En ese momento no se sentía más preparada para la conmoción de ese inesperado encuentro de lo que se sintiera antes cuando lo vio por primera vez. Sin pensar se cogió del brazo del marqués y balbuceó algo.
Él le cubrió la mano con la suya, una mano grande, cálida, que encontró tremendamente consoladora. Casi se sintió segura.
Estaba tan confusa, tan desconcertada, que ni siquiera se paró a pensar en lo indignas e impropias de ella que eran esas reacciones.
Y entonces Charlie se plantó ahí, a apenas unos palmos de ella, todavía sonriendo, con sus ojos castaños iluminados por el placer.
Se veía decididamente más viejo. Su pelo rubio raleaba y tenía entradas en las sienes, aunque aún no estaba calvo. Su cara seguía siendo redonda y agradable, aunque no guapa, pero tenía arruguitas en las comisuras de los ojos y otras alrededor de la boca que no le había visto de joven. Su cuerpo se veía más sólido, aunque de ninguna manera gordo. No había aumentado en estatura después de los dieciocho años; sus ojos seguían estando al mismo nivel de los de ella. Iba vestido con discreta elegancia, a diferencia del descuido con que se engalanaba antes.
– ¡Claudia! ¡Eres tú! -exclamó él, tendiéndole las dos manos.
Ella apenas logró obligar a sus labios a moverse; los sentía rígidos, no podía dominarlos.
– Charlie.
– ¡Pero qué deliciosa sorpresa! -continuó él-. No podía dar crédito a mis…
– Buenas noches, McLeith -dijo el marqués de Attingsborough, con voz sonora y agradable-. Magnífico concierto, ¿verdad?
Charlie lo miró como si acabara de verlo al lado de ella sosteniéndole la mano en su brazo. Bajó los brazos a los costados.
– Ah, Attingsborough -dijo-, buenas noches. Sí, desde luego, nos han regalado regiamente los oídos.
El marqués inclinó cortésmente la cabeza.
– ¿Nos disculpas? Nuestro grupo ya está a medio camino del salón comedor. No querríamos perder nuestros puestos al lado de ellos.
Diciendo eso pasó la mano de ella bajo su brazo y continuó con la mano sobre la suya.
– Pero ¿dónde vives, Claudia? -preguntó Charlie, volviendo la atención a ella-. ¿Dónde podría ir a visitarte?
– El chal se le ha caído del hombro -dijo el marqués casi al mismo tiempo, en tono de solícita preocupación y con la mano libre se lo subió, medio poniéndose delante de ella al hacerlo-. Buenas noches, McLeith. Ha sido un placer verte.
Acto seguido echaron a andar por el pasillo, siguiendo a la multitud y dejando atrás a Charlie.
– ¿Es un problema? -le preguntó el marqués cuando ya Charlie no podía oírlo, acercando la cabeza a la de ella.
– Lo fue. Hace mucho tiempo. Hace toda una vida.
Volvía a sentir los latidos del corazón en la garganta, casi ensordeciéndola. También estaba volviendo a ser ella misma, con la vergonzosa comprensión de que se había conducido sin nada de la firmeza de su carácter habitual. Buen Dios, si incluso se había cogido del brazo del marqués y le había suplicado ayuda y protección, después de todo lo que le dijo en Marlborough sobre la independencia. ¡Qué humillante! De repente llegó a sus narices el olor de su colonia, la misma que sintió en la escuela y en el coche. ¿Por qué las colonias masculinas siempre olían más seductoras que los perfumes femeninos?
– Le pido perdón -dijo-. Ha sido una tontería. Habría sido mucho mejor, y más propio de mí, haber conversado educadamente con él unos minutos.
Él había estado encantado de verla. Había deseado cogerle las dos manos en las de él. Había deseado saber dónde vivía para poder visitarla. La angustia se le convirtió en rabia. Enderezó la espalda, aun cuando no la llevaba encorvada.
– No es necesario que me lleve más allá -le dijo al marqués, retirando la mano de su brazo-. Ya he abusado bastante de su tiempo y amabilidad, y le pido disculpas. Vaya a reunirse con su familia antes que sea demasiado tarde.
– ¿Y dejarla sola? -dijo él, sonriéndole-. No podría ser tan descortés. Permítame que distraiga sus pensamientos presentándole a unas pocas personas más.
Cogiéndole el codo la hizo girarse y ahí, casi cara a cara con ella, estaban lord y lady Aidan, el marqués y la marquesa de Hallmere y, ¡santo cielo!, el duque y la duquesa de Bewcastle.
– Joseph -dijo la duquesa, toda ella cálidas sonrisas-. Te vimos sentado con Lauren y Kit. Esta ha sido una velada absolutamente deliciosa, ¿verdad? Y, sí, lo es. Oh, perdone mis modales, señorita Martin. ¿Cómo está?
Claudia, otra prueba más de su distracción, se inclinó en una reverencia, y los caballeros hicieron sus venias, el duque inclinando la cabeza sólo hasta la mitad. Lady Aidan y lord Hallmere sonrieron, y lady Hallmere la miró altiva.
– Señorita Martin -dijo lord Aidan-, ¿la dueña de la escuela donde enseñaba la esposa de Sydnam Butler, si no me equivoco? Nos conocimos en su desayuno de bodas. ¿Cómo está, señora?
– Veo que no son necesarias las presentaciones -dijo lord Attingsborough-. La semana pasada tuve el placer de acompañar a la señorita Martin y a dos de sus alumnas de Bath a Londres.
– Supongo que ha dejado en buenas manos la escuela, señorita Martin -dijo lady Hallmere, mirándola por encima de su larga y prominente nariz.
Claudia se erizó.
– Por supuesto -replicó-. De ninguna manera la habría dejado en «malas» manos, ¿verdad?
Tardíamente cayó en la cuenta de que había hablado con brusquedad y sin pensarlo, por lo que su respuesta fue extraordinariamente grosera. Si hubiera oído hablar así a una de sus niñas la habría llevado a un lado para sermonearla durante cinco minutos sin parar para respirar.
Lady Hallmere arqueó las cejas.
El duque cerró la mano en el mango de su monóculo enjoyado.
Lord Hallmere sonrió.
La duquesa se rió.
– Me ofenderás si sigues interrogando a la señorita Martin sobre ese punto, Freyja -dijo-. Ha dejado a cargo a «Eleanor», y estoy absolutamente segura de que mi hermana es muy competente. También está encantada, podría añadir, señorita Martin, de que le haya demostrado tanta confianza.
Y ahí hablaba la verdadera dama, pensó Claudia, pesarosa, suavizando con encanto y amabilidad un momento potencialmente violento.
El marqués de Attingsborough volvió a cogerle el codo.
– Lauren, Kit, los Portfrey y los Kilbourne nos están guardando puestos en su mesa -dijo-. Debemos ir a reunimos con ellos.
– Le pido perdón, otra vez -dijo Claudia cuando iban en dirección a la puerta-. Les enseño a mis alumnas que la cortesía siempre debe tener prioridad sobre casi cualquier sentimiento personal, y yo acabo de hacer caso omiso de mis enseñanzas de una manera bastante espectacular.
– Creo -dijo él, y ella vio que se estaba divirtiendo-, que lady Hallmere ha hecho esa pregunta simplemente para iniciar la conversación.
– Ah, no, esa mujer no -dijo ella al instante, olvidando su contrición-. Lady Freyja Bedwyn no.
– ¿La conoció antes de que se casara?
– Ella fue la alumna de que le hablé.
– ¡No! -Le presionó con más fuerza el codo, deteniéndola más allá de la puerta del salón de baile, pero justo fuera del salón comedor. Estaba sonriendo sin disimulo-. ¿Y Bewcastle fue el que le ordenó cruelmente que se defendiera sola? ¿Le hizo una cuchufleta a Bewcastle? ¿Y se marchó por el camino de entrada de Lindsey Hall?
– No fue divertido -dijo ella, ceñuda-. No hubo nada ni remotamente divertido en eso.
– O sea -dijo él, con los ojos brillantes de risa-, que la he sacado de las brasas para arrojarla en las llamas cuando la he alejado de McLeith y la he puesto ante los Bedwyn, ¿verdad?
Ella lo miró con el entrecejo más arrugado aún.
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