– Eso es insufrible. No sé cómo tiene el descaro esa mujer.
– Tal vez la recuerda como a una excelente preceptora -sugirió él-, una que no cede en sus principios ni elevados valores por dinero ni por posición.
Claudia emitió un bufido.
– Y tal vez haya crecido -añadió él.
– Las mujeres como ella no crecen -dijo Claudia-. Sólo se hacen más antipáticas.
Lo cual era ridículo e injusto, claro. Pero su antipatía por la ex lady Freyja Bedwyn era tan intensa que era incapaz de ser racional tratándose de ella.
– ¿Tiene alguna objeción en contra de lady Aidan Bedwyn también? -preguntó él, tocándose el ala del sombrero para saludar a dos damas que pasaban en dirección contraria.
– Se casó con un Bedwyn -repuso ella.
– Siempre he tenido la impresión de que es particularmente amable. Al parecer su padre era minero del carbón en Gales antes de hacer su fortuna. Ella tiene fama de ayudar a los menos afortunados. Dos de sus tres hijos son adoptados. ¿Es para ellos que necesita una institutriz?
– Para la niña, y finalmente para su hija pequeña.
– Y entonces usted va a volver a Bath con las señoritas Bains y Wood. ¿Les va a dar voz y voto en la decisión?
– No las enviaría a la servidumbre para ser desgraciadas.
– Podría ser que ellas no lo consideraran así, señorita Martin. Tal vez les entusiasme la perspectiva de ser institutrices en casas de familias tan distinguidas.
Un niño venía por la acera haciendo rodar un aro, seguido por una niñera de expresión agobiada. El marqués hizo a un lado a Claudia hasta que pasaron y se hubieron alejado bastante.
– Pequeñajo mequetrefe -comentó-. Apostaría a que prometió muy fielmente que llevaría el aro en la mano y sólo lo haría rodar cuando estuviera en el parque, con mucho espacio.
Claudia hizo una lenta inspiración.
– ¿Sugiere, lord Attingsborough, que he reaccionado precipitada e irracionalmente en el despacho del señor Hatchard?
– No, no, nada de eso. Su ira es tan admirable como su resolución de cargar con las chicas otra vez llevándolas de vuelta a Bath en lugar de colocarlas en empleos que podrían causarles desdicha.
Ella exhaló un suspiro.
– Tiene toda la razón. He reaccionado con demasiada precipitación.
Él le sonrió.
– ¿Le ha dado un no definitivo al señor Hatchard?
– Pues sí, pero él ha insistido en que no haría nada hasta mañana. Desea que las chicas tengan una entrevista con sus posibles empleadoras.
– Ah.
– Supongo que debería darles a elegir, ¿verdad?
– Si se fía de su juicio.
Ella volvió a suspirar.
– Esa es una de las cosas que nos esforzamos en enseñarles -dijo-. Buen juicio, razón, pensar por sí mismas, tomar las decisiones basándose en el sentido común y en la propia inclinación. Es más de una cosa. Tratamos de enseñar a nuestras niñas a ser adultas bien informadas y pensantes, en especial a las chicas de régimen gratuito que, a diferencia de las otras, simplemente no se casan tan pronto como salen del colegio para que sus maridos piensen por ellas el resto de sus vidas.
– Ese no es un cuadro muy halagüeño del matrimonio -dijo él.
– Pero es uno muy exacto. -Iban caminando bajo la sombra de los árboles que bordeaban la acera. Levantó la cara hacia las ramas y hojas y contempló el cielo azul de ese soleado día-. Las aconsejaré. Les explicaré que los Bedwyn, dirigidos por el duque de Bewcastle, son una familia que ha gozado de riqueza y privilegios desde hace generaciones, que son arrogantes y desprecian a los que están por debajo de ellos en la escala social, que son casi todos los mortales que existen. Les explicaré que lady Hallmere es la peor de todos. Les aconsejaré que no vayan a la entrevista sino que hagan sus maletas y vuelvan a Bath conmigo. Y entonces dejaré que ellas decidan lo que desean hacer.
De repente recordó que el pasado verano las dos chicas habían estado en Lindsey Hall con las demás niñas de régimen gratuito, con ocasión de la boda de Susanna. En realidad ya conocían al duque y a la duquesa de Bewcastle.
El marqués de Attingsborough se estaba riendo en voz baja. Lo miró con dureza. Y entonces también se echó a reír.
– Soy una tirana sólo cuando estoy furiosa -dijo-, no sólo molesta sino furiosa. Eso no ocurre con frecuencia.
– Y sospecho que cuando ocurre, se debe a que alguien ha amenazado a una de sus preciosas niñas.
– Son preciosas. Sobre todo aquellas que aparte de mí no tienen a nadie que las defienda.
Él volvió a darle una palmadita en la mano y entonces ella cayó en la cuenta de que llevaba varios minutos caminando con él sin prestar la menor atención en qué dirección iban.
– ¿Dónde estamos? ¿Este es el camino para volver a la casa de Susanna?
– Es el camino largo y el mejor -dijo él-. Pasa por Gunter's. ¿Ha probado sus helados?
– No. Pero aún no es mediodía.
– ¿Hay alguna ley que prescriba que sólo se tomen helados por la tarde? Esta tarde no habrá tiempo. Yo estaré en la fiesta que se celebra en el jardín de la señora Corbette-Hythe. ¿Asistirá usted?
Ella hizo un mal gesto para sus adentros. Se había olvidado de eso absolutamente. Con mucho preferiría quedarse en casa, pero claro, debía ir. Susanna y Frances lo esperaban de ella; y ella lo esperaba de sí misma. No le gustaba alternar en los círculos aristócratas, pero no iba a evitar asistir a esos eventos sólo porque se sentía cohibida, fuera de lugar.
Esas cosas eran mayor razón para ir.
– Sí -contestó.
– Entonces pasaremos a tomar un helado en Gunter's ahora, por la mañana -dijo él, dándole otra palmadita en la mano.
Y sin ningún motivo aparente, Claudia se rió.
¿Adónde se le había ido la furia? ¿Tal vez, por una casualidad, había sido «manipulada»? ¿O simplemente había recibido el beneficio de la sabiduría de una cabeza más fría?
¿Sabiduría?
¿En el marqués de Attingsborough?
De pronto recordó algo que hizo salir volando cualquier resto de furia que le quedara.
– Soy libre -dijo-. Acabo de informar al señor Hatchard de que ya no necesito a mi benefactor. Le he entregado una carta de agradecimiento para él.
– Ah, eso es un motivo de celebración. ¿Y qué mejor manera de celebrarlo que con uno de los helados de Gunter's?
– Si la hay, no se me ocurre cuál podría ser -concedió ella.
El jardín de la casa de la señora Corbette-Hythe en Richmond era muy amplio y estaba bellamente diseñado. Su extensión continuaba hacia abajo por la pendiente hasta la misma ribera del Támesis, y era el lugar ideal para celebrar una fiesta así con muchos invitados, y esta era particularmente multitudinaria.
Joseph conocía a casi todo el mundo, como era lo habitual en esas fiestas. Con una copa de vino en la mano fue pasando de grupo en grupo, conversando con conocidos y haciéndose, en general, el simpático, hasta alejarse para acercarse a otro.
El tiempo era ideal. Había apenas una nubécula en el cielo. El sol calentaba pero el aire continuaba fresco, perfumado con los aromas de las miles de flores que llenaban cuadros y bordes en el jardín bajo la terraza, y que ofrecían un festín de colores al observador. A un lado de la casa había un cenador cercado por rosales trepadores; junto a la puerta en arco un quinteto de cuerda tocaba música suave, que se mezclaba agradablemente con los trinos de los pájaros y los sonidos de risas y voces de conversaciones.
Cuando llegó al grupo en que estaban Lauren y Kit, descubrió que su prima acumulaba en su haber un sinfín de noticias.
– ¿Has hablado ya con Neville y Lily? -le preguntó, y sin esperar respuesta, continuó -: Gwen y la tía Clara pasarán el verano en Alvesley.
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