Mary Balogh - Simplemente Perfecto

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Alto, moreno y exquisitamente sensual, él es la personificación de la perfección masculina. No es que Claudia Martin esté buscando un amante. Ni un esposo. Como propietaria y directora de la academia de la señorita Martin en Bath, hace mucho que se resignó a vivir sin amor. Hasta que Joseph, marqués de Attingsborough, llega sin previo aviso y la tienta a arrojar por la borda toda una vida de decencia por una aventura que sólo puede conducirle a la ruina.
Joseph tiene sus propias razones para buscar a Claudia. Inmediata e irresistiblemente atraído por la delicada profesora, se embarca en un plan de seducción que los llevará a ambos a anhelar algo más. Pero, como heredero de un prestigioso ducado, se espera que Joseph continúe con el legado de la familia. Y Claudia sabe que no hay lugar para ella en su mundo.
Ahora, dicho mundo está a punto de verse sacudido por el escándalo. Un matrimonio concertado, un secreto que conmocionará a la sociedad y un hombre proveniente del pasado de Claudia, conspiran para separar a los amantes. Pero Joseph está decidido a hacer suya a Claudia a toda costa. Aunque ello signifique desafiar toda convención y romper toda regla por un amor que representa todo cuanto siempre ha deseado; un amor que es perfecto tal como es…

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– ¿Está feliz por haber vuelto a ver a sus alumnas? -le preguntó.

– Sí. Es con ellas con quienes me siento a gusto.

– Yo deseo verlas. Deseo ver a Lizzie.

– Y ella desea verle. Sabe que está aquí, no muy lejos de ella. Al mismo tiempo, está convencida de que ya no les caerá bien a las niñas si saben que tiene un padre, y uno tan rico. Me ha dicho que si va, fingirá que no le conoce. Cree que sería un juego muy divertido.

Y claro, eso convenía admirablemente a sus fines, pensó él. Pero lo entristecía pensar que, por motivos diferentes, debieran ocultar su parentesco ante los demás.

La señorita Martin le tocó la mano, tal como hiciera Gwen unos minutos antes.

– De verdad que está muy feliz -le dijo-. Considera estas semanas una aventura maravillosa, aunque anoche me dijo que todavía no desea ir a la escuela, que desea volver a casa.

Él se sintió extrañamente consolado por eso; extraño, pues sería mucho más conveniente para él que ella se marchara a la escuela.

– Quizá cambie de opinión -dijo ella.

– ¿Es educable, entonces?

– Creo que sí, y Eleanor Thompson está de acuerdo conmigo. Nos va a hacer falta inventiva, lógicamente, para introducirla en nuestra rutina con tareas que sean valiosas, interesantes y posibles para ella, pero nunca hemos rechazado un reto factible.

– ¿Qué satisfacción personal obtiene de su vida? -preguntó él, acercándosele.

Al instante deseó ardientemente no haberle hecho esa pregunta tan impulsiva e impertinente.

– En mi vida hay muchas personas, lord Attingsborough, a las que puedo amar de modos abstracto, emocional y práctico. No todo el mundo puede decir lo mismo.

Esa no era una buena respuesta.

– Pero ¿no necesita una persona especial?

– ¿Como Lizzie para usted?

No era eso lo que había querido decir él. Ni siquiera Lizzie era suficiente. Ah, sí que lo era, sí, pero… Pero no para ese centro profundo de él que ansiaba una compañera, una igual, una pareja sexual. En ese momento olvidó totalmente que ya existía esa persona en su vida; que tenía una prometida.

– Sí -dijo.

– Pero no es eso lo que ha querido decir, ¿verdad? -Dijo ella, escrutándole los ojos-. No todos estamos destinados a encontrar a esa persona especial, lord Attingsborough. O si lo estamos, a veces el destino nos hace perder a esa persona. Y ¿qué hacemos cuando ocurre eso? ¿Quedarnos sentados llorando y sintiéndonos desgraciados todo el resto de nuestra vida? ¿O buscar a otras personas para amar, a otras personas que se beneficien del amor que brota constantemente de nuestro interior si no le impedimos a posta que mane?

Él se apoyó en el respaldo del sillón, sin dejar de mirarla. Ah, sí que tenía a esa persona especial en su vida, aunque sólo en su periferia, y siempre continuaría ahí. Ella había llegado demasiado tarde. Pero, en realidad, nunca habría llegado en el momento oportuno, ¿verdad? La señorita Martin no pertenecía a su mundo, ni él al suyo.

– Yo elijo amar a los demás -dijo ella-. Quiero a todas mis niñas, incluso a aquellas que inspiran menos amor. Y, créame -sonrió-, hay muchísimas de esas.

Pero reconocía lo que él siempre había sospechado y percibido en ella: era una mujer esencialmente solitaria. Tal como él era un hombre esencialmente solitario, incluso esa noche, en que estaba reunido un numeroso grupo de parientes y amistades para celebrar su compromiso y él se había convencido de que se sentía feliz.

Iba a tener que compensar de eso a Portia. Iba a tener que amarla con toda la fuerza de su voluntad.

– Debo tratar de emularla, señorita Martin -dijo.

– Tal vez es suficiente con que ame a Lizzie.

Ah, entonces lo sabía. O al menos sabía que él no amaba a Portia como debía.

– Pero ¿es suficiente que no la reconozca públicamente?

Ella ladeó ligeramente la cabeza y lo pensó, reacción característica de ella cuando otras personas se habrían precipitado a dar una respuesta fácil.

– Sé que se siente culpable por eso -dijo ella al fin-, y tal vez con buen motivo. Pero no por el motivo que usted teme. Usted «no» se avergüenza de ella. Le he visto con ella y puedo asegurárselo. Pero está atrapado entre dos mundos, el que ha heredado y al que está firmemente comprometido porque es el heredero de un ducado, y el que se forjó usted cuando engendró a Lizzie con su amante. Los dos mundos son importantes para usted: el uno porque lo obliga el deber, el otro porque está enredado en el amor. Y esos dos mundos tirarán siempre de usted.

– Siempre -repitió él, sonriéndole tristemente.

– Sí, el deber y el amor. Pero especialmente el amor.

Estaba a punto de alargar la mano para coger la de ella cuando llegaron Portfrey y Elizabeth a reunírseles. Elizabeth quería saber lo de la niña ciega que había oído decir que ella había traído a Lindsey Hall.

La señorita Martin les habló de Lizzie.

– Qué valiente y admirable es usted, señorita Martin -dijo Elizabeth-. Me encantaría conocerla, y a todas sus otras alumnas de no pago también. ¿Podría? ¿O parecería una intrusión, como si yo las considerara simplemente un mero entretenimiento? Con Lyndon hemos ampliado la escuela en casa para que asistan todas las niñas de la localidad que puedan, pero he estado jugando con la idea de hacerla también una escuela internado, para alojar a las niñas que viven lejos.

– Creo que las niñas estarán encantadas de conocerla -dijo la señorita Martin.

– Acabo de persuadir a la señorita Martin de que me permita ir a mí -dijo Joseph-. Conocí a dos de sus ex alumnas cuando las acompañé a Londres hace unas semanas, y ahora están en Lindsey Hall, las dos como institutrices, una de los hijos de Hallmere y la otra de los hijos de Aidan Bedwyn.

– Ah -dijo Elizabeth-, entonces iremos juntos, Joseph. ¿Le vendrá bien mañana por la tarde, señorita Martin, si el tiempo lo permite?

Todo quedó arreglado. Así de sencillo. Vería a Lizzie al día siguiente.

Volvería a ver a la señorita Martin.

Vio entrar a Lily y Neville por las puertas cristaleras. Portia y McLeith continuaban fuera.

Cuando ella volviera, pensó, tendría que pasar el resto de la velada a su lado, y tal vez conversar en privado si era posible. La iba a amar, por Júpiter, aun cuando nunca se enamorara de ella. Se lo debía.

La señorita Martin se levantó, le deseó las buenas noches y fue a reunirse con los Butler y los Whitleaf. Y muy pronto estuvo radiante de animación.

CAPÍTULO 15

Algunas de las niñas mayores habían salido a caminar. Una de las menores estaba tocando con mucha aplicación la espineta del aula de Lindsey Hall. Otra se encontraba sentada con las piernas recogidas en el asiento de la ventana leyendo en silencio. Una tercera estaba bordando una enorme margarita en la esquina de un pañuelo de algodón. Molly leía Robinson Crusoe en voz alta y Becky, la hija mayor de lady Aidan, la escuchaba atentamente, embelesada. Claudia le estaba enseñando a hacer punto a Lizzie; había urdido veinte puntos y hecho cuatro hileras para que comenzara. El collie estaba echado a los pies de las dos, con la cabeza apoyada en las patas y los ojos mirando hacia arriba.

Claudia oyó abrirse la puerta y miró. Era Eleanor, que había estado tomando un desayuno largo con la duquesa.

– Señorita Martin -dijo-, el duque de McLeith ha venido de Alvesley otra vez y desea verte. Mientras tanto, yo me quedaré con las niñas. Ah, Lizzie está aprendiendo a hacer punto. Déjame ver si puedo ayudarla. Y disculpa, Molly, he interrumpido tu lectura. Continúa, por favor.

Entonces le hizo un guiño a ella. Después de la última visita de Charlie, habían mantenido una larga conversación. Eleanor estaba convencida de que el interés de él era algo más que fraternal.

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