Él tenía pensado seguir la carrera de leyes. Ella recordaba lo asombrado que se sintió esa tarde cuando llegó a la casa el abogado escocés, y después su entusiasmo y felicidad.
En ese momento ella intentó sentirse feliz por él y con él, aunque también sintió un escalofrío de temor, temor que estaba totalmente justificado, como lo demostrarían los hechos después.
«La culpa fue de las circunstancias.»
Tal vez él tenía razón. Sólo era un niño cuando fue arrojado a un mundo tan diferente a aquel en que se había criado que igual podría haber sido otro universo. Pero no había disculpa para la crueldad, fuera cual fuera la edad del que la cometió.
Y él fue cruel, muy cruel.
– Deberíamos haber continuado escribiéndonos después de la muerte de tu padre -continuó él-. Te he echado de menos, Claudia. No sabía cuánto hasta que volví a verte anoche.
¿De verdad lo había olvidado? Era asombroso: «deberíamos haber continuado escribiéndonos».
Vio que ya estaba cerca la señorita Hunt, cogida del brazo del marqués, toda ella amables sonrisas, con los ojos fijos en Charlie; ella bien podría no estar allí.
– Excelencia -exclamó entonces la señorita Hunt-, una fiesta encantadora, ¿no le parece?
– Acaba de volverse más encantadora aún, señorita Hunt -dijo él, sonriendo y haciendo una venia.
Joseph se encontró ante un dilema. La señorita Martin iba caminando con McLeith. ¿Necesitaría que la rescatara otra vez, como lo necesitó esa noche pasada? Pero ¿por qué debería sentirse responsable de ella? No era una violeta que se fuera a marchitar; era muy capaz de librarse de la compañía de McLeith si quería.
Además, había tenido la esperanza de no encontrársela otra vez esa tarde. Ya se había puesto en vergüenza en el río; no sabía muy bien qué fue lo que se apoderó de él. Y ahora, ella volvía a tener esa actitud severa e inasequible: parecía la quintaesencia de la maestra de escuela solterona, no el tipo de mujer con la que él esperaría compartir una chispa de excitación sexual.
¿Debía detenerse para ver si ella daba alguna señal de que se sentía molesta con su acompañante? ¿O debía simplemente saludarla con un gesto de la cabeza y continuar su camino? Pero le arrebataron la decisión. Le quedó claro que Portia ya conocía al duque, pues le habló tan pronto como estuvieron lo bastante cerca para ser oída.
– Me halaga, excelencia -dijo ella, en respuesta al cumplido del duque-. He navegado por el río con el marqués de Attingsborough. Ha sido muy agradable, aunque la brisa ha refrescado demasiado ahí y el sol está tan fuerte que puede dañarte la piel.
– Pero no la suya, señorita Hunt -dijo el duque-. Ni siquiera el sol tiene ese poder.
Mientras tanto, Joseph había captado la mirada de la señorita Martin. Medio arqueó las cejas y ladeó ligeramente la cabeza hacia McLeith, preguntando: «¿Necesita ayuda?» Ella agrandó los ojos un instante y negó casi imperceptiblemente con la cabeza, contestando: «No, gracias».
– Es usted muy amable, excelencia -dijo Portia-. Vamos de camino a la terraza para merendar. ¿Ha comido?
Hace una hora o más, pero de repente vuelvo a sentirme muerto de hambre. ¿Tienes hambre, Claudia? ¿Y te han presentado a la señorita Hunt?
– Sí -contestó ella-. Y aun no he comido esta tarde, aunque no tengo hambre.
– Debe venir a comer, entonces -dijo la señorita Hunt dirigiéndose a McLeith-. ¿Está disfrutando de estar en Inglaterra otra vez, excelencia?
Y de pronto los cuatro se encontraron caminando en dirección a la casa, aunque emparejados de otra manera. La señorita Hunt iba algo más adelante con McLeith, y él los seguía con la señorita Martin.
Se cogió las manos a la espalda y se aclaró la garganta. No iba a permitir que otra vez descendiera sobre ellos un incómodo silencio.
– Cuando hablamos antes olvidé preguntarle si había hablado con la señorita Bains y la señorita Wood.
– Sí, y tal como usted sospechaba, estaban extasiadas. Están ansiosas de que llegue mañana para poder ir a las entrevistas. No prestaron la menor atención a mis advertencias. De hecho, me demostraron que mis enseñanzas han tenido un éxito total. Saben pensar por sí mismas y tomar sus decisiones. Yo debería sentirme extasiada también.
Él se rió, en el mismo momento en que la señorita Hunt se reía de algo que le dijo McLeith. La pareja caminaba más rápido que ellos.
– ¿Va a acompañarlas a las entrevistas? -preguntó.
– No -suspiró ella-. No, lord Attingsborough. Una profesora, igual que una madre, ha de saber cuándo dejar libres a sus alumnas para que se forjen su propio camino en la vida. Nunca abandonaría a mis niñas de no pago, pero tampoco las tendría sujetas por una cuerda conductora toda su vida. Aunque esta mañana estaba dispuesta a hacer justamente eso, ¿verdad?
Joseph vio que los otros dos ya estaban bastante lejos, así que podía hablar sin temor a que lo oyeran.
– ¿Necesitaba que la rescatara? -preguntó.
– Ah, no, de verdad que no. Tampoco lo necesitaba anoche, en realidad; simplemente fue la conmoción de verlo tan de repente después de tantos años.
– ¿Se separaron enemistados?
– Nos separamos como los mejores amigos. -Ya habían entrado en uno de los senderos pavimentados que pasaban por entre los cuadros de flores, y por tácito acuerdo enlentecieron los pasos hasta finalmente detenerse-. Estábamos comprometidos. Ah, de modo no oficial, cierto, él tenía dieciocho años y yo diecisiete. Pero estábamos enamorados, tal vez como sólo pueden estarlo las personas que son muy jóvenes. Él iba a volver a buscarme.
Él la miró tratando de ver a la chica romántica que debió ser en ese tiempo e imaginarse las lentas fases por las que llegó a ser la mujer severa y disciplinada que era en la actualidad, al menos la mayor parte del tiempo.
– Pero no volvió -dijo.
– No. No volvió. Pero todo eso ya es historia. Éramos sólo unos niños. Y cuánto podemos exagerar e incluso distorsionar las cosas en la memoria. Él sólo recuerda que nos criamos en una intimidad de hermanos, y tiene bastante razón. Fuimos amigos y compañeros de juegos durante años antes de imaginarnos que estábamos enamorados. Tal vez yo he exagerado esas cosas y esas emociones en mis recuerdos. Sea como sea, no tengo ningún motivo para evitarlo ahora.
Y, sin embargo, pensó él, McLeith le había destrozado la vida. Ella no se casó. Aunque, ¿quién era él para hacer ese juicio? Ella había hecho cosas estupendas con su vida; y tal vez un matrimonio con McLeith no habría resultado ni la mitad de bien para ella.
– ¿Ha estado enamorado, lord Attingsborough? -le preguntó ella entonces.
– Sí. Una vez, hace mucho tiempo.
Ella lo miró fijamente.
– ¿Y no resultó? ¿Ella no lo amaba?
– Yo creo que me amaba. En realidad, sé que me amaba. Pero no quise casarme con ella. Tenía otros compromisos. Ella lo debe de haber comprendido al final. Se casó con otro y ahora tiene tres hijos y vive, espero, muy feliz.
Hermosa y dulce Barbara, pensó. Ya no la amaba, aunque sentía una cierta ternura siempre que la veía, lo que ocurría con bastante frecuencia puesto que alternaban en los mismos círculos. Y a veces, incluso ahora, creía ver en sus ojos una expresión de herida perplejidad cuando lo miraba. Nunca le había dado una explicación sobre el aparente enfriamiento de sus sentimientos. Todavía no sabía si debería habérselo dicho. Pero ¿cómo podría haberle explicado la llegada de Lizzie a su vida?
– ¿Otros compromisos? -preguntó ella-. ¿Más importantes que el amor?
– «Nada» es más importante que el amor. Pero hay diferentes clases y grados de amor y a veces hay conflictos y uno tiene que elegir el amor mayor, o la obligación mayor. Si hay suerte, son uno y lo mismo.
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