ella, alzando el mentón, muy parecida a la maestra de escuela otra vez, a pesar de su apariencia, toda despeinada-. Olvidaremos lo ocurrido aquí y lo que ocurrió en Vauxhall y en el baile de los Kingston. Olvidaremos.
– ¿Olvidaremos? -dijo él-. Lo siento, lamento haberte causado este trastorno. Es imperdonable.
– No le culpo. Soy lo bastante mayor para saber qué debo y qué no debo hacer. Nunca lograré convencerme de que caí presa de los encantos de un libertino experimentado, aunque eso fue lo que supuse que era usted cuando le vi por primera vez. Usted es un caballero al que admiro. Eso ha sido todo el problema, supongo. Y estoy parloteando. Volvamos, porque si no, todos, y la señorita Hunt en particular, pensarán que me propongo hacer algo.
Y, sin embargo, pensó él mientras iban caminando de vuelta a la extensión de césped, no podían estar a más de unos minutos detrás de las niñas.
Minutos que habían hecho un daño infinito a la vida de ambos. Él ya no podía fingir que no la amaba. Y ella ya no podía fingir que no lo amaba.
Y ya no podían fiarse de estar a solas.
Sintió esa pérdida como un fuerte puñetazo en el estómago.
Una vez que estuvieron de vuelta de la visita a Lindsey Hall, Joseph y Portia se fueron a sentar en el jardín de flores del lado este de la casa. Y ya llevaban un rato ahí. Él se sentía mortalmente deprimido. En primer lugar, había pasado muy poco tiempo con Lizzie, y el engaño, aunque a ella parecía divertirla, a él le había resultado muy desagradable. En segundo lugar, ahora sabía que él y Claudia Martin debían mantenerse alejados; ya no podría gozar ni siquiera de su amistad.
Y en tercer lugar, hasta el momento no había descubierto ni una pizca de simpatía, compasión, generosidad ni pasión debajo de la apariencia hermosa, majestuosa y perfecta que presentaba Portia al mundo. Y lo había intentado.
– «Me alegra que te guste cabalgar -le dijo cuando volvían a Alvesley-. Es una de mis actividades favoritas. Será algo que podremos hacer juntos.»
– «Ah -contestó ella-, no esperaré que estés conmigo todo el día cuando estemos casados, tal como yo no estaré pendiente de estar contigo. Los dos tendremos nuestros deberes y nuestros placeres para mantenernos ocupados.»
– «¿Y no podemos encontrar esos placeres en compañía mutua?»
– «Cuando sea necesario. Recibiremos muchos invitados, lógicamente, sobre todo cuando te conviertas en el duque de Anburey.»
Y él insistió.
– «Pero, ¿placeres nuestros privados, a solas? ¿Caminar juntos, cenar juntos o sentarnos a leer o a conversar juntos? ¿No habrá tiempo para esas cosas también? ¿No buscaremos tiempo para ellas?»
No mencionó la idea de hacer el amor como otro placer privado en el que podrían complacerse una vez que estuvieran casados.
– «Me imagino que tú serás un hombre muy ocupado. Y no me cabe duda de que yo estaré ocupada con todos los deberes de ser la marquesa de Attingsborough y después la duquesa de Anburey. No esperaré que te sientas obligado a divertirme.»
Él prefirió no seguir con ese tema de conversación.
Y volvió a intentarlo, cuando ya estaban sentados en el jardín, sólo hacía unos minutos.
– «Escucha -dijo, levantando una mano-. ¿Has pensado en lo mucho que nos perderíamos de la vida estando constantemente ocupados? Escucha, Portia.»
Al fondo del jardín pasaba un riachuelo y había un rústico puente para cruzarlo, y más allá se veían las boscosas colinas. Y claro, ahí los pájaros estaban tan ocupados en sus cánticos de verano como lo estaban en Richmond Park. También se oía el murmullo del agua del riachuelo. Y sentía el calor del aire de verano, así como el perfume de las flores, los sonidos del agua.
Ella guardó un educado silencio un buen rato.
– «Pero es estando ocupados -dijo al fin- como demostramos que somos dignos de nuestra humanidad. Hay que evitar la ociosidad, incluso despreciarla. Nos rebaja al nivel del mundo animal.»
– «¿Como el perro de Lizzie Pickford sentado cerca del mayo esperando para llevarla sin riesgo a donde sea que ella quiera ir?», preguntó él, sonriendo.
Fue un error mencionar a ese animal en concreto.
– «A esa niña no deberían haberla recompensado por ser tan atrevida estando en compañía de sus superiores. La ceguera no es disculpa. Fuiste muy amable al caminar con ella hasta el lago, y la duquesa de Bewcastle encomió tu amabilidad, pero me imagino que debió extrañarle tu falta de discriminación.»
– «¿Discriminación?»
– «Su hijo, el marqués de Lindsey, estaba fuera con ella, como también los hijos del marqués de Hallmere, del conde de Rosthorn y de lord Aidan Bedwyn. Tal vez habría sido más correcto dedicar tu atención a uno de ellos.»
– «Ninguno de ellos me pidió que lo acompañara. Y ninguno de ellos es ciego.»
Y ninguno de ellos era hijo suyo.
– «La duquesa de Bewcastle es una dama muy amable. Aunque no puedo dejar de pensar si el duque no lamentará haberse rebajado a casarse con ella. Era profesora en una escuela de aldea. Su padre fue profesor durante un tiempo. Su hermana enseña en la escuela de la señorita Martin en Bath. Y ahora tiene a todas esas niñas indigentes alojadas en Lindsey Hall y habla de ellas como si le dieran tanto placer como los hijos de los familiares del duque. Esas niñas no deberían estar aquí. Por su propio bien, no deberían.»
– «¿Por su propio bien?»
– «Necesitan aprender cuál es su lugar, su posición en la vida. Deben aprender las distinciones entre ellas y sus superiores. Deben aprender que no están en su casa en lugares como Lindsey Hall. Es muy cruel en realidad permitirles que pasen unas vacaciones ahí.»
– «Entonces, ¿deberían quedarse en la escuela, ocupadas con remiendos y zurcidos y alimentadas con pan y agua?»
– «No es eso lo que quiero decir. Me imagino que debes de estar de acuerdo conmigo en que esas niñas no deberían estar en una escuela con otras alumnas que pagan. Esas otras sólo son hijas de comerciantes, abogados y médicos, supongo, pero aún así son de clase media, no baja, y hay una clara distinción.»
– «¿No desearías, entonces, que tus hijas fueran a esa escuela?»
Ella giró la cabeza para mirarlo y se rió. Parecía verdaderamente divertida.
– «Nuestras hijas se educarán en casa, como sin duda esperas.»
– «¿Por una institutriz que podría haberse educado en la escuela de la señorita Martin o una similar?»
– «Por supuesto. Por una criada.»
Y así fue como, sólo un rato después, durante otro silencio, Joseph sintió que le bajaba el ánimo hasta las suelas de sus botas de montar, que todavía llevaba puestas. No había ninguna esperanza, ningún rayo de luz en lontananza. Debería haber insistido en que hubiera un periodo decente de galanteo antes de comprometerse a proponerle matrimonio. Debería…
Pero esos pensamientos no tenían ningún sentido, no servían a ninguna finalidad. La cruda realidad era que estaba comprometido con Portia Hunt. Estaba tan atado a ella como si ya se hubieran celebrado las nupcias.
De la terraza, que quedaba atrás, llegó el sonido de voces femeninas conversando alegremente, y un momento después entraron en el jardín Lauren, Gwen, Lily y Anne Butler.
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