Mary Balogh - Simplemente Perfecto

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Alto, moreno y exquisitamente sensual, él es la personificación de la perfección masculina. No es que Claudia Martin esté buscando un amante. Ni un esposo. Como propietaria y directora de la academia de la señorita Martin en Bath, hace mucho que se resignó a vivir sin amor. Hasta que Joseph, marqués de Attingsborough, llega sin previo aviso y la tienta a arrojar por la borda toda una vida de decencia por una aventura que sólo puede conducirle a la ruina.
Joseph tiene sus propias razones para buscar a Claudia. Inmediata e irresistiblemente atraído por la delicada profesora, se embarca en un plan de seducción que los llevará a ambos a anhelar algo más. Pero, como heredero de un prestigioso ducado, se espera que Joseph continúe con el legado de la familia. Y Claudia sabe que no hay lugar para ella en su mundo.
Ahora, dicho mundo está a punto de verse sacudido por el escándalo. Un matrimonio concertado, un secreto que conmocionará a la sociedad y un hombre proveniente del pasado de Claudia, conspiran para separar a los amantes. Pero Joseph está decidido a hacer suya a Claudia a toda costa. Aunque ello signifique desafiar toda convención y romper toda regla por un amor que representa todo cuanto siempre ha deseado; un amor que es perfecto tal como es…

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– ¿Y quién me va a parar? -preguntó el hombre con insolencia, mientras unos cuantos transeúntes se detenían a mirar y escuchar.

Joseph avanzó un paso cuando el hombre levantó el palo y lo bajó hacia el lomo del encogido perro, pero este se detuvo a la mitad, sobre la mano de la señorita Martin.

– Tiene conciencia, es de esperar -dijo ella-. A los perros se los debe amar y alimentar si se quiere que presten un servicio leal. No están para que unos gamberros brutos los golpeen y los maten de hambre.

Se oyó una débil palabra de aliento entre los espectadores.

Joseph sonrió de oreja a oreja.

– Oiga -dijo el hombre-, fíjese bien a quién llama bruto o le daré un buen motivo para hacerlo. Y a lo mejor, ya que es tan encumbrada y poderosa querría amar y alimentar a este perro bueno para nada. Para mí es del todo inútil.

– Ah, así que ahora va a añadir abandono a sus otros pecados, ¿eh?

Joseph apresuró el paso. El hombre daba la impresión de querer plantarle cara. Pero entonces sonrió burlón, enseñando un buen conjunto de dientes podridos.

– Sí, exacto, eso es lo que haré -dijo. Se agachó, cogió al asustado perro con una mano y la empujó acercándola a él hasta que ella puso las manos para cogerlo-. Ámelo y aliméntelo, señora. Y no lo abandone, añadiendo eso a sus pecados.

Y sonriendo para celebrar su gracia, se alejó a largas zancadas por el parque, entre vivas de unos pocos jóvenes dandis y exclamaciones de desaprobación por parte de otros espectadores de mejor corazón.

– Bueno -dijo entonces la señorita Martin, volviéndose hacia él. Se le había ladeado la papalina y eso le daba un aire travieso, pícaro-. Parece que he adquirido un perro. ¿Qué voy a hacer con él?

– ¿Llevarlo a casa, bañarlo y darle de comer? -dijo Joseph, sonriendo-. Es un border collie , un ejemplar poco lucido para su raza, pobrecillo.

Y apestaba también.

– Pero es que no tengo casa a la cual llevarlo -dijo ella, mientras el perro la miraba y gemía-. Y aun en el caso de que estuviera en Bath no podría tener un perro en la escuela. Uy, Dios mío, ¿no es adorable?

Joseph se echó a reír. El perro no tenía nada de adorable.

– Lo albergaré en mi establo, si quiere, y le buscaré un hogar permanente.

– ¿En un establo? Oh, pero es que ha sido terriblemente maltratado. Sólo hay que mirarlo a los ojos para saber eso, aun cuando uno no hubiera visto esa horrible exhibición de brutalidad. Necesita compañía y necesita «amor». Tendré que llevarlo a la casa de Susanna, y espero que Peter no nos arroje a los dos a la calle.

Se echó a reír.

Ah, sí, pensó él, sí que era capaz de mostrar pasión, aunque sólo fuera pasión por la justicia hacia los pisoteados.

Juntos regresaron por el sendero hasta el tílburi , y ahora él volvía a sentirse animado, alegre. Ella no era el tipo de mujer que abandonaría ni siquiera a un perro necesitado ni delegaría en otra persona sus tiernos cuidados. Seguro que ayudaría a Lizzie también, aunque no tenía ninguna obligación de hacerlo, por supuesto.

Cogió al perro de los brazos de ella, lo colocó en las manos de su asombrado mozo y la ayudó a subir al asiento del tílburi . Después colocó al perro en su regazo y ella lo acomodó ahí, bien seguro, entre la falda y los brazos.

– Creo que se ha hecho realidad una parte de su sueño, señora -dijo.

Ella lo miró un momento sin comprender y luego se rió.

– Ahora lo único que necesito es la casita rústica y la malva loca.

A él le encantaba su risa; lo hacía sentirse animado y esperanzado.

– Ese bruto no era un enclenque -dijo ella mientras él se sentaba a su lado y cogía las riendas-. Tal vez lleve el verdugón que me ha dejado con el palo en la palma unos buenos dos días. Habría gritado si hubiera estado dispuesta a darle esa satisfacción.

– ¡Diablos! -exclamó él-. ¿Le ha hecho mucho daño? Debería haberle puesto los dos ojos morados.

– Ah, no, no. La violencia no es respuesta a la violencia, nunca. Sólo engendra más.

Él giró la cabeza para sonreírle otra vez.

– Señorita Martin, es usted extraordinaria.

Y muy bien parecida, pensó, con las mejillas sonrosadas, la papalina ladeada y los ojos brillantes.

Ella se volvió a reír.

– Y a veces una tonta impulsiva. Aunque, menos mal, no he sido así desde hace años. Perrito, ¿cómo te llamas? Supongo que tendré que ponerte un nombre nuevo.

Joseph continuaba sonriendo de oreja a oreja a las cabezas de sus caballos.

La verdad, se sentía bastante hechizado por ella. Estaba claro que en ella había muchísimo más que sólo esa maestra de escuela gazmoña y severa.

CAPÍTULO 09

Desde el momento en que llegó de haber visitado a Lizzie hasta la tarde siguiente en que llegó la hora de ir a la merienda en el campo, Claudia no había tenido ni un solo ratito para reflexionar.

Estuvo ocupada unas dos horas bañando, secando, cepillando y dándole de comer al collie, que era poco más que un cachorro, tranquilizándolo cuando parecía asustado y sacándolo al jardín unas cuantas veces para que hiciera sus necesidades. Esa noche lo dejó con Edna y Flora para ir con Susanna y Peter a cenar y pasar la velada con Frances y Lucius en la casa Marshall. Después el perro durmió en su habitación, en realidad en su cama, la mayor parte del tiempo, y por la mañana la despertó temprano para volver a salir. Había descubierto, con gran alivio, que por lo menos el animal estaba entrenado para vivir en una casa. Susanna y Peter se habían mostrado extraordinariamente tolerantes ante la repentina invasión de su casa por un perro escuálido, pero podrían serlo menos si encontraban charquitos de orina en las alfombras.

Y esa era la mañana en que Edna y Flora se marchaban de la casa de Grosvenor Square para ir a sus respectivos empleos. Despedirse de ellas y luego agitar la mano mientras se alejaban en el coche de Peter, Edna llorosa y Flora insólitamente callada, fue una experiencia dolorosamente emotiva, como suelen serlo las despedidas. Esa era la parte de su trabajo que menos le gustaba.

Entonces, justo cuando ella y Susanna se estaban consolando con una taza de té, llegó Frances a hacer una inesperada visita, para decirles que Lucius y ella habían decidido marcharse a la mañana siguiente a Barclay Court, su casa en Somersetshire, para que ella pudiera tener el descanso que necesitaba y necesitaría durante el resto de su embarazo.

– Pero después tenéis que ir a visitarnos -dijo-. Las dos tenéis que venir para Pascua, y Peter también, por supuesto. Os atenderemos a los tres juntos.

– ¿Por qué sólo tres? -Preguntó Susanna, con los ojos bailando de travesura-. ¿Por qué no cuatro? Esta tarde Claudia va a dar un paseo en coche con Joseph, el marqués de Attingsborough, Frances, el segundo día seguido. Y esta noche estarán los dos en Vauxhall Gardens con el grupo de Lauren y Kit. ¿Y sabías que el motivo de que no la encontráramos en la fiesta de jardín anteayer fue que estaba navegando por el río con él?

– ¡Ah, fabuloso! -Exclamó Frances, dando una palmada-. Siempre he considerado al marqués un caballero apuesto y encantador. He de decir que encuentro difícil comprender su interés en la señorita Hunt, prejuicio personal, creo. Pero, Claudia, simplemente debes suplantarla en sus afectos.

– Pero no puede, Frances -dijo Susanna agrandando los ojos-. Eso está fuera de dudas. Algún día será duque, y sabes lo que siente Claudia por los duques.

Las dos se rieron alegremente mientras Claudia arqueaba las cejas y le acariciaba el lomo al perro, que estaba echado a su lado con la cabeza en su falda.

– Veo que os divertís muchísimo a mi costa -dijo, con la esperanza de lograr impedir que le subiera el rubor a las mejillas-. Detesto poner fin a vuestro placer, pero no hay ningún motivo romántico en que lord Attingsborough me lleve a pasear en su coche o a navegar por el río. Sencillamente está interesado en la escuela y en la educación… de niñas.

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