Mary Balogh - Simplemente Perfecto

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Alto, moreno y exquisitamente sensual, él es la personificación de la perfección masculina. No es que Claudia Martin esté buscando un amante. Ni un esposo. Como propietaria y directora de la academia de la señorita Martin en Bath, hace mucho que se resignó a vivir sin amor. Hasta que Joseph, marqués de Attingsborough, llega sin previo aviso y la tienta a arrojar por la borda toda una vida de decencia por una aventura que sólo puede conducirle a la ruina.
Joseph tiene sus propias razones para buscar a Claudia. Inmediata e irresistiblemente atraído por la delicada profesora, se embarca en un plan de seducción que los llevará a ambos a anhelar algo más. Pero, como heredero de un prestigioso ducado, se espera que Joseph continúe con el legado de la familia. Y Claudia sabe que no hay lugar para ella en su mundo.
Ahora, dicho mundo está a punto de verse sacudido por el escándalo. Un matrimonio concertado, un secreto que conmocionará a la sociedad y un hombre proveniente del pasado de Claudia, conspiran para separar a los amantes. Pero Joseph está decidido a hacer suya a Claudia a toda costa. Aunque ello signifique desafiar toda convención y romper toda regla por un amor que representa todo cuanto siempre ha deseado; un amor que es perfecto tal como es…

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– ¿La aceptará? -Preguntó él, tragando saliva para pasar un bulto que se le había formado en la garganta-. No sé qué otra cosa hacer. Pero ¿es conveniente la escuela para ella?

Ella no contestó inmediatamente. Estaba pensándolo detenidamente.

– No lo sé -dijo al fin-. Deme un poco más de tiempo.

– Gracias. Gracias por no decir que no inmediatamente. Y gracias por no decir sí antes de haber considerado el asunto con detenimiento. Prefiero que no vaya si eso puede ser un error. Yo cuidaré de ella como sea, pase lo que pase.

Volvió a mirar a su hija y continuó acariciándole el pelo. Era ridículamente sensiblero volver a pensar que moriría con gusto por ella. La verdad era que no podía; tampoco podía vivir por ella. Aterradora comprensión.

Sin embargo, se sentía consolado por la presencia de la señorita Martin, aun cuando ella aún no sabía si podía ofrecerle a Lizzie un lugar en su escuela. Le había demostrado a su hija, y a él, que podía divertirse e incluso girar bajo el calor del sol sin afirmarse ni aferrarse a nadie.

– Muchas veces he pensado -dijo, sin levantar la vista-, qué habría ocurrido si Lizzie no hubiera nacido ciega. Sonia habría continuado su vida con uno u otro de sus admiradores, y es muy posible que yo hubiera continuado con mi vida más o menos como era antes, manteniendo a la niña que había engendrado, pero viéndola rara vez, y habría creído que con eso cumplía mi deber para con ella. Tal vez me habría casado con Barbara, y me habría privado del tirón del amor de mi primera hija. Pero qué pobre habría sido mi vida. La ceguera de Lizzie es quizás una maldición para ella, pero para mí ha sido una abundante bendición. ¡Qué extraño! Nunca había comprendido eso hasta hoy.

– La ceguera no tiene por qué ser una maldición para Lizzie -dijo ella-. Todos tenemos nuestras cruces que llevar, lord Attingsborough. Y es la manera de llevarlas lo que demuestra nuestra valía, o su falta. Usted ha llevado la suya y eso lo ha hecho una persona mejor y ha enriquecido su vida. A Lizzie hay que permitirle que lleve su carga y triunfe sobre ella, o no.

– Ah -suspiró él-, pero es esa posibilidad de «o no» la que me rompe el corazón.

La miró, ella le sonrió y entonces lo golpeó la comprensión de que era más que guapa. De hecho, probablemente no era nada guapa, pues esa era una palabra demasiado infantil y frívola.

– Creo, señorita Martin -dijo, sin pararse a elegir bien las palabras-, que usted debe de ser la mujer más hermosa que he tenido el privilegio de conocer.

Palabras tontas y bastante falsas, sin embargo, las más ciertas que había dicho en su vida.

Ella lo miró, ya desvanecida su sonrisa, hasta que él bajó la mirada a Lizzie otra vez. Esperaba no haberla herido, haberla hecho creer que simplemente había pretendido hacer el papel de galán. Pero no se le ocurrió ninguna manera de retirar las palabras sin herirla más. En realidad, ni siquiera sabía qué había pretendido al decirlas. Ella no era hermosa en ningún sentido visible. No lo era. Pero, sin embargo ¡Buen Dios!, no se estaría encaprichando con la señorita Martin, ¿verdad? Nada podría ser más desastroso. Pero claro, no era eso. Ella había sido amable con Lizzie, eso era todo, y en consecuencia le era imposible no tenerle afecto. Quería a los Smart por el mismo motivo.

– ¿Qué ha hecho con el perro? -preguntó.

– Darle un hogar, temporal al menos, y un amoroso cuidado por parte de todos. Y al mencionarlo me ha dado una idea. ¿Podría llevarlo a visitar a Lizzie?

Pero cuando él arqueó las cejas, La niña ya se estaba despertando, así que se inclinó a besarle la frente. Ella sonrió, levantó una mano, le acarició y palpó la cara.

– Papá -dijo, con la voz adormilada y satisfecha.

– Es hora de volver a casa, cariño.

– Ah, ¿tan pronto? -preguntó ella, pero no pareció triste.

– La señorita Martin vendrá a visitarte otra vez si quieres. Traerá con ella a su perrito.

La niña se despabiló al instante.

– ¿Un perro? Había uno un día en la calle, hace unos años, ¿te acuerdas, papá? Ladró y yo me asusté, pero entonces su dueña me lo acercó, yo lo toqué y él me resolló encima. Siempre hay un perro en mis historias.

– ¿Sí? Pues entonces este tiene que visitarte. ¿Invitamos a la señorita Martin a venir también?

Ella se rió, y a él le pareció que sus mejillas tenían un cierto color no habitual.

– ¿Tendría la amabilidad de venir, señorita Martin? ¿Y traer a su perro? ¿Por favor? Me gustaría sobremanera.

– Muy bien, entonces -dijo la señorita Martin-. Es un animalito muy cariñoso. Seguro que te va a lamer toda la cara.

Lizzie se rió encantada.

Pero esa tarde estaba llegando rápidamente a su fin, pensó él. No debían retrasarse en volver. Tanto la señorita Martin como él tenían que prepararse para la visita a Vauxhall Gardens esa noche. Y antes él tenía que asistir a una cena.

Lamentaba que se acabara esa salida. Siempre lo lamentaba cuando se le acababa el tiempo para estar con Lizzie. Pero esa tarde había sido especialmente placentera. Se sentía como si estuviera en familia.

Entonces un pensamiento nuevo, no llamado, lo hizo fruncir el entrecejo. Lizzie siempre sería su amada hija pero nunca formaría parte de su «familia». En cuanto a la señorita Martin, bueno…

– Es hora de volver -dijo, poniéndose de pie.

CAPÍTULO 10

Lord Balderston lo había invitado a cenar, y a Joseph no tardó en hacérsele evidente que no había ningún otro invitado, y que él y los Balderson iban a cenar «en familia». Y si eso no era suficiente declaración de su nueva posición como casi prometido de la señorita Hunt, las palabras de lady Balderston poco después de que se sentaran a la mesa lo dejaron bien claro.

– La vizcondesa Ravensberg fue extraordinariamente amable al invitar a Portia a Alvesley Park para la celebración del aniversario de bodas de los Redfield este verano -comentó, mientras los criados retiraban los platos de la sopa y traían el segundo plato.

Ah. Iba a haber una reunión predominantemente familiar para el cuarenta aniversario de bodas del conde y la condesa. ¿La señorita Hunt ya era familia, entonces?

Aun no había informado de la invitación a lord Attingsborough, mamá -dijo ella-. Pero sí, es cierto. Lady Sutton tuvo la amabilidad de invitarme a visitar a su prima lady Ravensberg con ella esta tarde, y mientras estábamos allí la informó de que yo no tenía ningún plan para el verano aparte de ir a casa con mis padres. Y entonces lady Ravensberg me invitó a ir a Alvesley. Todo fue muy gratificante.

– Desde luego -dijo Joseph, sonriéndoles a las dos damas-. Yo también iré.

– Pero claro -dijo la señorita Hunt-. Sé muy bien que de lo contrario no me habrían invitado. No habría tenido ningún sentido, ¿verdad?

Y ya no tenía sentido retrasar más tiempo su proposición de matrimonio, pensó Joseph. En todo caso, era evidente que eso era una simple formalidad. Estaba claro que los Balderston y la señorita Hunt así lo pensaban. También su hermana, que sin embargo no debería haber tomado el asunto en sus manos esa tarde.

Sólo que le habría gustado tener un poco de tiempo para el galanteo.

Balderston ya estaba atacando su pieza de pato asado, totalmente concentrado en su plato. Joseph lo miró de reojo, pero claro, ese no era el momento para hablar claro. Concertaría una cita en otra ocasión para hablar formalmente con su futuro suegro. Después le haría la proposición oficial a la señorita Hunt y quedaría todo zanjado. Quedaría trazado el curso de su vida, y el de la de ella.

Eso significaba que tenía muy poco tiempo para cortejarla, pero todavía le quedaba un poco. Por lo tanto, durante el resto de la cena y después, durante el trayecto a Vauxhall Gardens, concentró la atención en su futura esposa, observando nuevamente, a posta, lo hermosa que era, lo elegante, lo refinada, lo perfecta que parecía en todos los sentidos.

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