Mary Balogh - Simplemente Perfecto

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Alto, moreno y exquisitamente sensual, él es la personificación de la perfección masculina. No es que Claudia Martin esté buscando un amante. Ni un esposo. Como propietaria y directora de la academia de la señorita Martin en Bath, hace mucho que se resignó a vivir sin amor. Hasta que Joseph, marqués de Attingsborough, llega sin previo aviso y la tienta a arrojar por la borda toda una vida de decencia por una aventura que sólo puede conducirle a la ruina.
Joseph tiene sus propias razones para buscar a Claudia. Inmediata e irresistiblemente atraído por la delicada profesora, se embarca en un plan de seducción que los llevará a ambos a anhelar algo más. Pero, como heredero de un prestigioso ducado, se espera que Joseph continúe con el legado de la familia. Y Claudia sabe que no hay lugar para ella en su mundo.
Ahora, dicho mundo está a punto de verse sacudido por el escándalo. Un matrimonio concertado, un secreto que conmocionará a la sociedad y un hombre proveniente del pasado de Claudia, conspiran para separar a los amantes. Pero Joseph está decidido a hacer suya a Claudia a toda costa. Aunque ello signifique desafiar toda convención y romper toda regla por un amor que representa todo cuanto siempre ha deseado; un amor que es perfecto tal como es…

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Fue una especie de alivio ver caras conocidas, sobre todo que ellos la reconocieran inmediatamente y se acercaran a hablar con ella en el salón de baile. Frances y Lucius habían ido a la sala de música para estar en silencio y quietud mientras ella se preparaba para su actuación; Susanna y Peter estaban ocupados en la puerta del salón saludando a los invitados. No era cómodo estar sola en medio de una multitud, sin conocer a nadie y aparentando que en realidad estaba disfrutando de su soledad…

A pesar de su rango, le cayeron bien al instante los tíos de la vizcondesa Ravensberg; eran personas corteses, amables y se esforzaban en incluirla en la conversación. Lo mismo se podía decir del conde y la condesa de Kilbourne, que al llegar fueron a unirse al grupo. No le resultaba del todo desagradable volver a ver al marqués de Attingsborough. Al fin y al cabo él era otra cara conocida, cuando se había convencido de que no conocería a nadie en absoluto. Y claro, él estaba más apuesto que nunca con su traje de noche azul oscuro y plata, y camisa de lino blanco.

Y, lógicamente, se tomó un momento para divertirse en secreto mientras estaba con el grupo. Ni uno solo de ellos carecía de título, y ahí estaba ella en medio e incluso disfrutando bastante de su compañía. Le pondría bastante color a esa determinada parte de la velada cuando se la contara a Eleanor al volver a casa. Incluso se reiría alegremente de sí misma.

Pero de repente la diversión se le convirtió en azoramiento cuando la duquesa de Portfrey sugirió que se sentaran y el marqués le preguntó si desearía sentarse a su lado. En realidad él no tenía otra opción que hacerle ese ofrecimiento puesto que ella continuaba ahí en el grupo de su familia en lugar de haberse alejado después de intercambiar los saludos y cumplidos, como debería haber hecho.

Buen Dios, pensarían que era desmañada y que tenía muy malos modales.

Y por lo tanto se le ocurrió esa apresurada disculpa de que tenía que ir a atender algo; cosa que haría verdad, por supuesto. Iría a ver si Edna y Flora habían encontrado un lugar en la parte de atrás del salón cuando ya todos los invitados estuvieran sentados. Y se quedaría ahí con ellas, pese a las terribles consecuencias que le había prometido Peter. Edna había formado parte del coro de las menores cuando los dirigía Frances, y todo el día había estado desquiciada ante la idea de oír cantar a su venerada maestra en un concierto de verdad. Flora había estado más entusiasmada por la perspectiva de ver a tantas personas ricas e importantes reunidas en un mismo lugar, todas vestidas con sus mejores galas.

Pero no llegó muy lejos en la misión que se había impuesto. Dado que no estaba en su naturaleza acobardarse cuando se sentía cohibida, mientras se alejaba del lugar donde había estado de pie, muy cerca de la tarima para los intérpretes, adrede paseó la mirada por el público, pensando ociosamente si reconocería a alguien más.

Aunque eso lo dudaba mucho.

Pero sí que reconoció algunas caras.

Ahí, más o menos a la mitad de las filas de sillas, en el lado izquierdo del pasillo central, estaba sentada lady Freyja Bedwyn, ahora marquesa de Hallmere, en animada conversación con su hermano, lord Aidan Bedwyn, que estaba sentado a su lado, y con lady Aidan, que se encontraba más allá. También los había conocido en el desayuno de bodas de Anne en Bath. El marqués de Hallmere estaba sentado al otro lado de su esposa.

Se erizó de instantánea animosidad. Había visto varias veces a lady Hallmere desde que salió por última vez del aula de Lindsey Hall aquella memorable tarde hacía ya tanto tiempo; la más notable fue cuando lady Freyja, todavía soltera, se presentó en la escuela una mañana, como salida de ninguna parte, toda altiva y con aires de superioridad, y le preguntó si necesitaba algo que ella pudiera proporcionarle.

Todavía le subía la temperatura cuando recordaba esa mañana.

Pero solamente volver a ver a esa mujer no la habría impulsado a desandar los pocos pasos que había dado, ni a sentarse a toda prisa al lado de lord Attingsborough. Al fin y al cabo, si lo hubiera pensado, habría supuesto que por lo menos algunos de los Bedwyn estarían en la ciudad para participar en la temporada, y que alguno bien podría asistir al concierto de esa noche.

No, si las de ellos hubieran sido las únicas caras que reconoció, simplemente habría puesto rígida la espalda, apretado más los labios, alzado el mentón y continuado su camino impertérrita.

Pero sólo un segundo después de ver a lady Hallmere, sus ojos se posaron en un caballero que estaba sentado justo enfrente, al otro lado del pasillo, que la estaba mirando fijamente a «ella».

Le pareció que las rodillas se le volvían de gelatina, y el corazón le dio un vuelco y se le alojó en la garganta, o al menos eso le pareció por los latidos que sintió ahí. Cómo lo reconoció cuando no lo había vuelto a ver desde hacía más o menos la mitad de su vida, no lo sabía, pero lo reconoció, al instante.

¡Charlie!

No pasó ningún pensamiento por su cabeza, no tenía tiempo para pensar. Actuó por puro y cobarde instinto, a lo que contribuyó que lord Attingsborough se levantara a preguntarle si se sentía mal. Con desmañada prisa fue a sentarse en la silla al lado de él y, casi sin enterarse de lo que le decía, juntó las manos en la falda e intentó calmarse.

Por suerte, el concierto comenzó muy pronto y poco a poco consiguió calmar los irregulares latidos de su corazón y sentir la vergüenza por estar, después de todo, imponiendo su compañía a ese grupo familiar aristocrático. Se ordenó escuchar la música.

Así que Charlie estaba en Londres y en el concierto esa noche.

¿Y qué?

Sin duda desaparecería tan pronto como terminara el concierto. Debía sentirse tan renuente como ella a un encuentro cara a cara. O si se quedaba, no haría el menor caso de ella, por pura indiferencia. Al fin y al cabo dieciocho años son mucho tiempo. Ella tenía diecisiete la última vez que lo vio, y él un año más.

Buen Dios, si eran poco más que unos niños.

Era muy posible que ni siquiera la hubiera reconocido y simplemente la estuvieran mirando porque era una de las pocas personas que aún estaban de pie.

Cuando anunciaron a Frances y esta ocupó su lugar en la tarima, se ordenó concentrarse. Eso era lo que había esperado con más ilusión desde antes de partir de Bath, y no iba a permitir que Charlie, nada menos que Charlie, le impidiera apreciar totalmente la interpretación. Y claro, sólo pasados unos momentos ya no le hizo falta la fuerza de voluntad para concentrarse. Frances era absolutamente magnífica.

Al final del recital se puso de pie al igual que los demás para aplaudir. Cuando Frances terminó sus bises, ya no tenía conciencia de nada aparte del calorcillo que le producía el placer de haberla oído, orgullo por ella, y felicidad por estar ahí esa noche, que podría ser su última aparición en público durante un tiempo, o tal vez para siempre.

Nuevamente se giró a mirar hacia atrás cuando se acallaron los aplausos y Peter anunció que se servirían refrigerios en el salón comedor. Cerró los ojos para contener las lágrimas que casi se los llenaban. Deseaba encontrar a Susanna y ver si Edna y Flora habían podido entrar a escuchar. Deseaba alejarse antes que lord Attingsborough, lady Ravensberg u otra persona del grupo se sintiera en la obligación de invitarla a acompañarlos a tomar los refrigerios. ¡Qué humillante sería eso!

Y deseaba asegurarse de que Charlie se hubiera marchado.

Pues no.

Venía caminando resueltamente por el pasillo central, en dirección a ella, aun cuando todos los demás iban en dirección contraria. Tenía los ojos fijos en su persona y estaba sonriendo.

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