Mary Balogh - Simplemente Perfecto

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Alto, moreno y exquisitamente sensual, él es la personificación de la perfección masculina. No es que Claudia Martin esté buscando un amante. Ni un esposo. Como propietaria y directora de la academia de la señorita Martin en Bath, hace mucho que se resignó a vivir sin amor. Hasta que Joseph, marqués de Attingsborough, llega sin previo aviso y la tienta a arrojar por la borda toda una vida de decencia por una aventura que sólo puede conducirle a la ruina.
Joseph tiene sus propias razones para buscar a Claudia. Inmediata e irresistiblemente atraído por la delicada profesora, se embarca en un plan de seducción que los llevará a ambos a anhelar algo más. Pero, como heredero de un prestigioso ducado, se espera que Joseph continúe con el legado de la familia. Y Claudia sabe que no hay lugar para ella en su mundo.
Ahora, dicho mundo está a punto de verse sacudido por el escándalo. Un matrimonio concertado, un secreto que conmocionará a la sociedad y un hombre proveniente del pasado de Claudia, conspiran para separar a los amantes. Pero Joseph está decidido a hacer suya a Claudia a toda costa. Aunque ello signifique desafiar toda convención y romper toda regla por un amor que representa todo cuanto siempre ha deseado; un amor que es perfecto tal como es…

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– Esta es sin duda una avenida pintoresca -dijo él entonces-, y debemos continuar por ella si queremos dar alcance a los demás. Pero ¿desea darles alcance, señorita Martin, o tomamos uno de los senderos más tranquilos? Claro que no están bien iluminados, pero esta no es una noche oscura.

– Uno de los senderos más tranquilos, por favor -dijo ella.

Casi inmediatamente tomaron por uno y no tardaron en ser tragados por la oscuridad y la ilusión de quietud.

– Aah, esto está mejor -dijo él.

– Sí.

Continuaron caminando en silencio, ya alejados de la multitud. Claudia aspiraba el olor del follaje. Y por encima de la lejana melodía que tocaba la orquesta y de los apagados sonidos de voces y risas, oyó…

– Ah, escuche -dijo, retirando la mano de su brazo y cogiéndole la manga-. Un ruiseñor.

Él estuvo atento un buen rato, los dos inmóviles.

– Pues sí -dijo al fin-. No es sólo mi hija la que oye a los pájaros entonces.

– Es la oscuridad -dijo ella-. La oscuridad nos hace más perceptivos a los sonidos, el olor y el contacto físico.

– Contacto físico -repitió él y se rió en voz baja-. Si amara, señorita Martin, como amó en otro tiempo, o si al menos tuviera la intención de casarse con cierto hombre, ¿pondría objeciones a que la acariciara? ¿A que la besara? ¿Llamaría tontos e innecesarios a los besos y a las caricias?

Claudia se alegró de que estuvieran rodeados por la oscuridad. Tenía rojas las mejillas, seguro.

– ¿Innecesarios? ¿Tontos? No, ninguna de las dos cosas. Desearía y esperaría caricias y besos. En especial si amara.

Él miró alrededor y ella, cayendo en la cuenta de que todavía le tenía cogida la manga, se la soltó.

– Esta misma noche -continuó él-, cuando veníamos en el coche, intenté besar a la señorita Hunt, la única vez que me he tomado esa libertad. Me dijo que no fuera tonto.

Ella sonrió, a su pesar.

– Tal vez se sintió azorada o asustada.

– Ella me lo explicó largo y tendido cuando se lo pregunté. Dijo que los besos son innecesarios y tontos cuando dos personas son perfectas la una para la otra.

Una suave brisa agitaba el follaje y por entre las ramas se filtraban delgadas franjas de luz de luna que jugueteaban en la cara de él. Lo miró sorprendida. ¿Qué había querido decir la señorita Hunt? ¿Cómo podían ser perfectos el uno para el otro cuando ella no deseaba sus besos?

– ¿Por qué se va a casar con ella? -le preguntó.

Él giró la cabeza para mirarla a los ojos y sostuvo la mirada, pero no contestó.

– ¿La ama?

Él sonrió.

– Creo que será mejor que no diga nada más -dijo-. Ya he dicho demasiado, cuando la dama debería poder esperar cierta discreción de mí. ¿Qué tiene usted que invita a hacerle confidencias?

Le tocó a ella no contestar.

Él continuaba mirándola a los ojos. La oscuridad no era total, ni siquiera en los momentos en que no se filtraba la luz de la luna por el follaje.

– ¿Usted se azoraría o se asustaría si yo intentara besarla? -le preguntó él entonces.

Sí a las dos cosas, pensó ella, estaba bastante segura. Pero la pregunta era hipotética.

– No -contestó en voz tan baja que no supo si le había salido el sonido. Se aclaró la garganta-. No.

La pregunta era «hipotética».

Entonces él le acarició la mejilla con las yemas de los dedos, poniendo al mismo tiempo la palma bajo su mentón, y ella comprendió que tal vez no lo fuera.

Cerró los ojos y él posó los labios en los suyos.

La conmoción fue terrible. Los labios de él eran cálidos, y los tenía ligeramente entreabiertos. Sintió el sabor del vino que había bebido, y el olor de su colonia. Sintió el calor de su mano y el de su aliento. Oyó el canto del ruiseñor y una risotada de alguien en la distancia.

Y toda ella reaccionó de una manera que después, al recordarlo, la hacía maravillarse de haber podido continuar de pie. Apretó fuertemente las manos a los costados.

El beso duró tal vez unos veinte segundos, tal vez menos.

Pero le removió el mundo hasta los cimientos.

Entonces él levantó la cabeza, bajó la mano y retrocedió un paso, y ella se obligó a recuperar el equilibrio.

– Ya está, ¿lo ve? -dijo, y su voz le sonó desafortunadamente enérgica y exageradamente alegre-. No me he azorado ni asustado. O sea, que en usted no hay nada que asuste o azore.

– No debería haber hecho esto -dijo él-. Lo sie…

Pero ella no le dejó terminar la frase. La mano se le levantó como movida por voluntad propia para cubrirle con dos dedos los labios, esos labios cálidos, maravillosos, que acababan de besar los suyos.

– No lo sienta -dijo, y esta vez la voz le salió menos enérgica, incluso le tembló un poco-. Si lo lamenta yo me sentiré obligada a lamentarlo también, y no lo lamento en absoluto. Es la primera vez que me besan desde hace dieciocho años, y es probable que sea la última en toda la vida que me queda. No deseo lamentarlo, y no deseo que usted lo lamente. Por favor.

Él puso la mano sobre la de ella, le besó la palma y luego se la bajó hasta dejarla apoyada en los pliegues de su corbata. Dado que no estaba tan oscuro ella vio sus ojos brillar de risa.

– Ah, señorita Martin, para mí han sido casi tres años. Somos unos simples mortales penosamente necesitados. Ella no pudo dejar de sonreírle.

– En realidad -dijo-, no me importaría si volviera a besarme.

Sintió terriblemente raro decir eso, como si otra mujer hubiera hablado por su boca mientras la verdadera Claudia Martin miraba con horrorizada sorpresa. ¿De verdad lo había dicho?

– A mí tampoco -dijo él.

Se miraron largamente a los ojos y entonces él le soltó la mano, le rodeó los hombros con un brazo y la cintura con el otro. Ella lo rodeó con los brazos porque no se le ocurrió en qué otro lugar ponerlos. Y levantó la cara hacia la de él.

El suyo era un cuerpo fornido, duro, muy masculino; por un momento se sintió asustada, mortalmente asustada. Sobre todo porque él ya no estaba sonriendo. Y entonces olvidó el miedo y todo lo demás cuando quedó sumergida en el carnal deleite de ser concienzudamente besada. Su cuerpo pareció distenderse bajo su caricia, y ya no era Claudia Martin, próspera empresaria, profesora y directora de escuela.

Era simplemente una mujer.

Palpó los duros músculos de sus anchos hombros y dobló una mano sobre su abundante y cálido pelo. En los pechos sintió la sólida pared del pecho de él. Tenía los muslos apretados a los suyos, y en la entrepierna sintió una fuerte vibración que le subió en espiral por dentro hasta la garganta.

Y no, no estaba analizando cada sensación; simplemente las sentía.

Él abrió la boca sobre la suya y ella también lo hizo, ladeando la cabeza, y se cogió de su pelo cuando él introdujo la lengua y con ella le acarició suavemente todas las superficies blandas y mojadas. Y cuando él la empujó con el cuerpo, llevándola hacia un árbol que estaba a algo más de un palmo por detrás, ella retrocedió hasta poder apoyar la espalda en el tronco, mientras él la exploraba deslizando las manos por sus pechos, caderas y nalgas, y apretándoselas.

Entonces se apretó a ella y sintió la dureza de su miembro excitado, separó las piernas y se frotó contra él, deseando más que ninguna otra cosa sentirlo dentro de su cuerpo, muy profundo. Ah, muy profundo.

Pero en ningún instante olvidó que era con el marqués de Attingsborough con quien estaba compartiendo ese ardiente beso. Y ni por un instante se dejó engañar por ninguna ilusión. Eso era sólo algo pasajero; sólo por un instante.

Pero a veces ese instante es suficiente.

Y a veces lo es todo.

Sabía que nunca lo lamentaría.

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