Joseph se había quedado sentado mirando. Casi nunca había tenido tiempo libre para observar a su hija. Cuando la visitaba, normalmente él era el centro de toda la atención de ella. Ese día tenía a la señorita Martin y al perro, y aunque lo llamaba con frecuencia para que se fijara en algo, se veía claramente que lo estaba pasando muy bien con sus acompañantes.
¿Así podría haber sido su vida familiar, pensó, si hubiera estado libre para casarse joven, cuando conoció a Barbara y se enamoró de ella? ¿Se habría sentido tan feliz con su esposa y sus hijos como se sentía observando a la señorita Martin y a Lizzie? ¿Habría sentido esa satisfacción, esa dicha?
Ellas estaban inclinadas sobre un pensamiento, con las cabezas tocándose, el brazo de la señorita Martin rodeándole la cintura a Lizzie y el de Lizzie sobre los hombros de la señorita Martin. El perro dio unos ladridos cerca de ellas y luego echó a correr persiguiendo a una mariposa.
Buen Dios, pensó de repente. Condenación, seguir con esos pensamientos no le haría ningún bien. Era exactamente lo que había resuelto no hacer esa tarde.
Tendría su vida familiar. La esposa y madre no serían ni Barbara ni la señorita Martin, y ninguno de sus hijos sería Lizzie. Pero la tendría. Comenzaría a cortejar en serio a Portia Hunt esa misma noche. Por la mañana iría a visitar a Balderston y después haría su proposición formal. Seguro que ella se relajaría más cuando estuvieran comprometidos oficialmente. Seguro que ella debía desear algo de afecto, calor, cierta intimidad familiar en su matrimonio también. Sí, seguro que sí.
Llegó la señora Smart con la bandeja del té, interrumpiendo sus pensamientos, y las damas fueron a sentarse a la mesa. La señorita Martin lo sirvió.
– Lizzie -dijo, después de distribuir las tazas y los pasteles-, quiero verte tomar más aire fresco durante el verano. Lo pasaste bien la tarde en Richmond Park, ¿verdad? Me gustaría verte caminar, correr y saltar otra vez, y encontrar más flores y plantas que aún no conoces. Quisiera llevarte conmigo al campo a pasar unas semanas.
Lizzie, que estaba sentada al lado de su padre, lo buscó a tientas con la mano libre. Él se la cogió.
– No deseo ir a la escuela, papá -dijo.
– No se trata de una escuela -le explicó la señorita Martin-. Una de mis profesoras, la señorita Thompson, va a llevar a diez niñas de la escuela a pasar unas semanas en Lindsey Hall, en Hampshire. Es una mansión grande en el campo rodeada por un inmenso parque. Van a ir a pasar unas vacaciones ahí, y yo iré también. Algunas de mis niñas, verás, no tienen padres ni hogar, así que deben quedarse con nosotras durante las vacaciones. Intentamos que pasen bien sus vacaciones con muchísimas actividades y mucha diversión. Pensé que podría gustarte venir conmigo.
– ¿Tú vas a ir papá?
– Iré a una casa cercana a pasar unas semanas -contestó él-. Podré ir a verte.
– ¿Y quién me va a llevar?
– Yo -dijo la señorita Martin.
Él miró atentamente a Lizzie. Había desaparecido de sus mejillas el poco color que le había producido la hora al aire libre.
– Tengo miedo -dijo ella.
Él le apretó más la mano.
– No tienes por qué ir. No tienes por qué ir a ninguna parte. Yo buscaré a alguien que viva aquí y sea tu acompañante, una persona que te caiga bien y que sea amable contigo.
Tal vez la señorita Martin manifestaría su desacuerdo con él. Tal vez opinaría que él debía insistir en que su hija encontrara sus alas, que debería obligarla a abandonar el nido, por así decirlo. Pero ella no dijo nada, y, en realidad, le había dicho todo lo contrario, ¿no? Le había dicho que Lizzie debía decidirlo ella sola.
– Esas niñas me odiarían -dijo Lizzie.
– ¿Por qué iban a odiarte?
– Porque tengo hogar y un papá.
– No creo que te odien por eso.
– Yo no diría que tengo un papá -dijo entonces Lizzie, alegrando la cara-. Simularía que soy igual que ellas.
Y eso era exactamente lo que la señorita Martin le había dicho a la duquesa de Bewcastle al describirle a Lizzie, que era una niña desamparada recomendada por su agente en Londres. ¿Y él no iba a protestar? ¿Se avergonzaba de ella, entonces? ¿O simplemente se doblegaba ante lo que la sociedad esperaba de un caballero?
– ¿Y harían cosas conmigo? -Preguntó la niña, volviendo la cara hacia la señorita Martin-. ¿Me considerarían una molestia?
Nuevamente Joseph tuvo que admirar su sinceridad. No se precipitó a negarlo.
– Eso tendremos que descubrirlo -dijo-. Serán educadas, por supuesto. En mi escuela aprenden buenos modales. Pero de ti dependerá hacer amigas.
– Pero es que nunca he tenido amigas.
– Entonces esta será tu oportunidad para tener algunas -contestó la señorita Martin.
– ¿Y volvería aquí después de esas semanas?
– Si quieres.
Lizzie se quedó muy quieta, ya sin tocarlo a él. Se pasaba las manos por la falda, lo que indicaba que estaba nerviosa. También se mecía hacia delante y hacia atrás, como hacía a veces cuando estaba muy preocupada. Se le agitaban los párpados y sus ojos se movían debajo. También movía los labios, en silencio.
Joseph resistió el deseo de cogerla en sus brazos.
– Pero tengo mucho miedo -repitió la niña.
– Entonces te quedarás aquí -dijo él firmemente-. Comenzaré inmediatamente a buscarte una acompañante.
– No he querido decir que no voy a ir, papá, sólo que tengo miedo.
Continuó meciéndose y pasándose las manos por la falda, mientras la señorita Martin no decía nada y él se sentía resentido con ella, sin ninguna justificación, por supuesto.
– Lo he aprendido todo sobre la valentía en algunas de las historias que me has contado, papá -dijo Lizzie al fin-. Uno sólo puede demostrar valor cuando tiene miedo. Si no se siente miedo, no hay ninguna necesidad de valentía.
– ¿Y siempre has deseado hacer algo valiente, Lizzie? -le preguntó la señorita Martin-. ¿Como la Amanda de tu historia, cuando podría haberse escapado antes del bosque si no se hubiera detenido a rescatar al perro de la trampa para conejos?
– Pero no sólo para luchar contra las brujas y el mal, ¿verdad? -dijo Lizzie.
– También para entrar en lo desconocido -dijo Claudia-, cuando es más fácil aferrarse a lo que es conocido y seguro.
– Entonces creo que seré valiente -dijo Lizzie, pasado otro corto momento de silencio-. ¿Te sentirás orgulloso de mí, papá, si lo soy?
– Siempre estoy orgulloso de ti, cariño -dijo él-, pero sí, me sentiría especialmente orgulloso si fueras tan valiente como para ir. Y sería muy feliz si resultara que lo pasas tan bien allí como creo que lo pasarás.
– Entonces iré -dijo ella, decidida, y al instante dejó de mecerse-. Iré, señorita Martin.
Y acto seguido se giró a cogerse del brazo de él, se subió a su regazo, abrazándolo, y escondió la cara.
Él la abrazó, echó atrás la cabeza y cerró los ojos. Tuvo que tragar saliva, pues se sentía ridículamente a punto de echarse a llorar. Cuando abrió los ojos vio que la señorita Martin los estaba mirando muy seria, nuevamente en su postura de disciplinada profesora, o como su muy querida amiga.
Sin pensarlo, alargó el brazo sobre la mesa. Después de mirarle la mano un momento, ella puso la suya encima.
Ah, la vida es amargamente irónica a veces, pensó. De nuevo se sentía como si hubiera encontrado una familia donde no podía haber ninguna, justo cuando estaba obligado por el honor a proponerle matrimonio a una mujer que nunca deseaba que la besaran.
Cerró la mano sobre la de la señorita Martin y se la apretó fuertemente.
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