– A veces -continuó él-, he pensado si valieron la pena todos los sacrificios que me obligaron a hacer. Mi sueño de seguir la carrera de leyes. Tú.
Ella continuó en silencio.
– Me porté mal -reconoció él por fin. Levantándose bruscamente atravesó la sala y fue a asomarse a la ventana-. ¿Crees que no lo sabía? ¿Crees que no sufrí?
Lo comprendía. Siempre había comprendido el torbellino interior que él tuvo que haber vivido. Pero algunas cosas, si bien no son imperdonables, por lo menos no son justificables.
La última carta la había destruido hacía mucho tiempo, junto con las que la precedieron. Pero creía que «todavía» podía recitarla de memoria si quería.
– Si te sirve de consuelo, Claudia -dijo entonces él-, no tuve un matrimonio feliz. Mona era una arpía. Yo pasaba fuera de casa todo el tiempo que podía.
– La duquesa de McLeith no está aquí para defenderse -dijo ella.
Él se giró a mirarla.
– Ah, veo que estás resuelta a pelear conmigo, Claudia.
No a pelear, Charlie, simplemente quiero que haya algo de verdad en lo que nos decimos. ¿Cómo podríamos continuar si permitimos que sigan deformados nuestros recuerdos del pasado?
¿Podemos continuar, entonces? ¿Me perdonarás el pasado, Claudia? ¿Lo atribuirás a la juventud y la tontería, a las presiones de una vida para la que yo no tenía ninguna preparación?
Eso no tenía mucho de disculpa, ya que al formularla se disculpaba a sí mismo. ¿Serían los jóvenes menos responsables que los mayores? Pero había habido muchos años de amistad íntima, unos pocos de amor y una tarde de intensa pasión. Y un año de vehementes cartas de amor, antes que la última le destrozara el corazón, le destrozara su mundo y su ser. Tal vez era una tontería basar toda su opinión sobre él en esa sola carta. Tal vez ya era hora de perdonar.
– Muy bien -dijo, pasado un momento.
Al instante él fue hasta ella, le cogió una mano y se la apretó.
– Cometí el peor error de mi vida cuando… Pero no tiene importancia. ¿Qué hago con la invitación?
– ¿Qué deseas hacer?
– Aceptar. Me caen bien los Ravensberg, y sus familiares y amigos. Y deseo pasar más tiempo contigo. Permíteme que vaya, Claudia. Permíteme que sea tu hermano otra vez. No, no tu hermano. Permíteme que sea tu amigo otra vez. Siempre fuimos buenos amigos, ¿verdad? ¿Incluso al final?
¿A qué final se referiría?
– Estuve despierto gran parte de la noche -continuó él-, pensando qué debía hacer y comprendiendo cómo se empobreció mi vida el día que dejé la casa de tu padre y a ti. Y entonces comprendí que no podía aceptar la invitación a menos que tú dijeras que lo hiciera.
Ella también había estado despierta gran parte de la noche, pero estaba segura de que no había pensado ni una sola vez en Charlie.
Había pensado en las dos personas sentadas bajo un sauce junto a un estanque de nenúfares por la noche, la chaqueta de él, calentada por su cuerpo, sobre los hombros de ella, el brazo de él sujetándosela y la mano de ella en la de él, sin hablar ni una sola palabra durante casi media hora. Ese era un recuerdo tan intenso como el de cuando se besaron en Vauxhall Gardens. Tal vez más aún. El beso había sido de puro deseo, lujuria; lo de esa noche en el jardín, no. No quería pensar qué fue.
– Ve a Alvesley entonces -dijo, retirando la mano de la de él-. Tal vez mientras estemos ahí podamos crearnos nuevos recuerdos para el futuro, recuerdos más agradables.
Él le sonrió y a ella se le formó un bulto en la garganta; era una sonrisa ilusionada que le recordó al niño que fue. Nunca se había imaginado ni en sueños que ese niño pudiera ser cruel. Pero ¿era correcto lo que iba a hacer? ¿Era prudente volver a confiar en él? Pero él sólo le pedía amistad. Y podría convenirle ser su amiga otra vez, dejar atrás el pasado por fin.
– Gracias -le dijo-. No te ocuparé más tiempo, Claudia. Volveré a mis habitaciones y enviaré una nota de aceptación a lady Ravensberg.
Después que él se marchó Claudia volvió a mirar el libro que había sacado de la biblioteca. Pero no lo abrió. Simplemente pasó la mano por su cubierta de piel, hasta que el perro subió de un salto al sofá y apoyó la cabeza en su falda.
– Bueno, Horace -dijo en voz alta, acariciándole la cabeza-, me siento como si fuera montada en un gigantesco y brioso caballo de emociones. La sensación no es nada agradable para una persona de mi edad. En realidad, si Lizzie Pickford no quiere ir a Lindsey Hall conmigo, creo que bien podría irme directamente a Bath, y, si me perdonas el lenguaje grosero, al diablo con Charlie «y» con el marqués de Attingsborough. Pero ¿qué diablos voy a hacer contigo?
Él levantó los ojos hacia los de ella sin levantar la cabeza y emitió un largo suspiro, al tiempo que golpeaba el sofá con la cola.
– ¡Exactamente! -convino ella-. Todos los machos os creéis irresistibles.
De Derbyshire habían llegado unos primos de lady Balderston, y Joseph estaba invitado a cenar con la familia y a acompañarlos después a la ópera.
Todavía no había pedido una cita a Balderston para hablar con él, pero lo haría, tal vez esa noche. Su indecisión para dar el paso ya se le estaba volviendo embarazosa.
Tal vez esa noche intentaría nuevamente cortejar a Portia Hunt. Ella tenía que tener un lado más blando que el que demostró tener durante el trayecto a Vauxhall, y él debía encontrarlo. Sabía que, en general, las damas lo encontraban encantador y atractivo, aunque rara vez aprovechaba eso para coquetear o entregarse a escarceos amorosos. «Rara vez» era la expresión clave. Se sentía incómodo por sus tratos con la señorita Martin. Y, sin embargo, no los sentía como coqueteos ni escarceos amorosos. Detestaba pensar en cómo los sentía.
A causa de eso se sintió algo deprimido toda la mañana, mientras combatía en el Salón de Boxeo para Caballeros de Jackson. Cuando esa tarde llegó a la casa de Whitleaf en Grosvenor Square ya estaba resuelto a que todo versara sobre el asunto serio que tenían entre manos. Iba a llevar a la señorita Martin a ver a Lizzie para que le hiciera la propuesta para el verano y la dejara decidir a ella. La intervención de él tenía que ser mínima.
Cuando ella bajó la escalera, al ser llamada por el mayordomo, vio que llevaba un vestido sencillo, como siempre, el mismo con que fue a la merienda, aunque se lo habían planchado; también llevaba la misma pamela de paja. Y al perro en brazos.
Se veía como una mujer a la que conocía de toda su vida. Le parecía un trocito de hogar, lo que fuera que su mente quiso decir al presentarle esa extraña idea.
– Los dos estamos listos -dijo ella, con su voz enérgica.
– ¿De veras quieres llevar al perro, Claudia? -le preguntó Whitleaf-. Puedes dejarlo aquí con nosotros, sin ningún problema.
– Le irá bien airearse un poco -dijo ella-, pero, gracias, Peter. Eres extraordinariamente amable, si tenemos en cuenta que no tuviste muchas opciones -se rió- entre aceptarlo a él o echarme a la calle a mí.
– Vete, entonces, y que lo pases bien -le dijo Susanna, aunque Joseph vio que lo miraba a él, con una expresión de curiosidad en los ojos.
Por primera vez se le ocurrió pensar que, al no saber la verdadera naturaleza de las salidas de la señorita Martin con él, ella y Whitleaf debían de preguntarse qué diablos se proponía él, dado sobre todo que era probable que supieran que, a todos los efectos, era un hombre comprometido. Había puesto en una posición embarazosa a la señorita Martin, comprendió.
Emprendieron la marcha en el tílburi . Ya no hacía tanto calor como antes; unas cuantas nubes le quitaban mordacidad a la temperatura cuando tapaban el sol.
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