Mary Balogh - Simplemente Perfecto

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Alto, moreno y exquisitamente sensual, él es la personificación de la perfección masculina. No es que Claudia Martin esté buscando un amante. Ni un esposo. Como propietaria y directora de la academia de la señorita Martin en Bath, hace mucho que se resignó a vivir sin amor. Hasta que Joseph, marqués de Attingsborough, llega sin previo aviso y la tienta a arrojar por la borda toda una vida de decencia por una aventura que sólo puede conducirle a la ruina.
Joseph tiene sus propias razones para buscar a Claudia. Inmediata e irresistiblemente atraído por la delicada profesora, se embarca en un plan de seducción que los llevará a ambos a anhelar algo más. Pero, como heredero de un prestigioso ducado, se espera que Joseph continúe con el legado de la familia. Y Claudia sabe que no hay lugar para ella en su mundo.
Ahora, dicho mundo está a punto de verse sacudido por el escándalo. Un matrimonio concertado, un secreto que conmocionará a la sociedad y un hombre proveniente del pasado de Claudia, conspiran para separar a los amantes. Pero Joseph está decidido a hacer suya a Claudia a toda costa. Aunque ello signifique desafiar toda convención y romper toda regla por un amor que representa todo cuanto siempre ha deseado; un amor que es perfecto tal como es…

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– ¿Adonde le ha dicho a Susanna que iba esta tarde? -le preguntó.

– A dar un paseo por el parque.

– ¿Y las otras veces?

– A dar un paseo por el parque -repuso ella, con toda su atención concentrada en el perro.

– ¿Y qué ha dicho ella acerca de todos estos paseos?

Giró la cabeza a tiempo para verla ruborizarse y luego bajarla.

– Ah, nada. ¿Qué tendría que decir?

Debían pensar que él estaba tonteando con ella al mismo tiempo que cortejaba a la señorita Hunt. Y lo peor de todo era que no iban muy descaminados. Hizo un mal gesto para su coleto. Todo eso tenía que ser muy molesto para ella.

Se hizo el silencio. Pero ese día debía evitar el silencio a toda costa, decidió pasado un momento, y al parecer ella estaba de acuerdo. Durante todo el trayecto hasta la casa conversaron alegremente sobre los libros que habían leído los dos. Pero no fue una conversación forzada ni incómoda, como él habría supuesto. Fue una conversación animada e inteligente. Hasta habría deseado que el trayecto fuera más largo.

Lizzie estaba en el salón de arriba esperándolo. Lo abrazó echándole los brazos al cuello, como siempre, y luego ladeó la cabeza.

– Alguien ha venido contigo, papá -dijo-. ¿Es la señorita Martin?

– Sí -dijo él, y vio que se le alegraba la cara.

– Y no sólo yo -contestó ésta-. He traído a alguien a conocerte, Lizzie. Al menos es casi alguien. He traído a Horace .

¿ Horace ? Joseph la miró divertido, pero ella tenía toda la atención concentrada en su hija

– ¡Ha traído a su perro! -exclamó Lizzie justo en el instante en que el collie decidió ladrar.

– Desea ser tu amigo -le explicó la señorita Martin al verla retroceder-. No te hará absolutamente ningún daño. Yo lo tengo cogido firme de todos modos. Venga, déjame cogerte la mano.

Se la cogió, se la puso sobre la cabeza del perro y luego se la guió por el lomo. El perro giró la cabeza y le lamió la muñeca. Lizzie retiró bruscamente la mano pero después chilló de risa.

– ¡Me ha lamido! A ver, déjeme tocarlo otra vez.

– Es un border collie -explicó la señorita Martin, cogiéndole nuevamente la mano y guiándosela por la cabeza del perro-. Es una de las razas de perros más inteligentes que existen. A los collies se los suele usar para que pastoreen a las ovejas, para que les impidan dispersarse, y cuando una se aleja, el perro la devuelve al rebaño, y después de haber pacido en los campos o en las colinas, las lleva de vuelta al redil. Claro que Horace es poco más que un cachorro todavía y no ha sido adiestrado.

Joseph fue a abrir la ventana y se quedó ahí a observar cómo su hija se enamoraba. Ella no tardó en estar sentada en el sofá con el perro a su lado, este jadeando con la lengua fuera encantado mientras ella lo exploraba suavemente con sus sensibles manos, y riéndose, cuando primero le lamió una mano y luego la cara.

– Uy, papá, mírame. Y mira a Horace .

– Estoy mirando, cariño -dijo él.

Observaba también a la señorita Martin, sentada junto a su hija, al otro lado del perro, acariciándolo con ella y contándole la historia de cómo lo adquirió, embelleciéndola bastante, y haciéndola parecer mucho más cómica de lo que fue en realidad. Tenía la impresión de que estaba tan absorta en la conversación con su hija que había olvidado su presencia. Era muy fácil ver cómo se había convertido en una profesora exitosa y por qué él había percibido una atmósfera feliz en su escuela.

– Recuerdo que me dijiste -dijo la señorita Martin- que en todas las historias que inventas aparece un perro. ¿Te gustaría contarme una de esas historias y que yo te la escriba?

– ¿Ahora? -preguntó Lizzie, riendo y apartando la cara de otra entusiasta lamida.

– ¿Por qué no? Tal vez tu padre me encuentre papel, pluma y tinta.

Entonces lo miró con las cejas arqueadas y él salió de la sala sin más. Cuando volvió, ellas estaban sentadas en el suelo con el perro en el medio echado de espaldas mientras ambas le friccionaban el vientre. Las dos se estaban riendo, con las cabezas juntas.

Sintió una especie de revoloteo muy al fondo de su interior.

Entonces la señorita Martin se sentó ante una mesita y comenzó a escribir mientras Lizzie le contaba una morbosa historia de brujas y brujos practicando sus malas artes en un bosque en el que se perdió una niña un día. Los árboles se cerraban alrededor de ella, aprisionándola, las raíces salían del suelo haciéndola tropezar y les brotaban tentáculos que le rodeaban los tobillos haciéndola caer, mientras en el cielo retumbaban los truenos, presagiando otras catástrofes terribles. Las únicas esperanzas que tenía de escapar de ahí era su corazón intrépido y un perro que apareció de repente y comenzó a atacarlo todo, menos a los truenos, y que, finalmente, sangrando y agotadísimo, la guió hasta la orilla del bosque, y desde ahí ella oyó a su madre cantando en el jardín lleno de perfumadas flores. Al parecer la tormenta de truenos no se extendió más allá bosque.

– Ya está -dijo la señorita Martin, dejando la pluma en la mesita-. La tengo entera. ¿Te la leo?

Se la leyó, y cuando terminó Lizzie dio unas palmadas, riéndose.

– Esa es mi historia «exactamente». ¿La has oído, papá?

– Sí.

– Podrás leérmela.

– Te la leeré -concedió él-, pero no cuando estés en la cama antes de dormirte, Lizzie. Tal vez «tú» puedas dormir después de eso, pero seguro que «yo» no. Todavía estoy temblando de miedo. Pensé que los dos perecerían.

– Vamos, papá. En el final de las historias los personajes principales viven felices para siempre.

Él buscó los ojos de la señorita Martin. Sí, en los cuentos, tal vez. La vida real solía ser diferente.

– Tal vez, Lizzie -dijo-, podríamos salir al jardín con la señorita Martin; así podrás nombrarle todas las flores. El perro puede venir también.

Ella se levantó de un salto y alargó un brazo hacia él.

– Acompáñame a buscar mi papalina.

Él avanzó un paso hacia ella y se detuvo.

– Sé mi niña lista y ve a buscarla sin mí. ¿Puedes?

– Claro que puedo. -Se le iluminó la cara-. Cuenta hasta cincuenta, papá, y estaré de vuelta. Pero no tan rápido, tonto -añadió, riendo alegremente cuando él comenzó a contar.

– Uno… dos… tres -comenzó él de nuevo, más lento, y ella salió de la sala.

Pasado un momento el perro se levantó y la siguió.

– Es capaz de hacer muchísimas cosas, ¿verdad? -dijo-. He sido negligente. Debería haberle organizado algo mucho antes. Lo que pasa es que siempre ha sido muy pequeña y el cariño y la protección me parecían suficientes.

– No se culpe -dijo la señorita Martin-. El cariño vale más que cualquier otro regalo que pudiera darle. Y no es demasiado tarde. Once años es una edad buena para que descubra que tiene alas.

– ¿Para volar lejos de mí? -dijo él, sonriendo triste.

– Sí, y para volar de vuelta a usted.

– Libertad. ¿Es posible para ella?

– Sólo ella puede decidir eso.

Entonces él oyó los pasos de Lizzie por la escalera.

– Cuarenta… cuarenta y uno… cuarenta y dos -contó en voz alta.

– ¡Aquí estoy! -gritó ella fuera de la puerta. Entonces apareció, sonrosada y entusiasmada, con los párpados agitados, mientras el perro pasaba corriendo por su lado-. Y aquí está mi papalina -añadió, moviéndola.

– Ah, bravo, Lizzie -dijo la señorita Martin.

Estuvieron una hora en el jardín hasta que la señora Smart llevó la bandeja con el té. Lizzie se dedicó a uno de sus juegos predilectos: inclinarse sobre las flores, tocarlas y olerías para identificarlas. A veces se cogía las manos a la espalda y hacía el juego sólo con el olfato. La señorita Martin también lo intentó, con los ojos cerrados, pero se equivocaba tantas veces como acertaba, y Lizzie se reía regocijada. También escuchó atentamente la clase de botánica que le dio, señalando las partes y cualidades de cada planta, mientras Lizzie palpaba la planta de la que estaba hablando.

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