– Lily, no estarás tramando hacer de casamentera y de rompe-compromisos, ¿eh? ¿Puedo participar yo también?
– Podrías invitar al duque a Alvesley también.
Lauren arqueó las cejas.
– ¿A una celebración «familiar»? ¿No parecería raro?
– Usa tu inventiva.
– Ay, Dios, ¿tengo algo? -Rió Lauren; pero enseguida se le alegró la cara-. Hoy Christine me ha dicho que la señorita Martin va a ir a Lindsey Hall a pasar una parte del verano. La hermana de Christine va a llevar a algunas niñas de la escuela a pasar unas vacaciones ahí. El duque de McLeith y la señorita Martin se criaron en la misma casa como hermanos y acaban de reencontrarse después de años y años de separación. Él en particular está encantado con eso, y yo creo que ella también. Tal vez podría sugerir que a él podría gustarle estar cerca de ella unas semanas antes que él vuelva a Escocia y ella a Bath.
– Brillante -dijo Lily-. Vamos, hazlo, Lauren, y entonces veremos qué podemos conseguir.
– Esto es diabólico -dijo Lauren-. ¿Y sabes qué dice Susanna? Cree que Joseph podría estar algo enamorado de la señorita Martin. La ha llevado a pasear en coche varias veces, y ha pasado tiempo con ella en varios eventos sociales, por ejemplo anoche en Vauxhall. Hace un rato bailaron un vals. ¿Y dónde está él ahora, lo sabes? ¿Y dónde está ella?
– Es el romance más insólito imaginable -dijo Lily, aunque le brillaban los ojos-. Pero, uy, caramba, Lauren, ella podría ser la mujer perfecta para él. Ninguna otra lo ha sido jamás. Decididamente la señorita Hunt no lo es.
– Wilma se pondría morada -añadió Lauren.
Se sonrieron y Neville, que estaba apenas lo suficientemente alejado para no oír, frunció los labios para evitar sonreír, y puso cara de inocente.
A la mañana siguiente, Claudia y Susanna acababan de volver de la biblioteca Hookman's cuando el duque de McLeith llamó a la puerta. Lo hicieron pasar al salón de mañana, donde estaba Claudia sola, hojeando un libro que acababa de sacar prestado de la biblioteca. Susanna había subido a la sala cuna a ver a Harry.
Una vez que el mayordomo lo anunció y el perro corrió a ladrarle moviendo la cola, él entró, diciendo:
– Claudia, ¿tu perro?
– Creo que más bien soy yo la que le pertenece -dijo ella haciéndole cosquillas detrás de una oreja-. Mientras no le encuentre un buen hogar, soy de él.
– ¿Te acuerdas de Horace ?
¿ Horace ? Era un spaniel al que ella adoraba de niña. La seguía a todas partes como una sombra, con grandes orejas caídas. Sonrió mientras los dos se sentaban.
– Los vizcondes Ravensberg hablaron conmigo anoche antes de marcharse del baile -dijo él-. Me invitaron a pasar unas semanas en Alvesley Park antes de regresar a Escocia. Al parecer va haber ahí una muy concurrida celebración del aniversario de bodas de los condes de Redfield. Debo confesar que me sorprendí. Me pareció que mi superficial relación con ellos no es suficiente para merecer esa distinción. Pero entonces la vizcondesa me explicó que tú vas a estar en Lindsey Hall, que está cerca, y que pensó que a mí me encantaría tener unas semanas para disfrutar de tu compañía después de una separación tan larga.
Guardó silencio y la miró interrogante.
Ella se cogió las manos en la falda y lo miró sin hacer ningún comentario. Susanna y todas sus amigas parecían encantadas por las historias que él les había contado, que eran totalmente ciertas, pero de ninguna manera eran toda la verdad. Hubo un tiempo en que ella lo amó con todo el ardor de su joven corazón. Pero si bien el tiempo de galanteo había sido inocente y decoroso, la despedida no fue ninguna de las dos cosas.
Había entregado su virginidad a Charlie en la cima desierta de una colina de detrás de la casa de su padre.
Entonces él le juró que volvería a buscarla en la primera oportunidad que tuviera, para hacerla su esposa. También le juró, abrazándola estrechamente mientras los dos lloraban, que la amaría eternamente, que ningún hombre había amado jamás como él la amaba a ella. Y ella, claro, le dijo más o menos lo mismo.
– ¿Qué te parece? -le preguntó él-. ¿Acepto? Hemos tenido muy pocas oportunidades para conversar y nos queda muchísimo por decir. Hay mucho por recordar todavía y mucho que contarnos para volver a conocernos. Creo que me gusta la nueva Claudia tanto como me gustaba la antigua. Pero lo pasábamos muy bien juntos, ¿verdad? Ningunos verdaderos hermanos podrían haber estado más contentos en la mutua compañía.
Ella había llevado la rabia dentro durante tantos años que a veces creía que había desaparecido, que estaba olvidada. Pero algunos sentimientos del pasado son tan profundos que se convierten en parte de la persona.
– No éramos como hermanos, Charlie -dijo enérgicamente-, y no nos consideramos hermanos los dos últimos años anteriores a que te marcharas. Estábamos enamorados.
No dejó de mirarlo mientras el perro se echaba a sus pies suspirando de satisfacción.
– Éramos muy jóvenes -dijo él, desvanecida su sonrisa.
– Entre los no tan jóvenes existe la idea de que los jóvenes son incapaces de amar, de que sus sentimientos no tienen ninguna importancia.
– A los jóvenes les falta la sabiduría que da la edad -dijo él-. Era inevitable que nacieran sentimientos románticos entre nosotros, Claudia. Con el tiempo nos habrían quedado pequeños. Yo casi lo había olvidado.
Ella sintió una rabia intensa, no por ella en esos momentos, sino por la niña que fue en ese tiempo. La jovencita que había sufrido inconsolable durante años.
– Ahora podemos reírnos de eso -dijo él, sonriendo.
Ella no sonrió.
– Yo no me voy a reír -dijo-. ¿Por qué lo olvidaste, Charlie? ¿Porque yo significaba muy poco para ti? ¿Porque recordarlo era demasiado desagradable o incómodo para ti? ¿Porque te sentías culpable de esa última carta que me escribiste? -«Ahora soy un duque, Claudia. Debes comprender que eso cambia mucho las cosas». «Soy un duque»-. ¿Y también has olvidado que en una ocasión fuimos amantes?
A él le subió un rubor por el cuello hasta las mejillas. Ella se ordenó no ruborizarse también. Pero no dejó de mirarlo a los ojos, ah, eso no.
– Fuimos unos imprudentes -dijo él, frotándose la nuca, como si de pronto le apretara mucho la corbata-. Tu padre fue imprudente al darnos tanta libertad. Tú fuiste imprudente cuando yo me iba a marchar y podría haber habido consecuencias. Y yo fui imprudente… -No terminó la frase.
– ¿Porque podría haber habido consecuencias que habrían causado complicaciones a tu nueva vida, como me dejaste muy claro en tu última carta?
«No debo permitir que me vean relacionado tan íntimamente con personas inferiores que no son dignas de mi atención. Ahora soy un duque.»
– No me había dado cuenta, Claudia -dijo él, suspirando-, de que estás amargada. Lo siento.
– Dejé atrás la amargura hace mucho tiempo -dijo ella, no muy segura de que eso fuera cierto-, pero no puedo permitir que continúes tratándome con tan efusivo placer como a una hermana tanto tiempo perdida, Charlie, sin obligarte a recordar lo que has olvidado tan convenientemente.
– No fue fácil -dijo él, echándose atrás en el sillón y bajando los ojos-. Pero sólo era un niño, y de repente me vi enfrentado a deberes y responsabilidades, a toda una vida y a todo un mundo con los que jamás había ni soñado.
Ella no dijo nada. Sabía que él decía la verdad, y sin embargo…
Sin embargo eso no disculpaba la crueldad de su rechazo final. ¿Y cómo podía decirse que había dejado atrás el sufrimiento y la amargura cuando desde entonces había odiado, odiado, odiado, a todos los hombres que llevaban el título de duque?
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