Mary Balogh - Simplemente Perfecto

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Alto, moreno y exquisitamente sensual, él es la personificación de la perfección masculina. No es que Claudia Martin esté buscando un amante. Ni un esposo. Como propietaria y directora de la academia de la señorita Martin en Bath, hace mucho que se resignó a vivir sin amor. Hasta que Joseph, marqués de Attingsborough, llega sin previo aviso y la tienta a arrojar por la borda toda una vida de decencia por una aventura que sólo puede conducirle a la ruina.
Joseph tiene sus propias razones para buscar a Claudia. Inmediata e irresistiblemente atraído por la delicada profesora, se embarca en un plan de seducción que los llevará a ambos a anhelar algo más. Pero, como heredero de un prestigioso ducado, se espera que Joseph continúe con el legado de la familia. Y Claudia sabe que no hay lugar para ella en su mundo.
Ahora, dicho mundo está a punto de verse sacudido por el escándalo. Un matrimonio concertado, un secreto que conmocionará a la sociedad y un hombre proveniente del pasado de Claudia, conspiran para separar a los amantes. Pero Joseph está decidido a hacer suya a Claudia a toda costa. Aunque ello signifique desafiar toda convención y romper toda regla por un amor que representa todo cuanto siempre ha deseado; un amor que es perfecto tal como es…

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– El bote es pequeño. Supongo que podríamos ponerlo sobre nuestras cabezas y correr por el jardín con él encima. Pero nuestros colegas invitados pensarían que somos unos excéntricos, y yo debo relacionarme con ellos en el futuro.

Ella se desternilló de risa y él la observó sonriendo. ¿Con qué frecuencia se reiría? Supuso que no con mucha. Pero debería hacerlo; era como si la risa la despojara de una armadura completa.

– Ha sido una pregunta tonta -reconoció ella-. Me encantaría un paseo en barca por el río. Gracias.

Él le ofreció el brazo y ella se lo cogió.

Después que él la ayudó a subir al bote, ella se sentó con la espalda muy recta y una actitud severa, como si creyera que tenía que expiar la risa y la vehemencia anteriores. No se le movía ni un solo músculo mientras él remaba, primero llevando el bote hasta el centro del río y luego continuando por él, pasando junto a otras magníficas mansiones con bellos jardines y a los sauces cuyas verdes ramas caían sobre el agua. Tenía las manos juntas en la falda, una sobre la otra. No llevaba quitasol como la mayoría de las otras damas; pero las anchas alas de la pamela de paja le protegían la cara y el cuello de una excesiva exposición al sol. La pamela había gozado de días mejores, pero la favorecía.

– ¿Sale a navegar en barca en Bath? -le preguntó.

– Nunca. Antes, cuando era niña, salíamos en barca, pero de eso hace mucho, mucho tiempo.

Él le sonrió. No eran muchas las damas que añadirían un «mucho» extra para indicar una edad avanzada. Pero al parecer ella era una mujer sin nada de vanidad.

– Esto es celestial -dijo ella, pasados unos dos minutos de silencio, aunque seguía pareciendo una profesora vigilando atentamente a sus alumnas mientras trabajaban-. Absolutamente celestial.

Él recordó lo que dijo esa noche, al referirse a su amistad con McLeith: «Hace mucho tiempo. Hace toda una vida».

– ¿Se crió en Escocia? -preguntó.

– No, en Nottinghamshire. ¿Por qué lo pregunta?

– Pensé que tal vez se crió en el mismo vecindario en que se crió McLeith.

– Pues sí. En la misma casa en realidad. Él quedó como pupilo de mi padre cuando tenía cinco años y murieron sus padres. Yo le tenía mucho afecto. Vivió con nosotros hasta los dieciocho años, cuando inesperadamente heredó su título, de un pariente de cuya existencia ni siquiera sabía.

¿Le había tenido afecto y sin embargo evitó su compañía esa noche?

– Para él debió ser una agradable sorpresa.

– Sí, muy agradable.

Agradable para él, supuso Joseph; no necesariamente para ella. Había perdido a un amigo de toda la vida. ¿O habría tenido sentimientos más tiernos por él? McLeith estaba en la fiesta; había llegado tarde, pero él lo vio justo antes de bajar al río; estaba conversando con los Whitleaf. Pensó que debería decírselo, pero decidió no hacerlo. No deseaba estropearle el disfrute del paseo por el río. Ella lo estaba disfrutando. Lo llamó celestial.

Qué mujer tan disciplinada y moderada era. Nuevamente se le ocurrió la imagen de la armadura. ¿Habría una mujer debajo de la armadura? ¿Una mujer afable, tierna o tal vez incluso apasionada? Ya sabía que era por lo menos las dos primeras cosas.

Pero, ¿apasionada?

Interesante posibilidad.

Ella separó las manos, se quitó el guante de una y metió los dedos en el agua. Y continuó deslizándolos por el agua, con la cabeza ladeada, toda su concentración puesta en lo que hacía.

Él encontró curiosamente conmovedor el cuadro que presentaba. Parecía inmersa en su propio mundo. Y en cierto modo parecía sentirse sola. Y aunque vivía en una escuela rodeada de alumnas y profesoras, suponía, y hasta era muy posible, que se sintiera sola. La condesa de Edgecombe y la vizcondesa Whitleaf eran sus amigas, pero las dos se habían casado y dejado de ser profesoras en Bath.

– Supongo que deberíamos volver -dijo, sorprendido por la renuencia que sentía-. A no ser que desee que continuemos pasando por la ciudad hasta Greenwich y luego hasta salir al mar.

– Y continuar hasta llegar a Oriente -dijo ella, mirándolo y sacando la mano del agua-, o a América. O simplemente a Dinamarca o a Francia. Para tener una «aventura». ¿Ha tenido alguna aventura, lord Attingsborough?

Él se rió y ella también.

– Supongo -continuó ella-, que la aventura no parecería tan mágica cuando llegara la noche y yo recordara que no llevo mi chal conmigo y usted tuviera ampollas en las manos.

– Qué poco romántica es -dijo él-. Tendremos que dejar la aventura para otra ocasión, entonces, cuando podamos hacer planes más sensatos. Aunque el romance no tiene por qué ser siempre sensato.

Al virar el bote en medio del río para volver, la pamela se alzó y le expuso la cara al sol. Sin saber cómo se encontraron sus ojos con los de ella y se sostuvieron la mirada un momento, hasta que ella la desvió bruscamente y él lo hizo un instante después.

Tuvo la clara impresión de que el aire estaba curiosamente cargado alrededor. Estaba casi seguro de que ella estaba ruborizada cuando desvió la mirada.

Buen Dios, ¿de qué iba eso?

Pero la pregunta estaba de más. Había sido un momento de pura conciencia sexual, por parte de los dos.

No podría haberse asombrado más si ella se hubiera levantado y de un salto se hubiera zambullido en el río.

¡Buen Dios!

Cuando la miró ella ya tenía bien puesta la armadura otra vez. Estaba rígida, severa y con los labios bien apretados.

Continuó remando hacia el embarcadero en silencio; ella no se atrevía a romperlo y a él no se le ocurría nada que decir. Eso era extraño, pues normalmente era muy bueno para charlar. Intentó convencerse de que no había ocurrido nada impropio, pues en realidad no había ocurrido nada. Deseó ardientemente que ella no se sintiera tan incómoda como se sentía él.

Pero, buen Dios, si sólo habían compartido una broma: «El romance no tiene por qué ser siempre sensato».

Cuando ya estaba cerca vio que a la orilla del río estaba su hermana, cerca del embarcadero. También estaban Sutton y Portia Hunt. Jamás se había sentido más contento de verlos. Le daban una manera de romper el silencio sin sentirse violento.

– Habéis descubierto la mejor parte del jardín, ¿eh? -dijo, subiendo al embarcadero y ayudando a la señorita Martin a desembarcar.

– El río es pintoresco -dijo Wilma-, pero la señorita Hunt y yo estamos de acuerdo en que el jardinero de la señora Corbette-Hythe ha sido descuidado al no poner cuadros de flores aquí.

¿Me permitís que os presente a la señorita Martin? -dijo él-. Es la dueña y directora de una escuela de niñas en Bath, y está pasando un tiempo en la casa del vizconde Whitleaf y su esposa. Señorita Martin, mi hermana, la condesa de Sutton, la señorita Hunt y el conde.

La señorita Martin se inclinó en una reverencia. Wilma y la señorita Hunt hicieron corteses venias idénticas y Sutton inclinó la cabeza lo suficiente como para indicar que no quería insultar a su cuñado.

La temperatura había bajado tal vez unos cinco grados en menos de un minuto.

Ni a Wilma ni a Sutton les sentaba bien que les presentaran a una vulgar maestra de escuela, pensó Joseph, y lo habría pensado con ironía si no lo preocuparan los sentimientos de la dama. Ella no podía dejar de notar el hielo de ellos en su forma de acogerla.

Pero ella tomó el asunto en sus manos, tal como habría esperado él.

– Gracias, lord Attingsborough -dijo enérgicamente-, por acompañarme en este paseo por el río. Ha sido muy amable. Ahora, si me disculpan, iré a reunirme con mis amigos.

Y dicho eso echó a caminar en dirección a la casa, sin mirar atrás ni una sola vez.

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