Mary Balogh - Simplemente Perfecto

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Alto, moreno y exquisitamente sensual, él es la personificación de la perfección masculina. No es que Claudia Martin esté buscando un amante. Ni un esposo. Como propietaria y directora de la academia de la señorita Martin en Bath, hace mucho que se resignó a vivir sin amor. Hasta que Joseph, marqués de Attingsborough, llega sin previo aviso y la tienta a arrojar por la borda toda una vida de decencia por una aventura que sólo puede conducirle a la ruina.
Joseph tiene sus propias razones para buscar a Claudia. Inmediata e irresistiblemente atraído por la delicada profesora, se embarca en un plan de seducción que los llevará a ambos a anhelar algo más. Pero, como heredero de un prestigioso ducado, se espera que Joseph continúe con el legado de la familia. Y Claudia sabe que no hay lugar para ella en su mundo.
Ahora, dicho mundo está a punto de verse sacudido por el escándalo. Un matrimonio concertado, un secreto que conmocionará a la sociedad y un hombre proveniente del pasado de Claudia, conspiran para separar a los amantes. Pero Joseph está decidido a hacer suya a Claudia a toda costa. Aunque ello signifique desafiar toda convención y romper toda regla por un amor que representa todo cuanto siempre ha deseado; un amor que es perfecto tal como es…

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– ¡Francamente! -exclamó Wilma, cuando ella apenas se había alejado lo suficiente para no oírla-. ¡Una maestra de escuela, Joseph! Supongo que te insinuó que le gustaría ir en barca por el río y tú no pudiste negarte. Pero deberías haberte negado, ¿sabes? A veces eres simplemente demasiado bueno. Dejas que abusen de ti fácilmente.

A Joseph solía asombrarlo que él y Wilma hubieran nacido de los mismos padres y se hubieran criado en la misma casa.

– La semana pasada cuando volví de Bath acompañé a la señorita Martin. Lo hice como un favor a lady Whitleaf, que enseñaba en su escuela.

– Sí, bueno, todos sabemos que el vizconde Whitleaf se casó con una mujer muy inferior a él.

No iba a enzarzarse en una discusión con su hermana en una fiesta de jardín, así que pasó su atención a la señorita Hunt.

– ¿Le apetecería dar una vuelta por el río, señorita Hunt?

– Sí, lord Attingsborough -contestó ella, sonriéndole y permitiéndole ayudarla a subir al bote; después puso su quitasol en un ángulo que le protegía la piel del sol. Cuando él ya había alejado el bote del embarcadero, dijo-: Fue muy amable al llevar en barca a esa profesora. Es de esperar que esté agradecida, aunque he de decir en su honor que escuché cómo le dio las gracias.

– Disfruté de la compañía de la señorita Martin -dijo él-. Es una mujer inteligente. Y muy próspera.

– Pobre dama -dijo ella, como si le hubiera dicho que la señorita Martin se estaba muriendo de una enfermedad incurable-. Con lady Sutton estábamos calculando su edad. Ella afirma que debe de tener más de cuarenta años, pero yo no podría ser tan cruel. Creo que debe de tener uno o dos menos.

– Es probable que tenga razón -dijo él-. Aunque no se puede culpar a nadie por la edad que tiene, sea cual sea, ¿verdad? Y la señorita Martin tiene mucho que demostrar por los años que ha vivido, sean cuales sean.

– Ah, por supuesto, aunque tener que trabajar para vivir tiene que ser desagradablemente degradante, ¿no le parece?

– Degradante no, nunca. Posiblemente tedioso, sobre todo si uno tiene un empleo en algo que no le gusta. Pero a la señorita Martin le gusta enseñar.

– Esta es una fiesta de jardín deliciosa, ¿verdad? -dijo ella, haciendo girar su quitasol.

– Ah, pues sí -concedió él, sonriendo-. ¿Fue agradable la fiesta de anoche? Lamento habérmela perdido.

– La conversación fue muy agradable.

Él ladeó la cabeza, sin dejar de remar.

– ¿Estoy perdonado, entonces?

Ella agrandó los ojos y volvió a hacer girar el quitasol.

– ¿Perdonado? ¿De qué, lord Attingsborough?

– Por ir al concierto de los Whitleaf en lugar de a la fiesta de lady Fleming.

– Usted puede hacer lo que quiera e ir adonde le plazca. Yo no me atrevería a poner en tela de juicio sus decisiones ni aunque tuviera el derecho a hacerlo.

– Eso es muy amable por su parte, pero le aseguro que nunca pediría una compañera tan sumisa. Dos personas, por muy unidas que estén, deberían poder expresarse francamente su disgusto cuando se las provoca.

– Le aseguro, milord, que jamás soñaría con expresar disgusto por algo que un caballero decida hacer, si ese caballero tiene derecho a esperar de mí lealtad y obediencia.

Claro que había más de una manera de expresar disgusto, pensó él. Estaba la palabra franca u otras algo más sutiles, como introducir el tema de las papalinas en la conversación cuando el único hombre presente era aquel a quien debía lealtad y obediencia. Y no es que la señorita Hunt le debiera nada todavía.

– El tiempo es casi perfecto para una fiesta de jardín -dijo ella-, aunque tal vez se inclina por el lado del calor.

– Pero el calor es preferible a la lluvia -dijo él, guiñando los ojos.

– Ah, por supuesto, pero creo que unas nubes y un poco de sol en igual medida hacen el día de verano perfecto.

Entonces entablaron una conversación cómoda en que no hubo ningún momento de silencio aunque no dijeron nada de importancia. Eso último no lo preocupaba particularmente. No era diferente de muchas de las conversaciones que sostenía con diversas personas cada día. Al fin y al cabo, no todas las personas podían ser la señorita Martin.

La señorita Hunt se veía más hermosa aún hay en el río, el blanco de su vestimenta y la delicadeza de su piel en marcado contraste con el intenso verde del agua. Se sorprendió pensando, como pensó respecto a la señorita Martin, si habría pasión bajo esa innata elegancia y refinamiento de sus modales.

Eso esperaba, muy ciertamente.

Claudia subió por el sendero de la pendiente bordeado por césped hasta que tuvo a la vista el jardín de flores y la terraza. Entonces cambió de dirección y se dirigió hacia la orquesta; necesitaba serenarse antes de reunirse con sus amigas. Tenía el cuerpo y la mente agitados por emociones desagradables a las que no estaba acostumbrada. Volvía a sentirse como una jovencita, totalmente descontrolada, fuera de su centro normalmente tranquilo.

No debería haber aceptado el paseo en barca por el río. En realidad disfrutaba conversando con el marqués de Attingsborough. Parecía ser un hombre inteligente, aun cuando llevaba una vida esencialmente ociosa. Pero también daba la casualidad de que era el hombre más atractivo que había conocido, por no decir el más guapo, y desde el principio había tenido conciencia del peligro de su experimentado encanto. Aunque durante el viaje había estado consciente de su atractivo y encanto por Edna y Flora, dando por sentado que ella era inmune.

Ah, pero sí que había disfrutado del paseo en barca, tanto la euforia de ir sobre el agua y deslizar los dedos por ella como del placer de ser llevada por un hombre bien parecido. Dicha fuera la verdad, incluso se había entregado a sueños románticos. Ahí estaba ella navegando por el Támesis con un caballero con el que había compartido risas esa noche y luego esa mañana. Sí, le caía bien, le gustaba, tenía conciencia de eso.

Hasta que él dijo esas palabras: «El romance no tiene por qué ser siempre sensato».

Sabía que él no quiso decir nada con esas palabras. Sabía que no había coqueteado con ella al decirlas. Pero de repente la fantasía había dejado de estar escondida en sus pensamientos y se había reflejado en su cara un instante, un instante lo bastante largo para que él lo notara.

¡Qué horrible y absolutamente humillante!

Miró alrededor buscando un asiento para relajarse mientras escuchaba la música, pero al no ver ninguno se quedó de pie sobre el césped cerca del cenador con rosales.

Y como si no hubiera bastado con esa horrorosa vergüenza, porque el silencio de él durante la vuelta a la orilla indicaba claramente que se había fijado, luego vino lo de la presentación a los condes de Sutton y a la señorita Hunt.

El recuerdo la erizó. Se habían comportado exactamente como ella esperaba que se comportaran los aristócratas. ¡Antipáticos, con ese aire de superioridad! Sin embargo, lo más probable era que los tres sólo tuvieran algodón entre las orejas. Y dinero para derrochar. Se despreció más de lo que los despreciaba a ellos por haberse permitido sentirse ofendida por su actitud.

Aplaudió amablemente con otros pocos invitados cuando la orquesta terminó una pieza y los músicos comenzaron a ordenar las partituras para la siguiente.

Y entonces sonrió, a su pesar. La ferocidad de su indignación la divertía. Esos tres le habían dado la impresión de estar oliscando el aire como si sintieran un mal olor; pero en realidad no le habían hecho ningún daño. En todo caso, le habían hecho un favor; le dieron el pretexto para alejarse del marqués de Attingsborough; y necesitaba alejarse, sin duda. En realidad, de todos modos la haría feliz cavar un hoyo en el césped para esconder la cabeza si alguien le ofreciera una pala.

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