Y una parte muy pequeña recordaba el beso de esa noche y, perversamente, deseaba seguir ahí un tiempecito más.
Suspirando, intentó volver la atención a la carta que le estaba escribiendo a Eleanor. El perro se echó a sus pies y volvió a dormirse.
Cuando Joseph llegó al baile de los Kingston esa noche, tarde, ya estaba avanzado el primer conjunto de contradanzas. Se había retrasado porque Lizzie le pidió que le contara otra historia más antes de dormirse. Su necesidad de él era mayor ahora que no estaba la señorita Edwards.
Después de saludar a la anfitriona se detuvo en la puerta del salón de baile buscando caras conocidas. A un lado vio a Elizabeth, la duquesa de Portfrey, que no bailaba. Habría ido a reunirse con ella, pero estaba conversando con la señorita Martin. En un momento de cobardía, muy impropio de él, simuló que no las había visto, aun cuando Elizabeth le había sonreído y medio levantado una mano. Echó a andar hacia el otro lado, en dirección a Neville, que estaba mirando bailar a Lily con Portfrey, su padre.
– Estás enfurruñado, Joe -dijo Neville, llevándose el monóculo al ojo.
Joseph lo obsequió con una exagerada sonrisa.
– ¿Sí?
– Sigues enfurruñado -dijo Neville-. Te conozco, ¿no lo recuerdas? ¿No tenías que bailar el primer baile con la señorita Hunt, por casualidad?
– Buen Dios, no. En ese caso no habría llegado tarde. He estado con Lizzie. Esta tarde pasé a ver a Wilma, casi al final de su té semanal. Todas las invitadas ya se estaban marchando, y por lo tanto quedé como blanco fácil para uno de sus sermones.
– Supongo que opina que deberías haberte asegurado el primer baile con la señorita Hunt. Siempre me he alegrado, Joe, de que Wilma sea tu hermana y Gwen la mía, y no al revés.
– Gracias -dijo Joseph, irónico-. Pero no fue por eso solamente. Sino por mi conducta de anoche.
Neville arqueó las cejas.
– ¿De anoche? ¿En Vauxhall?
– Parece que desatendí a la señorita Hunt por ser equivocadamente cortés con la anticuada maestra de escuela.
– ¿Anticuada? ¿La señorita Martin? -exclamó Neville, girándose a mirarla-. Ah, pues yo no diría eso, Joe. Tiene una cierta elegancia discreta, aun cuando no vista a la última moda ni esté en los primeros arreboles de la juventud. Y es tremendamente inteligente y está bien informada. A Lily le gusta. A Elizabeth también. Y a mí. Pero la señorita Hunt le dijo algo similar a Wilma anoche. Lily la oyó, y lo encontró bastante insultante para Lauren, que había invitado a la señorita Martin a formar parte del grupo. Y yo también lo encuentro. Pero supongo que no debería decírtelo.
Joseph frunció el ceño. Acababa de ver a la señorita Hunt. Estaba bailando con Fitzharris. Llevaba un vaporoso tul dorado sobre un vestido de seda blanca; el vestido le ceñía su cuerpo perfecto, dándole la apariencia de una diosa griega; el escote era bastante bajo, para enseñar sus principales encantos. Por entre sus rizos rubios pasaba una cadenilla de oro.
– Va a estar en Alvesely -dijo-. Wilma se las arregló para sacarle una invitación a Lauren estando ella presente, y Lauren no tuvo otra alternativa supongo. Sabes cómo es Wilma para salirse con la suya.
– ¿En Alvesley? -Dijo Neville-. Aunque supongo que Lauren la habría invitado de todos modos después de vuestro compromiso. ¿Eso es inminente, supongo?
– Eso creo.
Neville lo miró fijamente.
– Lo divertido fue -continuó Joseph- que el sermón de Wilma incluyó el detalle de que mientras yo estaba atendiendo a la señorita Martin, McLeith estaba hechizando a la señorita Hunt. Me advirtió que si no iba con cuidado podría perderla. Al parecer se veían muy complacidos los dos juntos.
– Ja -dijo Neville-. Así que estás a punto de que te planten, ¿eh, Joe? ¿Quieres que vea si puedo acelerar el proceso?
Joseph arqueó las cejas.
– ¿Por qué crees que yo podría desear eso?
Neville se encogió de hombros.
– Tal vez simplemente te conozco demasiado bien, Joe. Lady Balderston está haciendo señas hacia aquí, y me imagino que no es a mí.
– La contradanza está terminando -dijo Joseph-. Será mejor que vaya a reunirme con ellas y le pida el siguiente baile a la señorita Hunt. ¿Y qué diablos quieres decir con eso de que me conoces demasiado bien?
– Permíteme decir solamente que creo que el tío Webster no te conoce. Wilma tampoco. Ellos piensan que debes casarte con la señorita Hunt. Lily piensa todo lo contrario. Normalmente me fío de los instintos de Lily. Ah, ya ha terminado la contradanza. Vete.
Nev podría haberse guardado para él su opinión y la de Lily, pensó Joseph irritado mientras atravesaba el salón. Ya era demasiado tarde para no proponerle matrimonio a la señorita Hunt, ni aunque fuera eso lo que deseaba. Bailó con ella, tratando de no distraerse mirando a la señorita Martin, que estaba en la hilera de damas, dos puestos más allá, sonriéndole a McLeith, su pareja, que se encontraba justo frente a ella. Y tuvo la impresión de que ella estaba haciendo denodados esfuerzos en no mirarlo a él. De nuevo, como había hecho con mucha frecuencia a lo largo del día, contempló lo ocurrido esa noche pasada con cierta incredulidad, pensando cómo era posible que hubiera ocurrido. No sólo la había besado, sino que la había deseado con unas ansias tan intensas que casi lo hicieron olvidar toda prudencia y sentido común.
Menos mal que estaban en un lugar casi público porque a saber a qué los habría llevado ese apasionado abrazo.
La siguiente contradanza la bailó con la señorita Holland, como solía hacer en los bailes de esa primavera, porque con mucha frecuencia ella era una de las feas del baile, y su madre era tan indolente que no se preocupaba de buscarle pareja. Y luego, después de presentársela al ruborizado Falweth, que jamás lograba reunir el valor necesario para elegir a sus parejas, fue a unirse a un grupo de conocidos y allí se quedó, conversando cordialmente y mirando otra vigorosa contradanza.
Cuando estaba terminando la música aceptó la invitación a la sala de cartas para jugar una o dos manos con algunos de sus acompañantes. Entonces se dio cuenta de que no había visto bailar a la señorita Martin; tampoco había bailado la primera. Detestaría verla como la fea del baile, aunque claro, no era una jovencita en busca de marido.
Buscando vio que estaba sentada en un canapé semicircular de dos asientos conversando con McLeith. Él estaba sonriendo y hablando muy animado, y ella escuchando atentamente. Tal vez, pensó, después de todo ella estuviera contenta de haberse reencontrado con su ex amante. Tal vez ese romance abortado estuviera a punto de re-encenderse.
Entonces ella levantó la vista y lo miró, de una manera que lo hizo comprender que ella sabía que él estaba ahí. Y, al instante, desvió la mirada.
Eso era ridículo, pensó. Estaban como un par de púberes que un día se roban un beso detrás del establo y después se sienten eternamente muertos de vergüenza. Pero ellos, la señorita Martin y él, eran adultos. Lo que hicieron esa noche lo hicieron por mutuo consentimiento, y los dos acordaron no lamentarlo. Y una vez dicho y hecho, lo único que se dieron fue un beso. Un beso algo ardiente, cierto, pero aún así…
– Seguid sin mí -dijo a sus acompañantes-. Hay una persona con la que necesito hablar.
Y antes de que se le ocurriera un pretexto para mantenerse alejado de ella, atravesó el salón en dirección al canapé.
– ¿McLeith? ¿Señorita Martin? -saludó, haciendo una cortés venia a cada uno-. Señorita Martin, ¿está libre para la siguiente contradanza? ¿Me haría el honor de bailarla conmigo? -Y entonces recordó-. Ah, es un vals.
¡Un vals!
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