– Creo, señorita Martin, que tiene que haber llevado una vida muy interesante.
Ella puso rígido el espinazo y apretó fuertemente los labios antes de contestar.
– No he… -Entonces vio los últimos diez minutos más o menos bajo la perspectiva de él. Se le curvaron los labios-. Bueno -concedió-, en cierto modo, supongo que sí.
Y por algún motivo inexplicable, los dos encontraron tremendamente divertido ese reconocimiento y sucumbieron a un ataque de risa.
– Le pido perdón -dijo él cuando pudo hablar.
– Y yo a usted -contestó ella.
– Y pensar que esta noche -dijo él, cogiéndole el codo otra vez y haciéndola entrar en el salón comedor- podría haber ido a la fiesta de lady Fleming en lugar de venir aquí.
La duquesa de Portfrey estaba sonriendo y llamándolos desde una de las mesas y el conde de Kilbourne ya estaba listo para retirar la silla y ayudarla a que se sentara ella.
No le quedó claro si el marqués lamentaba haber elegido venir al concierto. Pero la alegraba que lo hubiera hecho. En cierto modo le había restablecido el ánimo trastornado, aun cuando él, sin darse cuenta, había sido la causa de algunas de sus reacciones. No recordaba la última vez que se había reído tanto.
Estaba en grave peligro, pensó mientras se sentaba, de revisar su opinión acerca de él y de que realmente le cayera bien.
Y ahí estaba, en medio de un grupo familiar del que debía haberse separado hacía horas. Y no podía echarle la culpa a nadie, aparte de a sí misma, de su renovada incomodidad. ¿Cuándo se había aferrado a un hombre pidiéndole ayuda y protección?
Francamente, era muy deprimente.
Claudia se quedó dormida, aunque después de un buen rato de insomnio, cierto, pensando en el marqués de Attingsborough, y despertó pensando en Charlie, el «duque de McLeith»
Ah, sí, por supuesto, había adquirido honradamente su antipatía por la aristocracia, en especial por los duques. Esta no comenzó con el odioso y arrogante duque de Bewcastle; otro duque le había destrozado la vida antes de conocer a este.
Había vivido y respirado con Charlie Gunning durante su infancia y primera juventud, o al menos eso parecía al mirar en retrospectiva. Habían sido prácticamente inseparables desde el momento en que él llegó a la casa de su padre, como un desconcertado y desdichado huérfano de cinco años, hasta que se marchó al colegio a los doce, y después de eso pasaron juntos todos los momentos de vigilia de sus vacaciones.
Pero entonces, cuando él tenía dieciocho y ella diecisiete, un día se marchó para no volver. Desde entonces no lo había visto, hasta esa noche; durante casi diecisiete años no había sabido nada de él.
Sin embargo, esa noche le había hablado como si nunca hubiera habido un brusco y cruel final de su relación. Le había hablado como si no hubiera nada en el mundo de qué sentirse culpable.
«¡Pero qué deliciosa sorpresa!»
«Pero ¿dónde vives?»
«¿Dónde podría ir a visitarte?»
¿De veras se creía con el derecho a sentirse «encantado»? ¿Y a visitarla? ¡Cómo se atrevía! Diecisiete años podrían ser mucho tiempo, casi la mitad de su vida, pero no era «tanto». No tenía nada malo en la memoria.
Dejando firmemente de lado los recuerdos, se vistió para bajar a desayunar y después hacer su visita al despacho del señor Hatchard. Había decidido ir sola, sin llevar ni a Edna ni a Flora. Frances iba a venir a la casa y junto con Susanna llevarían a las chicas a las tiendas para comprarles ropa y accesorios.
Y puesto que Frances llegó en un coche y después de un prolongado desayuno se llevó a las tres, Claudia se encontró yendo a su cita en el coche de ciudad de Peter. Él se negó incluso a oír su protesta de que le encantaría caminar ese día tan soleado.
«Susanna no me lo perdonaría jamás -le dijo, haciéndole un guiño-, y eso yo lo detestaría. Ten piedad de mí, Claudia.»
Sentía muy elevado el ánimo mientras pasaba por las calles de Londres, aun cuando la roía una persistente preocupación de que el empleo que les había encontrado el señor Hatchard a las chicas podría no ser conveniente. Habiendo llegado el momento, prácticamente burbujeaba de satisfacción porque estaba a punto de poner el último toque a su autonomía, a su éxito como mujer independiente.
Ya no tenía ninguna necesidad de la ayuda del benefactor que con tanta generosidad había apoyado económicamente a la escuela casi desde el comienzo. En el ridículo llevaba una carta para él, que le dejaría al señor Hatchard para que se la hiciera llegar. Por desgracia, nunca sabría quién había sido ese hombre, pero respetaba su deseo de anonimato.
La escuela prosperaba. Ese año había podido ampliarla añadiendo la casa contigua y contratando a otras dos profesoras. Más gratificante aún, ahora podría aumentar de doce a catorce el número de niñas en régimen gratuito. Y las ganancias le dejaban incluso un modesto beneficio.
Sí, le hacía muchísima ilusión esa visita que la esperaba, pensó mientras bajaba del coche ayudada por el cochero de Peter y entraba en el despacho del señor Hatchard.
Pero menos de una hora después salió a toda prisa a la acera. El cochero del vizconde Whitleaf bajó de un salto del pescante y le abrió la puerta del coche. Ella hizo una inspiración para decirle que volvería a pie a la casa. Estaba tan agitada que no soportaría el encierro dentro de un coche. Pero antes de que pudiera hablar oyó su nombre.
El marqués de Attingsborough iba montando a caballo por la calle, acompañado por el conde de Kilbourne y otro caballero; era el marqués quien la había llamado.
– Buenos días, señorita Martin -saludó él, acercando el caballo-. ¿Cómo se encuentra esta mañana?
– Si estuviera más enfadada, lord Attingsborough, podrían salirme volando los sesos de la cabeza.
Él arqueó las cejas.
– Volveré a casa a pie -le dijo ella al cochero-. Gracias por esperarme, pero puede volver sin mí.
– Debe permitirme que la acompañe, señora -dijo el marqués.
– No necesito carabina -contestó ella bruscamente-. Y no sería buena compañía esta mañana.
– Permítame que la acompañe como amigo, entonces -dijo él. Inmediatamente desmontó y se volvió hacia el conde-. ¿Me harás el favor de llevar mi caballo de vuelta al establo, Nev?
El conde sonrió y se quitó el sombrero en gesto de saludo a Claudia. Ella comprendió que ya era demasiado tarde para decir un firme no. Además, la aliviaba bastante ver una cara conocida. Había pensado que tendría que esperar hasta que volviera Susanna de su excursión de compras para tener a alguien con quién hablar. Pero bien podía estallar antes.
Y así, sólo un minuto después, ella y el marqués de Attingsborough iban caminando por la acera. Él le ofreció el brazo y ella se lo cogió.
– No soy muy dada a afligirme -dijo-, a pesar de lo ocurrido anoche y esta mañana. Pero esta mañana es rabia, furia, no aflicción.
– ¿Alguien la ha ofendido ahí dentro? -preguntó él, haciendo un gesto hacia la casa de la que ella acababa de salir.
– Ese es el despacho del señor Hatchard, mi agente.
– Ah, los empleos. ¿No los aprueba?
– Edna y Flora volverán conmigo a Bath mañana.
– ¿Tan mal ha ido todo?
– Peor, mucho peor.
– ¿Se me permite saber lo que ha ocurrido?
– Los Bedwyn -dijo ella, cortando el aire con la mano libre mientras atravesaban la calzada evitando un montón de bostas de caballo frescas-. Eso es lo que ha ocurrido. ¡Los Bedwyn! Serán mi muerte. Juro que lo serán.
– Espero que no -dijo él.
– A Flora la iba a emplear lady Aidan Bedwyn, y a Edna, nada menos que ¡la marquesa de Hallmere!
– Ah.
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