Pero había pensado en ella principalmente por otros motivos. Tenía la intención de mantener otra conversación con la señorita Martin antes que volviera a Bath, aunque tal vez esa noche no fuera el momento oportuno. Estaba elegante con ese vestido de muselina verde, observó. Su peinado era mucho más favorecedor que el que le vio en la escuela y luego en el viaje a Londres. De todos modos, cualquiera que la mirara esa noche ciertamente no la confundiría con una mujer que no fuera: una maestra de escuela. Eso tenía que ver con la disciplina que revelaba su postura, la severidad de su expresión, la total ausencia de adornos en el vestido, de rizos y de joyas.
Mientras se acercaba al grupo con Lily y Neville, ella se giró a mirarlos.
– Lily, Neville, Joseph -dijo Lauren cuando llegaron al grupo, y a eso siguieron saludos, apretones de manos y besos en las mejillas-. ¿Conocéis a la señorita Martin? Ellos son la condesa de Kilbourne, la señorita Martin, y mis primos el marqués de Attingsborough y el conde.
– Señorita Martin -dijo Neville, sonriéndole e inclinándose en una venia.
– Estoy encantada de conocerla, señorita Martin -dijo Lily, con su habitual sonrisa cálida cuando ella inclinó la cabeza y les deseó una agradable velada.
– Ya nos conocemos -dijo Joseph, tendiéndole la mano y recordando que la última vez que lo hizo cometió el error de besársela-. Tuve el placer de acompañarla desde Bath hace una semana.
– Pero claro, por supuesto -dijo Lauren.
– No te he visto desde que te marchaste a Bath, Joseph -dijo Elizabeth-. ¿Cómo está tu padre?
– Considerablemente mejor, gracias, aunque él prefiere creer que no. Está lo bastante bien para quejarse de todos y de todo. Mi madre, en cambio, parece que está disfrutando de la sociedad de Bath.
– Me alegra oír eso -dijo Elizabeth-. Sé que estaba decepcionada porque no podría venir a la ciudad este año.
– Señorita Martin -dijo Portfrey-, tanto la condesa de Edgecombe como lady Whitleaf fueron profesoras en su escuela, ¿no es así?
– Sí -contestó ella-, y todavía lamento su pérdida. Sin embargo, estoy orgullosísima de mi actual plantel de profesores.
– Christine dice que la señorita Thompson es muy feliz ahí -dijo Kit, refiriéndose a la duquesa de Bewcastle.
– Yo creo que lo es -dijo la señorita Martin-. Es evidente que nació para enseñar. Mis niñas la quieren, aprenden de ella y le obedecen sin rechistar.
– Me fascina la idea de una escuela de niñas -dijo Lily-. Debo hablar con usted en algún momento, señorita Martin. Tengo cien preguntas que hacerle.
– Que deberán esperar, cariño -dijo Neville-. Creo que el concierto está a punto de empezar.
– Entonces deberíamos ir a sentarnos -dijo Elizabeth.
– ¿Querría sentarse a mi lado, señorita Martin? -le preguntó Joseph.
Vio que ella nuevamente estaba toda gazmoña y severa.
– Gracias -repuso ella-, pero hay una cosa a la que debo ir a atender.
Él se sentó al lado de Lauren y se preparó para disfrutar. Se había enterado de que la condesa de Edgecombe no era la única que iba a actuar, aunque sí era la atracción principal. Estaba a punto de hacerle un comentario a Lauren cuando vio que la señorita Martin sólo había dado unos pasos y estaba detenida en el pasillo central, absolutamente inmóvil y, por la expresión de su cara, parecía que hubiera visto un fantasma. Se apresuró a levantarse.
– Señorita Martin, ¿se siente mal? ¿Me permite qué…?
– No -dijo ella-. Gracias. Pero me sentaré a su lado después de todo, si me lo permite. Gracias.
Diciendo eso se apresuró a sentarse en la silla desocupada al lado de él y bajó la cabeza; juntó las manos en la falda y él notó que le temblaban un poco. Eso sí era extraño, pensó, en una mujer que no parecía ser de tipo nervioso. Pero era imposible saber qué había ocurrido para perturbarla así, y ella no dio ninguna explicación.
– ¿Las señoritas Wood y Bains ya están seguras y a salvo en casa de sus empleadoras? -le preguntó, con el fin de distraerla de lo que fuera que la había alterado.
Ella lo miró un momento como si no hubiera entendido la pregunta.
– Ah, no -dijo al fin-. Todavía no. El señor Hatchard, mi agente, ha estado fuera de la ciudad. Pero ha llegado hoy, y me ha enviado una nota para informarme que puedo ir a verle mañana.
Le había vuelto un poco de color a las mejillas. Y enderezó los hombros.
– ¿Y mientras tanto ha sido bien atendida?
– Ah, sí, desde luego -contestó ella, sin decir más.
Pero el concierto estaba a punto de empezar. Whitleaf ya estaba situado frente al público sobre la tarima baja que habían instalado para los intérpretes para que todo el mundo pudiera verlos. Aquí y allá se oyeron algunos «Chss» y luego se hizo el silencio.
Comenzó el concierto.
A Joseph lo impresionó la calidad de las interpretaciones. Un quinteto de cuerda, al que siguieron varias arias cantadas por un barítono que estaba contratado para cantar en la Opera de Viena en otoño, un recital de piano por la condesa de Raymore, coja y de pelo moreno, que era una celebridad y él había disfrutado oyéndola en otras ocasiones; con su hermosa voz de contralto también cantó una melancólica canción tradicional acompañándose ella misma al piano. Y luego, por supuesto, cantó la condesa de Edgecombe, cuya voz de soprano era exquisita y llena, y no tardó en demostrar que alcanzaba notas increíblemente altas.
No le costaba entender que gozara de tanta fama.
Cuando ella terminó y él se puso de pie junto con el resto del público para pedirle unos bises con el volumen de los aplausos, comprendió que si en lugar de venir hubiera ido a la fiesta de lady Fleming se habría perdido una de las más maravillosas experiencias estéticas de su vida. Además, claro, estaba interesado en ver en acción a la mujer que suplantó a Portia Hunt en el corazón de Edgecombe. La había visto antes, cierto, pero no había apreciado su exquisita belleza hasta esa noche, cuando su rostro delgado y expresivo quedó iluminado desde dentro y su pelo muy oscuro brilló a la luz de las velas.
Cuando la condesa terminó su bis, vio que la señorita Martin tenía las manos juntas y muy apretadas debajo del mentón; sus ojos brillaban de orgullo y cariño. A las profesoras de su escuela les había ido muy bien en el mercado del matrimonio, pensó él. Tenía que ser una escuela muy buena, en realidad, para atraer entre su personal a personas de tanto encanto y talento.
A la señorita Martin le brillaban los ojos con lágrimas sin derramar cuando se volvió a mirar hacia atrás, tal vez buscando a Susanna para compartir su dicha. Él se giró a mirarla con la intención de invitarla a unirse a su grupo familiar para los refrigerios que iban a servir en el salón comedor.
Pero antes que él pudiera hacerle el ofrecimiento, ella se cogió de su brazo y le dijo en tono vehemente:
– Hay una persona que viene hacia aquí con la que no deseo hablar.
Él arqueó las cejas. La mayor parte del público se estaba dispersando en dirección al salón comedor. Entonces vio a un hombre caminando contra la corriente, evidentemente en dirección a ellos. Lo conocía vagamente; lo había conocido en el White; acababa de llegar de Escocia. Se llamaba McLeith. Poseía un ducado escocés.
¿Y la señorita Martin lo conocía pero no deseaba hablar con él?
Interesante. ¿Tendría algo que ver con su perturbación anterior?
Puso una mano tranquilizadora en la que ella tenía apoyada en su brazo. Era demasiado tarde para alejarla del camino de aquel hombre.
Claudia ya conocía de antes al vizconde Ravensberg y a su esposa. En realidad, había estado con ellos en dos bodas. Anne Jewell se había casado con el hermano del vizconde y Susanna con el primo de la vizcondesa.
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