Mary Balogh - Simplemente Perfecto

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Alto, moreno y exquisitamente sensual, él es la personificación de la perfección masculina. No es que Claudia Martin esté buscando un amante. Ni un esposo. Como propietaria y directora de la academia de la señorita Martin en Bath, hace mucho que se resignó a vivir sin amor. Hasta que Joseph, marqués de Attingsborough, llega sin previo aviso y la tienta a arrojar por la borda toda una vida de decencia por una aventura que sólo puede conducirle a la ruina.
Joseph tiene sus propias razones para buscar a Claudia. Inmediata e irresistiblemente atraído por la delicada profesora, se embarca en un plan de seducción que los llevará a ambos a anhelar algo más. Pero, como heredero de un prestigioso ducado, se espera que Joseph continúe con el legado de la familia. Y Claudia sabe que no hay lugar para ella en su mundo.
Ahora, dicho mundo está a punto de verse sacudido por el escándalo. Un matrimonio concertado, un secreto que conmocionará a la sociedad y un hombre proveniente del pasado de Claudia, conspiran para separar a los amantes. Pero Joseph está decidido a hacer suya a Claudia a toda costa. Aunque ello signifique desafiar toda convención y romper toda regla por un amor que representa todo cuanto siempre ha deseado; un amor que es perfecto tal como es…

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Echó a caminar hacia el cenador rodeado de rosales.

Deseaba ardientemente no volver a ver nunca más al marqués de Attingsborough.

¡Menudas vacaciones!

CAPÍTULO 07

– ¡Claudia!

Aún no había llegado al cenador cuando oyó su nombre; al girar la cabeza vio a Susanna caminando a toda prisa hacia ella desde la terraza. Peter venía a cierta distancia más atrás con los vizcondes Ravensberg y Charlie.

– ¿Dónde estabas? -Le preguntó Susanna cuando ya estaba cerca-. Te andábamos buscando. Frances se sentía cansada y Lucius la ha llevado a casa.

Ah, siento mucho no haberme despedido de ellos. Estuve abajo, en el río.

– ¿Lo has pasado bien?

– Aquello es maravilloso -contestó Claudia. Titubeó un momento-. En realidad estuve navegando por el río. El marqués de Attingsborough tuvo la amabilidad de darme un paseo en uno de los botes.

– Qué simpático. Es un caballero amable y encantador, ¿verdad? Se merece lo mejor en la vida. No sé si lo obtendrá con la señorita Hunt.

– ¿La señorita Hunt? -preguntó Claudia, recordando a la altiva y bella dama vestida toda de blanco que la trató con esa glacial educación sólo hacía un rato.

Susanna arrugó la nariz.

– Es «la» señorita Hunt -dijo, y al ver en su cara que no entendía, explicó-: La señorita «Portia» Hunt. Aquella con la que Lucius estuvo casi a punto de casarse en lugar de Frances. Y ahora Lauren dice que Joseph se va a casar con ella. Claro que hacen una hermosa pareja.

Sí que formaban una bella pareja, concedió Claudia. Vamos, caramba, pues sí. Se sintió tonta, como si todas las personas que estaban a la vista conocieran los absurdos sueños a los que se había entregado cuando estaban en el río. Normalmente la señorita Claudia Martin no era dada a soñar despierta, y mucho menos a tener sueños absurdos, y menos aún «románticos».

– Pero, Claudia -continuó Susanna, sonriendo cálidamente cuando el resto de su grupo llegó hasta ellas-, hemos tenido una larga conversación con el duque de McLeith, y nos ha contado que os criasteis juntos casi como hermanos.

Todos estaban sonriendo, felices por ella, obviamente.

Charlie sonreía de oreja a oreja.

– Claudia -dijo él-, hemos vuelto a encontrarnos.

– Buenas tardes, Charlie -dijo ella. ¡Como hermanos, desde luego!

– Qué maravilloso que se hayan vuelto a encontrar ahora -dijo lady Ravensberg-, cuando hace años que no ha estado en Inglaterra, excelencia, y la señorita Martin ha venido a la ciudad para estar sólo una o dos semanas.

– No puedo creer en mi buena suerte -dijo Charlie.

– Con Kit estamos organizando un grupo para ir a Vauxhall Gardens pasado mañana por la noche -continuó la vizcondesa-. Nos encantaría que los dos pudieran venir con nosotros. Susanna y Peter ya han dicho que sí. ¿Vendrá usted también, señorita Martin?

¡Vauxhall Gardens! Era un lugar que Claudia siempre había deseado conocer. Tenía fama por sus diversiones nocturnas al aire libre, con conciertos, baile, fuegos artificiales, buena comida, senderos iluminados con linternas para caminar. Decían que era una experiencia mágica inolvidable.

– Me encantaría -dijo-. Gracias.

– ¿Y su excelencia?

– Son ustedes muy amables -dijo él-. Estaré encantado.

Ese día Claudia sintió menos conmoción al verlo. Era casi inevitable que volvieran a encontrarse, había comprendido esa mañana cuando despertó. Y tal vez estaba bien que hubiera ocurrido. El pasado lejano nunca había sido exorcizado del todo; tal vez ahora lo sería y por fin podría dejar atrás los recuerdos.

– Ah, estupendo -exclamó lady Ravensberg-. Nuestro grupo está completo entonces, Kit. Vendrán Elizabeth y Lyndon, Joseph y la señorita Hunt y Lily y Neville. Ah, y Wilma y George también.

Estupendo, desde luego, pensó Claudia, con pesarosa ironía. Así que volvería a verlo después de todo, al marqués de Attingsborough. Bueno, simplemente tendría que fruncir el ceño, parecer severa y hacerlo creer que debió equivocarse cuando estaban en el río. Y esas dos últimas personas que nombró la vizcondesa tenían que ser la condesa y el conde de Sutton. En realidad se había metido en el fuego con su entusiasta aceptación de la invitación, pero ya era demasiado tarde para retirarla.

Además, deseaba muchísimo ver Vauxhall Gardens, así que, ¿por qué no ir? Iría acompañada de amigos.

– Claudia -dijo Charlie-, ¿te apetecería dar un paseo conmigo?

Todos les sonrieron felices cuando se apartaron del grupo, se abrieron paso por entre los invitados, algunos de los cuales lo saludaron a él, y tomaron la dirección hacia el río.

– ¿Vives en Bath? -le preguntó él, ofreciéndole el brazo, aunque ella no se lo cogió.

¿No sabía nada de ella, entonces? Pero ella tampoco sabía nada de él. Nada que le hubiera ocurrido después de la muerte de su padre en todo caso.

– Sí. Tengo una escuela ahí y la dirijo. Es muy próspera. Todos mis sueños se han hecho realidad. Soy muy feliz.

¿Y qué tal había quedado eso como respuesta a la defensiva a su pregunta?

– ¡Una escuela! Bien hecho, Claudia. Pensé que eras institutriz.

– Lo fui durante un corto tiempo. Pero luego aproveché una oportunidad para abrir mi propio establecimiento, para poder gozar de más independencia.

– Me sorprendió saber que habías tomado un empleo. Creía que te casarías. Tenías muchos admiradores y aspirantes a pretendientes, recuerdo.

Ella sintió un ramalazo de rabia, cuando acababan de tomar el largo sendero en pendiente. Pero había cierta verdad en sus palabras. Aparte de su modesta dote, había sido una chica bastante bonita y en su naturaleza había algo que atraía a los jóvenes del vecindario. Pero en ese tiempo no tenía ojos para ninguno de ellos, y después que Charlie se marchó, o, mejor dicho, desde que recibió la última carta que él le escribió menos de un año después, renunció hasta a la sola idea de casarse. Su decisión le causó pena a su padre, lo sabía; a él le habría gustado tener nietos.

– ¿Sabías que Mona murió? -preguntó Charlie.

– ¿Mona? -repitió ella una fracción de segundo antes de caer en la cuenta de que se refería a su esposa.

– La duquesa. Murió hace más de dos años.

– Lo siento -dijo ella.

Durante un tiempo había llevado ese nombre escrito en el corazón como grabado con un instrumento afilado: lady Mona Chesterton. Él se casó con ella justo antes que muriera su padre.

– No tienes por qué sentirlo -dijo él-. No fue un matrimonio particularmente feliz.

Claudia sintió otro ramalazo de ira, en nombre de la duquesa difunta.

– Charles está en el colegio en Edimburgo -continuó él-. Mi hijo -explicó cuando ella giró la cabeza para mirarlo-. Tiene quince años.

Vaya, caramba, sólo tres años menos de los que tenía él cuando se marchó de casa. Cómo pasaba el tiempo.

Vio que el marqués de Attingsborough y la señorita Hunt iban subiendo el sendero desde el río. No tardarían en encontrarse.

Deseó no haber dejado nunca la tranquilidad de su escuela. Aunque medio sonrió al pensarlo. ¿Tranquilidad? La vida de la escuela no ofrecía lo que se dice tranquilidad, pero al menos ahí siempre se sentía más o menos al mando.

– Lo siento, Claudia -dijo Charlie-. En realidad no sabes nada de mi vida, ¿verdad? Tal como yo no sé nada de la tuya. ¿Cómo pudimos distanciarnos tanto? Hubo un tiempo en que éramos casi como hermanos, ¿verdad?

Ella apretó los labios. Cierto, una vez, mucho, mucho tiempo atrás, habían sido como hermanos. Pero no hacia el final.

– Pero no fue culpa tuya que yo me marchara de casa para no volver jamás, ¿verdad? -continuó él-. Ni culpa mía tampoco; la culpa fue de las circunstancias. ¿Quién podría haber predicho que dos hombres y un niño, a ninguno de los cuales yo conocía, iban a morir con un intervalo de sólo cuatro meses, dejándome con el título McLeith y las propiedades que iban con él?

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