Mary Balogh - Simplemente Perfecto

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Alto, moreno y exquisitamente sensual, él es la personificación de la perfección masculina. No es que Claudia Martin esté buscando un amante. Ni un esposo. Como propietaria y directora de la academia de la señorita Martin en Bath, hace mucho que se resignó a vivir sin amor. Hasta que Joseph, marqués de Attingsborough, llega sin previo aviso y la tienta a arrojar por la borda toda una vida de decencia por una aventura que sólo puede conducirle a la ruina.
Joseph tiene sus propias razones para buscar a Claudia. Inmediata e irresistiblemente atraído por la delicada profesora, se embarca en un plan de seducción que los llevará a ambos a anhelar algo más. Pero, como heredero de un prestigioso ducado, se espera que Joseph continúe con el legado de la familia. Y Claudia sabe que no hay lugar para ella en su mundo.
Ahora, dicho mundo está a punto de verse sacudido por el escándalo. Un matrimonio concertado, un secreto que conmocionará a la sociedad y un hombre proveniente del pasado de Claudia, conspiran para separar a los amantes. Pero Joseph está decidido a hacer suya a Claudia a toda costa. Aunque ello signifique desafiar toda convención y romper toda regla por un amor que representa todo cuanto siempre ha deseado; un amor que es perfecto tal como es…

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Claudia nunca lo había bailado aunque conocía los pasos por haberlo visto bailar muchas veces, y una o dos, bueno, tal vez más de dos, lo había bailado en su sala de estar particular con una pareja imaginaria.

¿Y ahora le pedían que bailara uno en un baile de la alta sociedad? ¿Y con el marqués de Attingsborough?

– Sí, gracias -dijo.

Le hizo un gesto de asentimiento a Charlie, con el que había estado sentada conversando la pasada media hora después de bailar con él.

El marqués ya tenía alargada la mano; se la cogió y se levantó. Al instante sintió el olor de su colonia y al instante se sintió tragada por el azoramiento, otra vez.

Sólo la noche pasada…

Cuadró los hombros e inconscientemente apretó los labios dejándose llevar por él hasta la pista de baile.

– Espero no hacer un absoluto ridículo -dijo con voz enérgica cuando él se volvió hacia ella-. Nunca he bailado un vals.

– ¿Nunca?

Lo miró a los ojos justo en el instante en que se le llenaban de risa.

– Sé dar los pasos -lo tranquilizó, sintiendo arder las mejillas-, pero nunca lo he bailado de verdad.

Él no dijo nada y no cambió su expresión. De pronto ella se rió fuerte y él ladeó ligeramente la cabeza y la miró con más atención, aunque lo que podría estar pensando no logró imaginárselo.

– Podría lamentar habérmelo pedido -dijo.

– Lo mismo me dijo cuando aceptó que yo la acompañara a Londres -contestó él-. Y eso todavía no lo lamento.

– Esto es diferente -dijo ella viendo que los iban rodeando más parejas-. Trataré de no dejarlo en ridículo. La galantería le prohíbe echarse atrás ahora, ¿verdad?

– Supongo que podría postrarme un acceso de nervios o incluso algo más irrefutable como un ataque al corazón. Pero no haré nada de eso. Confieso que siento curiosidad por ver cómo se desenvuelve durante su primer vals.

Ella volvió a reírse, y la risa paró bruscamente cuando él le puso una mano en la espalda, a la altura de la cintura y con la otra le cogió la mano derecha. Ella puso la izquierda en su hombro.

¡Ah, caramba!

Entraron en torrente los recuerdos de la noche pasada, haciéndole arder más aún las mejillas. Resueltamente buscó otra cosa en qué pensar.

– Necesito hablar con usted.

– ¿Le debo una disculpa? -preguntó él al mismo tiempo

– De ninguna manera.

– ¿Sí?

Nuevamente hablaron al mismo tiempo y luego se sonrieron en silencio.

La conversación tendría que esperar. Comenzó la música.

Durante un minuto más o menos el susto la hizo olvidar los pasos que nunca había dado con una pareja. Pero él era un excelente guía, comprendió cuando su mente volvió a ser capaz de tener un pensamiento racional. Entonces comprobó que la llevaba dando los pasos más básicos y, milagrosamente, ella lo seguía sin cometer ningún error horroroso. Además, cayó en la cuenta de que estaba contando mentalmente, aunque sospechó que tal vez también movía los labios. Los dejó quietos.

– Creo que está condenada al olvido, señorita Martin -dijo él-. No va a hacer el ridículo y la verdad es que nadie ni siquiera se fija en nosotros.

La miró con expresión apenada y ella le sonrió.

– Y cualquiera que se fije no tardará en expirar de aburrimiento -añadió ella-. Somos la pareja menos digna de mirar en la pista.

– Bueno, eso me parece un reto a mi orgullo masculino.

Aumentó la presión de su mano en la cintura y la llevó girando, girando y girando hasta dar la vuelta por la esquina de la pista.

Ella se refrenó por un pelo de gritar. Y en lugar de gritar se rió.

– Ah, eso ha sido maravilloso. Intentémoslo otra vez. ¿O sería tentar al destino? ¿Cómo ha conseguido que mis zapatos no se metieran debajo de los suyos?

– Ejem -dijo él, aclarándose la garganta-. Creo que eso ha tenido algo que ver con mi pericia, señora.

Y volvió a llevarla girando.

Nuevamente ella se rió, por la euforia del baile y la maravillosa novedad de estar bromeando con un hombre. Él le gustaba, sí, le gustaba extraordinariamente. Lo miró a los ojos para compartir el placer.

Y entonces notó algo más. Algo más que euforia, algo más que placer. Notó…

Ah, no había palabras para expresarlo.

Ese era un momento con el que viviría y soñaría el resto de su vida. De eso estaba absolutamente segura.

Continuó la música, los bailarines siguieron girando, entre ellos, ella y el marqués de Attingsborough, y el mundo era un lugar maravilloso.

Entonces la música se hizo más lenta, señal segura de que el vals estaba a punto de terminar.

– ¡Oh! -exclamó-. ¿Ya se ha acabado?

Su primer vals. Y sin duda el último.

– Su primer vals está a punto de pasar a la historia, una lástima -dijo él, como si le hubiera leído el pensamiento.

Entonces ella recordó que necesitaba hablar con él; era un punto y aparte del momento de bromas al comienzo del vals que acababan de bailar en silencio.

– Ah, necesito hablar con usted, lord Attingsborough -dijo-. ¿Tal vez en algún momento mañana?

– Ya antes de que comenzara el vals -dijo él-, estaba mirando con cierta melancolía esas puertas cristaleras. Y ahora salir por ellas se ha convertido en franco deseo. Dan a una terraza. Y, más importante aún, hay aire fresco. ¿Salimos a caminar si no tiene comprometido el siguiente baile?

– No lo tengo comprometido -dijo ella, mirando hacia las puertas abiertas y la oscuridad iluminada por las lámparas más allá.

Tal vez después de la noche pasada eso no sería prudente.

Pero él ya le estaba ofreciendo el brazo, así que se lo cogió. Él la llevó por en medio del gentío hasta que salieron a la terraza.

Esa noche sería diferente.

Esa noche tenían asuntos serios de los que hablar.

CAPÍTULO 12

Sí que se estaba fresco fuera, deliciosamente fresco, en realidad. Pero no eran los únicos que habían aprovechado las puertas abiertas para escapar del calor del salón de baile un rato, observó Joseph; había varias personas en la terraza.

– En el jardín hay lámparas encendidas -dijo-. ¿Bajamos a dar un paseo?

– Muy bien -dijo ella, con su voz de maestra de escuela; ¿se daría cuenta de que tenía dos voces distintas?, pensó él-. Lord Attingsborough…

No continuó, porque él le puso la mano sobre la que ella tenía en su brazo, pero giró la cara para mirarlo. Él tenía que hablar primero; era necesario mencionar la noche pasada.

– ¿Estaba tan avergonzada como yo al comienzo de esta velada? -le preguntó.

– Ah, más -dijo ella, con su habitual franqueza.

– Y, ¿ahora no?

– No, aunque tal vez es una suerte que ya no me vea el color de las mejillas.

Ya estaban en el jardín, que no estaba brillantemente iluminado. Él la llevó por un sendero que salía a la izquierda y luego hacía una curva.

– Estupendo. -Se rió y le dio una palmadita en la mano-. Yo tampoco. Lo recuerdo con placer y no lo lamento, aunque podría deshacerme en disculpas si las considerara necesarias.

– No lo son.

Él pensó, no por primera vez, si ella sería una mujer esencialmente solitaria. Pero tal vez era su arrogancia masculina la que lo hacía pensar que podría serlo. Decididamente había demostrado que una mujer es capaz de llevar una vida plena y productiva sin un hombre. Pero claro, la soledad no estaba limitada a las mujeres. Porque a pesar de todos los familiares, amigos y conocidos que lo rodeaban casi constantemente y las actividades que llenaban sus días, era fundamentalmente un hombre solitario.

A pesar de Lizzie, a la que quería más que a su vida, se sentía solo. Ese reconocimiento lo sorprendió. Se sentía solo porque le hacía falta una mujer que pudiera llegar a su corazón y llenarlo. Pero ya era improbable que la encontrara. Estaba casi seguro de que Portia Hunt nunca encajaría en ese papel.

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