No continuaron en el parque. Muy pronto estuvieron de vuelta en las atiborradas calles de Londres, y ahora el sol comenzaba a calentar demasiado. Pero finalmente entraron en calles más tranquilas, limpias y respetables, aunque era evidente que en ellas no residía la gente más elegante. Él detuvo el vehículo ante una casa particular, y el mozo bajó de un salto a sujetar las cabezas de los caballos. Entonces el marqués saltó a la acera y, luego de rodear el coche, le tendió una mano a ella para ayudarla a bajar.
– Espero que le caiga bien -dijo, golpeando la puerta.
Su voz revelaba nerviosismo tal vez.
Le entregó el sombrero y la fusta al criado anciano de apariencia respetable que abrió la puerta.
– Coge las cosas de la señorita Martin también, Smart -le dijo-, y comunícale a la señorita Edwards que he llegado. ¿Cómo está del reuma la señora Smart hoy?
– Mejor, gracias, milord -contestó el hombre, esperando que ella se quitara los guantes y la papalina-. Pero siempre se encuentra mejor cuando el tiempo es seco.
Se llevó las prendas de abrigo y al cabo de unos minutos volvió para informar que la señorita Edwards estaba en el salón con la señorita Pickford. Entonces se dio media vuelta y subió la escalera delante de ellos.
La señorita Edwards resultó ser una damita baja, bonita y de aspecto malhumorado, que era muy mayor para ser Lizzie. Salió a recibirlos a la puerta del salón.
– No ha tenido un buen día hoy, milord -dijo, haciéndole una reverencia al marqués y mirándola a ella de reojo.
Detrás de ella el salón se veía bastante oscuro pues estaban cerradas todas las cortinas de las ventanas. En el hogar ardía un fuego.
– ¿No? -dijo él, pero a Claudia le pareció que estaba más impaciente que preocupado.
– ¿Papá? -Dijo una voz desde el salón-. ¿Papá? -repitió con más alegría, toda entusiasmo.
La señorita Edwards se hizo a un lado, con las manos cogidas junto a la cintura.
– Levántate y hazle una reverencia al marqués de Attingsborough, Lizzie -dijo.
Pero la niña ya estaba de pie, con los brazos extendidos hacia la puerta. Era pequeña, delgada y pálida, con el pelo moreno y ondulado suelto a la espalda, hasta la cintura. Su cara resplandecía de alegría.
– Sí, estoy aquí -dijo él, atravesando el salón y cogiendo en brazos a la pequeña.
Ella le echó los brazos al cuello y lo abrazó fuertemente.
– Sabía que vendrías. La señorita Edwards dijo que no vendrías porque es un día de sol y tendrías miles de cosas que hacer más importantes que venir a verme. Pero siempre dice eso y tú siempre vienes cuando has dicho que vendrás. Papá, hueles bien. Siempre hueles bien.
– Especialmente para ti -dijo él. Le desprendió los brazos del cuello, le besó las dos manos y se las soltó-. Señorita Edwards, ¿por qué está encendido el fuego en el hogar?
– Temí que Lizzie pudiera haber cogido un enfriamiento después de que usted la sacara al jardín anoche, milord.
– ¿Y por qué la oscuridad? ¿No hay ya bastante oscuridad en la vida de Lizzie?
Pero ya había llegado a largas zancadas a las ventanas y estaba descorriendo las cortinas. La sala se inundó de luz. Entonces abrió de par en par las ventanas.
– El sol entraba muy directo, milord -dijo la señorita Edwards-. Quería proteger los muebles, no fuera que perdieran el color.
Él volvió al lado de su hija y, mirando hacia Claudia, le rodeó los hombros con un brazo.
– Lizzie, he traído a una persona para que te conozca. Es la señorita Martin, amiga mía. Señorita Martin, permítame que le presente a mi hija, Lizzie Pickford.
La niña tenía algo raro en los ojos, había observado Claudia tan pronto como él abrió las cortinas. Uno estaba medio cerrado; el otro más abierto, pero se le agitaba el párpado y el ojo parecía vagar.
Lizzie Pickford era ciega y, si no se equivocaba, lo era de nacimiento.
– Lizzie -dijo la señorita Edwards-, haz tu reverencia a la señorita Martin.
– Gracias, señorita Edwards -dijo el marqués-. Puede tomarse un descanso. No se la necesitará hasta dentro de una hora o más.
– Lizzie Pickford -dijo Claudia, acercándose a la niña, cogiéndole la pequeña y delgada mano caliente y dándole un suave apretón-. Encantada de conocerte.
– ¿Señorita Martin? -preguntó la niña, volviendo la cara hacia su padre.
– Tuve el placer de visitarla la semana pasada cuando estuve unos días lejos de ti, y después de acompañarla a Londres. Tiene una escuela en Bath. ¿No le vas a ofrecer un asiento y a mí otro, puesto que hemos venido a visitarte? Ya me duelen las piernas de tanto estar de pie.
La niña se rió, con una risa alegre, infantil.
– Vamos, papá tonto, que no has venido a pie. Has venido en coche, en tu tílburi . Era más de un caballo, los oí. Le dije a la señorita Edwards que habías llegado, pero ella dijo que no había oído nada y que no debía hacerme esperanzas ni ponerme febril. No estás cansado de estar de pie. Y la señorita Martin tampoco. Pero me alegra que hayas venido, y espero que te quedes aquí para siempre, hasta la hora de acostarme. Señorita Martin, tome asiento, por favor. Papá, ¿quieres sentarte? Yo me sentaré a tu lado.
Mientras Claudia elegía el sillón más alejado del fuego ya moribundo, la niña se sentó en un sofá al lado de él; entonces le cogió la mano, entrelazó los dedos con los suyos y frotó la mejilla en su manga, justo por debajo del hombro.
Él le sonrió con tanta ternura que Claudia se avergonzó de lo que había pensado en el camino. Era evidente que él sabía muchísimo sobre el amor.
– La escuela de la señorita Martin es sólo para niñas -le explicó él a su hija-. Es un lugar encantador. Aprenden muchas cosas, por ejemplo historia, matemáticas y francés. Hay una sala de música llena de instrumentos y las niñas reciben clases particulares. Cantan en un coro. Hacen punto.
Y no había habido ni una ciega jamás, pensó Claudia. Recordó cuando él le preguntó si alguna vez había pensado en acoger a niñas con discapacidades. ¿Cómo se le enseña a una niña ciega?
– Cuando oí el violín esa vez contigo, papá -dijo la niña-, mi madre dijo que nunca debía haber uno en esta casa porque su sonido le producía dolor de cabeza. Y cuando canto las canciones que me enseñó la señora Smart, la señorita Edwards dice que le causo dolor de cabeza.
– Creo que la señorita Edwards comienza a producirme jaquejas, Lizzie.
Ella se rió alegremente.
– ¿La envío a trabajar para otra persona? -le preguntó él.
– Sí -contestó ella sin vacilar-. Ay, sí, papá, por favor. ¿Y esta vez vendrás tú a vivir conmigo?
Él miró a Claudia y ella captó una expresión de desolación en sus ojos.
– Ojalá fuera posible -dijo-, pero no lo es. Pero vengo a verte todos los días cuando estoy en Londres. ¿Cómo podría no venir cuando tú eres mi persona favorita de todo el ancho mundo? Seamos educados e incluyamos a la señorita Martin en nuestra conversación, ya que la he traído para que te conozca.
La niña volvió la cara hacia ella. Se veía terriblemente necesitada de aire, sol y ejercicio.
– ¿Lee historias en su escuela, señorita Martin? -le preguntó amablemente.
– Claro que sí. Mis niñas aprenden a leer tan pronto como llegan ahí si no han aprendido antes, y leen muchos libros durante los años que están conmigo. Pueden elegir entre los numerosos libros que tenemos en la biblioteca. Una biblioteca es un lugar donde hay estantes y más estantes llenos de libros.
– Tantas historias en un mismo lugar -dijo la niña-. Mi madre no podía leerme historias porque no sabía leer, aunque mi papá le dijo muchas veces que le enseñaría si quería. Y la señora Smart no sabe leer. El señor Smart sí sabe, pero no lee para mí. La señorita Edwards sí porque es una de las cosas que mi papá le dijo que debía hacer cuando llegó para hacerme compañía, pero no elige historias interesantes. Lo sé por la forma como las lee. Tiene una voz monótona. Me hace bostezar.
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