– ¿Y lo fueron en su caso? -preguntó ella, ceñuda.
– Ah, sí.
Entonces ella miró hacia los cuadros de flores y los muchos grupos de invitados como si hubiera olvidado donde estaba.
– Perdone -dijo-, le estoy impidiendo ir a merendar. De verdad no tengo hambre. Creo que iré al cenador de los rosales. Aun no lo he visto.
Era su oportunidad para escapar, pensó él. Pero descubrió que ya no deseaba escapar de ella.
– La acompañaré si me lo permite -dijo.
– Pero ¿no debería estar con la señorita Hunt?
Él arqueó las cejas y se acercó un poco más a ella.
– ¿Debería?
– ¿No se va a casar con ella?
– Ah, las noticias viajan con el viento. Pero no tenemos por qué vivir el uno a la sombra del otro, señorita Martin. No funciona así la buena sociedad.
Ella miró hacia la terraza, al otro lado del jardín formal, donde estaban McLeith y la señorita Hunt junto a una de las mesas cada uno con un plato en la mano.
– La buena sociedad suele ser un misterio para mí -dijo-. ¿Por qué uno elegiría no pasar todo el tiempo posible con el ser amado? Pero, por favor, no conteste. -Volvió a mirarlo a los ojos y levantó una mano, abierta-. Creo que no deseo oír que renunció a un amor hace años y ahora está dispuesto a casarse sin amor.
Sí que era franca, tremendamente. Debería enfadarse con ella; pero se sintió divertido.
– El matrimonio es otra de esas obligaciones del rango -dijo-. Cuando uno es muy joven sueña con tener las dos cosas: amor y matrimonio. Con los años uno se vuelve más práctico. Es prudente casarse con una mujer del mismo rango, del mismo mundo. Eso hace la vida mucho más fácil.
– Eso es exactamente lo que hizo Charlie. -Movió la cabeza como si la asombrara haber reconocido eso en voz alta-. Voy a ir al cenador de las rosas. Puede venir conmigo si quiere. O puede ir a reunirse con la señorita Hunt. De ninguna manera debe sentirse responsable de hacerme compañía.
– No, señorita Martin. -Ladeó la cabeza y la miró con los ojos entrecerrados para evitar deslumbrarse con el sol-. Sé que es absolutamente capaz de cuidar de sí misma. Pero aún no he visto ese cenador y creo que tengo más apetito de rosas que de comida. ¿Me permite acompañarla?
A ella se le curvaron las comisuras de los labios y entonces sonrió francamente; acto seguido se dio media vuelta y tomó un sendero en diagonal por entre los parterres en dirección al cenador.
Y ahí pasaron la media hora siguiente de la fiesta de jardín, mirando las rosas, una por una, acercando las caras para oler algunas, intercambiando saludos con conocidos, por lo menos él, y finalmente se sentaron en un asiento de hierro forjado bajo un arco de rosas, a contemplar toda la belleza, inspirar el aire fragante, escuchar la música y hablar muy poco.
Le resultaba posible estar sentado en silencio con la señorita Martin, ahora que había desaparecido la incomodidad que sintiera en el río. Con casi todos los demás se habría visto obligado a mantener viva la conversación, incluso con la señorita Hunt. ¿Sería siempre así, o el matrimonio producía tal estado de alegría por la compañía mutua que la pareja podía satisfacerse con un silencio compartido?
– El silencio -dijo al fin- no es la ausencia de todo, ¿verdad? Es algo muy definido en sí mismo.
– Si no fuera algo muy definido no lo evitaríamos tan asiduamente la mayor parte de nuestra vida. Nos decimos que tenemos miedo de la oscuridad, del vacío, del silencio, pero es de nosotros mismos que tenemos miedo.
Él giró la cabeza para mirarla. Estaba sentada con la espalda muy recta, sin tocar el respaldo del asiento, los pies juntos en el suelo y las manos apoyadas en la falda, una sobre la otra con las palmas hacia arriba, postura con la que él ya estaba bastante familiarizado.
El ala algo caída de su pamela no le ocultaba del todo los severos contornos de su cara vista de perfil.
– Eso lo encuentro horroroso. ¿Somos seres tan desagradables, entonces?
– No, no, nada de eso. Todo lo contrario. Si viéramos la grandeza de nuestro verdadero ser, creo que también veríamos la necesidad de vivir de acuerdo a lo que somos realmente. Y la mayoría somos tan perezosos que no lo hacemos; o lo pasamos tan bien gozando de nuestra vida nada perfecta que no nos tomamos la molestia.
Dado que no le contestó de inmediato, volvió la cara hacia él.
– Entonces cree en la bondad esencial de la naturaleza humana -dijo él-. Es una optimista.
– Ah, siempre -concedió ella-. ¿Cómo soportaríamos la vida si no lo fuéramos? Hay muchísimas cosas por las cuales deprimirnos, las suficientes para llenar a rebosar toda una vida. Pero ¡qué desperdicio de vida! Hay por lo menos la misma cantidad de cosas por las cuales sentirnos felices, y es muchísima la alegría que se experimenta trabajando en pos de la felicidad.
– Entonces, ¿el silencio y… y la oscuridad contienen felicidad y alegría? -dijo él en voz baja.
– Sin duda, siempre que uno escuche realmente el silencio y mire la oscuridad en profundidad. Todo está ahí. Todo.
En ese momento él tomó una decisión. Desde que decidió visitarla en Bath, y sobre todo desde que recorrió la escuela guiado por ella y conversó con la señorita Martin en el camino a Londres, había tenido la intención de llevar el asunto más lejos. Y ese era tan buen momento como otro cualquiera.
– Señorita Martin -dijo-, ¿tiene algún plan para mañana? ¿Por la tarde?
– No sé qué planes tiene Susanna. ¿Por qué lo pregunta?
– Quisiera llevarla a un sitio.
Ella lo miró interrogante.
– Tengo una casa en la ciudad. No es la casa en que vivo, aunque está en una calle tranquila y respetable. Es donde…
– Lord Attingsborough -dijo ella, en ese tono que sin duda hacía temblar hasta a la más intrépida de sus alumnas siempre que lo empleaba en la escuela-, ¿adónde exactamente sugiere llevarme?
Ay, Dios, como si…
– No voy a…
Mientras él decía esas tres palabras ella hizo una brusca inspiración y se le hinchó el pecho. Se veía amedrentadora por decirlo suave.
– ¿He de entender, señor, que esa casa es donde mantiene a sus amantes?
Plural. Como un harén.
Se apoyó en el respaldo resistiendo el repentino deseo de aullar de risa. ¿Cómo había podido ser tan torpe para dar pie a ese malentendido? Su elección de las palabras estaba resultando desastrosa ese día.
– Debo confesar -dijo- que compré esa casa justamente para esa finalidad, señorita Martin. Eso fue hace muchos años. En esa época yo era un jovenzuelo fanfarrón.
– ¿Ya esa casa desea llevarme?
– No está desocupada. Deseo que conozca a la persona que vive ahí.
– ¿Su amante?
Parecía un verdadero cuadro de estremecida indignación. Y una parte de él seguía divertida por el malentendido. Pero no era divertido en absoluto.
Ah, no tenía nada de divertido.
– No es mi amante, señorita Martin -repuso en voz baja, desvanecida su sonrisa-. Lizzie es mi hija. Tiene once años. Deseo que la conozca. ¿Querrá venir? ¿Por favor?
Claudia se echó otra mirada en el espejo de cuerpo entero del vestidor y, poniéndose los guantes, se giró hacia la puerta. Se sentía algo cohibida porque Susanna estaba ahí.
– Lamento no poder ir de visita contigo esta tarde, Susanna -dijo en tono enérgico, no por primera vez.
– No, no lo lamentas -contestó su amiga, sonriendo traviesa-. Prefieres con mucho ir a dar ese paseo por el parque en coche con Joseph. Yo en tu lugar lo preferiría. Y hoy el día está tan soleado y cálido como ayer.
– Ha sido muy amable al hacerme el ofrecimiento -dijo Claudia.
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