Susanna ladeó la cabeza y la miró atentamente.
– Amable. Eso es lo que dijiste en el desayuno y yo rechacé esa palabra y también la rechazo ahora. ¿Por qué no habría de llevarte a dar un paseo en coche? Debéis tener casi la misma edad, y disfruta de tu compañía. Eso lo demostró antenoche cuando se sentó a tu lado en el concierto y luego te llevó a cenar antes que Peter lograra encontrarte para llevarte a nuestra mesa. Y ayer te acompañó a casa desde el despacho del señor Hatchard, durante la fiesta de jardín te llevó a navegar por el río y después estaba sentado contigo en el cenador. Allí te encontramos cuando te buscábamos para traerte a casa. No debes hablar de su interés como si fuera simple amabilidad, Claudia. Eso es menospreciarte.
– Ah, pues muy bien. Creo que ha concebido una violenta pasión por mí y está a punto de suplicarme que sea su marquesa. Podría acabar siendo duquesa, Susanna. Bueno, eso sí es una idea.
Susanna se rió.
– Preferiría verlo casado contigo que con la señorita Hunt. Aun no se ha anunciado su compromiso, y hay algo en ella que no me gusta, aunque no sabría explicar el qué. Oigo ruido abajo; debe de haber llegado Joseph.
Y había llegado. Cuando bajó con Susanna él estaba en el vestíbulo conversando con Peter. Las saludó con una sonrisa.
Estaba, cómo no, tan apuesto como siempre y amedrentadoramente viril con una chaqueta verde oscuro, pantalones beis y botas hessianas ribeteadas de blanco. Al menos sus colores combinaban bien con los de ella, pensó Claudia, irónica. Se había puesto el tercero y último de sus vestidos nuevos, uno de paseo verde salvia que le pareció muy elegante cuando lo compró. Y, en realidad, ¿qué más daba que se viera mucho menos espectacular que todas las damas que había conocido esos últimos días? No deseaba verse así, sino estar simplemente presentable.
Él había traído un tílburi en lugar de un coche cerrado, comprobó cuando salieron un par de minutos después. Susanna y Peter los acompañaron para despedirlos. Él la ayudó a subir al asiento para el pasajero, luego subió a sentarse a su lado y cogió las riendas de manos de su joven mozo, que entonces de un salto se situó en la parte de atrás del coche.
A su pesar, Claudia sintió una oleada de estimulante euforia. Estaba en Londres, alojada en una magnífica casa en Mayfair, y sentada en el tílburi de un caballero, con él a su lado. De hecho, sus hombros casi se tocaban; y podía oler de nuevo su colonia. Claro que no necesitaba recordar que eso no iba a ser un paseo de placer, sino que la iba a llevar a conocer a su hija, a su hija ilegítima, la hija, sin duda, de una de sus amantes. Lila Walton debió tener la razón acerca de la visita que hiciera él a la escuela. Tenía una hija y deseaba colocarla allí.
Y ya estaba absolutamente clara la naturaleza de su interés. Hasta ahí llegaban los sueños románticos.
En realidad no estaba escandalizada por la revelación que le hiciera él la tarde anterior. Sabía muy bien que los caballeros tenían sus amantes y que a veces esas amantes les parían hijos. Si las amantes y los hijos tenían suerte, ellos los mantenían también. El marqués de Attingsborough tenía que entrar en ese número, la alegraba saber. Su amante y su hija vivían en una casa que él había comprado hace muchos años. Y si decidía enviar a la niña a su escuela, bueno, no le cabía duda de que él no tendría ningún problema para pagar.
Sin embargo, pese a la existencia de una amante de mucho tiempo y madre de su hija, él cortejaba a la señorita Hunt. Ese era el estilo del mundo, como ya sabía, o al menos el estilo del mundo de él. Necesitaba esposa y herederos legítimos, y un hombre no se casa con su amante.
La alegraba muchísimo no pertenecer a ese mundo; prefería con mucho el suyo.
¿Qué pensaría la señorita Hunt acerca de la existencia de la mujer y la hija si lo supiera? Aunque claro, era muy posible que ya lo supiera.
Cuando el tílburi se puso en marcha, agitó una mano despidiéndose de Susanna y Peter y luego las juntó en la falda mientras el coche empezó a salir de la plaza. No se cogió de la barandilla que tenía al lado; no era una cobarde, y estaba resuelta a disfrutar de cada momento de esa novedad de pasear por las calles de Londres en un elegante coche abierto, mirando hacia abajo el mundo desde su elevado asiento.
– Está muy callada hoy, señorita Martin -dijo el marqués, pasados varios minutos-. ¿Ya han mantenido sus entrevistas las señoritas Bains y Wood?
– Sí. Las dos han ido esta mañana. Y las dos han tenido éxito, al menos a los ojos de ellas. Flora dijo que lady Aidan fue amabilísima con ella y después de hacerle muy pocas preguntas le contó todo acerca de Ringwood Manor en Oxfordshire y de las personas que viven ahí, y le dijo que seguro que será muy feliz ahí, puesto que la acogerán como un miembro de la familia. La última institutriz se casó hace poco, como también la institutriz anterior. Después la llevó a conocer a los niños, que le encantaron. Mañana se marchará a comenzar su nueva vida.
– ¿Y lady Hallmere fue igual de amable con la señorita Wood? -preguntó el marqués girando la cabeza para sonreírle.
Buen Dios, qué cerca estaba.
Estaba virando el coche para entrar en Hyde Park. Ella había pensado que mentía cuando le dijo a Susanna que pasearían por ahí. Tal vez sólo había dicho una media mentira.
– Le hizo muchas preguntas a Edna -contestó-, tanto acerca de ella como acerca de la escuela. ¡Pobre Edna! No es nada buena para contestar preguntas, como recordará. Pero lady Hallmere la sorprendió diciéndole que sabía lo del robo en el que mataron a sus padres dejándola huérfana. Y aunque la chica dice que lady Hallmere se mostró altiva y amedrentadora, es evidente que le causó muchísima admiración. Lord Hallmere también estaba presente y fue amable con ella. Le encantaron los niños cuando los conoció. -Exhaló un sonoro suspiro-. Así que Edna también nos dejará mañana.
– Les irá bien -le aseguró el marqués haciendo entrar el tílburi en una larga avenida que pasaba por entre ondulantes extensiones de césped y viejos y frondosos árboles-. Usted les ha dado un buen hogar y una buena educación, y les ha encontrado empleos decentes. Ahora les toca a ellas conducir el resto de sus vidas. Me cayeron bien las dos. Estarán muy bien.
Entonces la sorprendió soltando una mano de las riendas para ponerla sobre las dos que ella llevaba juntas en la falda y apretárselas. No supo si saltar de alarma o erizarse de indignación. No hizo ninguna de las dos cosas. Tuvo buen cuidado de recordar la finalidad de ese trayecto.
– ¿Su am… la madre de su hija nos espera? -preguntó.
La tarde anterior no había habido tiempo para verdaderas explicaciones. Justo cuando él acababa de decirle que la persona a quien deseaba que visitara era su hija, Lizzie, entraron Susanna y Peter en el cenador, buscándola.
– ¿Sonia? -dijo él-. Murió el año pasado justo antes de Navidad.
– Oh, lo siento.
– Gracias. Fue una época muy triste y muy difícil.
Así que ahora tenía el problema de una hija ilegítima a la que mantener y educar. Su decisión de enviarla a la escuela, aun cuando sólo tenía once años, era más comprensible aún. Durante el resto de su infancia sólo tendría que ocuparse de pagar las mensualidades de la escuela. Y probablemente después le encontraría un marido que fuera capaz de mantenerla el resto de su vida.
¿Qué fue lo que dijo ayer? Frunció ligeramente el ceño, tratando de recordar. Y lo recordó: «"Nada" es más importante que el amor». Había acentuado la primera palabra, pero ella dudaba de que hubiera verdadera convicción en esas palabras. ¿Tal vez la niña se había convertido en una carga, una molestia, para él?
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