– Ah, fabuloso -dijo él.
Los padres de Kit, condes de Redfield, iban a celebrar su cuarenta aniversario de bodas ese verano. Alvesley Park, su casa y la de Kit y Lauren, se iba a llenar de huéspedes, entre ellos él. Gwen era la hermana de Neville, la tía Clara, su madre.
– Estarán Anne y Sydnam también -añadió Lauren.
– Esperaré con ilusión verlos -dijo él-. No hay nada como una reunión familiar en el campo para levantar el ánimo, ¿verdad?
Nada más llegar, se había dado cuenta de que la señorita Hunt lo estaba castigando por lo de la noche pasada. Se había unido a su grupo tan pronto como terminó de saludar a la anfitriona, bien dispuesto para pasar toda la tarde en su compañía. Ella le sonrió amablemente y luego volvió la atención a la conversación que estaba sosteniendo con la señora Dillinger. Y cuando se acabó el tema ella introdujo otro: el último estilo en papalinas. Puesto que él era el único hombre en el grupo, comprendió que ella lo excluía a posta, así que no tardó en alejarse para buscar una compañía más simpática.
Le había dado esquinazo, por Júpiter.
Esa tarde ella estaba más hermosa que nunca. Mientras las otras damas se habían puesto coloridos vestidos para la ocasión, la señorita Hunt debió comprender que no tenía esperanzas de rivalizar en esplendor con las flores ni con el sol y por lo tanto se puso un vestido de muselina blanca sin adornos. Llevaba artísticamente peinado su pelo rubio bajo una pamela de encaje blanco adornado con botones de rosa blancos y un pequeño toque de verde.
Y así estuvo un buen rato pasando de un grupo a otro hasta que finalmente bajó solo hasta la orilla del río. El jardín estaba bellamente diseñado para exhibir flores de muchos colores cerca de la casa y bajo la terraza, mientras que abajo, más cerca del río, había más árboles, y todo era una variedad de matices de verde. Desde ahí no se veía el jardín de arriba, y de la casa sólo parte del tejado y las chimeneas. Hasta ahí llegaba suavemente la música, pero no se oían los sonidos de voces ni risas.
La mayoría de los invitados permanecían arriba, en la terraza, cerca de la casa, las amistades y la comida. Pero unos cuantos habían bajado y estaban dando un paseo por el río en los pequeños botes que encontraron amarrados en el embarcadero. Una pareja joven esperaba su turno. A poca distancia vio a una dama caminando sola bajo la sombra de unos sauces.
La mujer era prudente, pensó, al escapar de los rayos directos del sol un rato, aunque no tenía ninguna necesidad de estar sola, no en una fiesta al menos en que se trataba de alternar con los demás. Pero claro, él también lo estaba. A veces un breve descanso de las exigencias de la multitud es tan bueno como una bocanada de aire fresco.
Era la señorita Martin, comprendió de repente, cuando ella se detuvo y se giró a mirar hacia el agua. Titubeó. Tal vez ella preferiría continuar sola; al fin y al cabo él le había ocupado una buena cantidad de tiempo esa mañana. O tal vez se sentía sola. No eran muchas las personas a las que conocía ahí después de todo.
Recordó el ataque de risa que compartieron esa noche fuera del salón comedor, y el recuerdo lo hizo sonreír. La risa parecía transformarla y le quitaba muchos años de edad. La recordó cuando estaba en Gunter's esa mañana, tomando el helado lentamente, cucharadita a cucharadita, saboreando cada bocado y luego cuando se puso a la defensiva al comprender que se estaba divirtiendo.
«Debe comprender -le explicó-, que esto no es algo que haga cada día, y ni siquiera cada año, y ni siquiera cada "década".»
Echó a andar en dirección a ella.
– Veo que ha encontrado algo de sombra -dijo en voz alta cuando estaba cerca, no fuera que la sobresaltara-. ¿Me permite compartirla?
Ella pareció sobresaltarse de todos modos.
– Por supuesto -dijo-. Creo que el aire libre pertenece a todos por igual.
– Sin duda ese es el credo de todos los intrusos y cazadores furtivos -dijo él, sonriéndole-. ¿Lo está pasando bien?
Cualquier mujer normal habría sonreído amablemente y dicho que sí, por supuesto, y a eso habría seguido una conversación de previsibles insipideces. Pero la señorita Martin titubeó un momento y luego dijo lo que sin duda era la verdad:
– En realidad no. Bueno, no, en absoluto.
No dio ninguna explicación y lo miró casi con ferocidad. Con su pulcro vestido de algodón y el pelo recogido severamente bajo la pamela, fácilmente la podrían confundir con el ama de llaves, o con la directora de una escuela de niñas.
La sinceridad era excepcional en las damas que mantenían una conversación educada, y en los caballeros también, en todo caso. Nadie podía reconocer insatisfacción sin parecer maleducado.
– Supongo que cuando está en su medio habitual en la escuela -dijo-, nadie le impone obligaciones sociales ni le ordena pasarlo bien. Supongo que normalmente tiene muchísima libertad e independencia.
– ¿Y usted no? -preguntó ella, arqueando las cejas.
– Todo lo contrario. Cuando se está en posesión de un título, aunque sólo sea uno de cortesía, uno tiene la obligación de estar disponible para colaborar en llenar todos los salones, salones de baile o jardines a los que se le invita durante la temporada, para que la anfitriona pueda asegurar que su fiesta fue verdaderamente multitudinaria y por lo tanto ser la envidia de todas sus conocidas. Y uno está obligado a ser cortés y sociable con todos sin excepción.
– ¿Y yo soy todos o la excepción? -preguntó ella.
Él se rió. Ya había visto relámpagos de su humor mordaz, y le gustaban.
Ella lo estaba mirando sin pestañear y la luz reflejada en el agua danzaba por un lado de su cara variando de formas.
– ¿Y eso es «todo» lo que hace? -Continuó ella sin esperar respuesta-. ¿Asistir a fiestas y hacerse el simpático porque su rango y la sociedad se lo exigen?
Él pensó en el tiempo que pasaba con Lizzie, que había aumentado desde la pasada Navidad, y sintió la ya conocida opresión en el corazón. Entonces pensó en introducir el tema de conversación que le interesaba, el que tenía la intención de sacar antes que ella volviera a Bath, pero la señorita Martin volvió a hablar sin dejar que él encontrara las palabras adecuadas.
– ¿Ocupa un escaño en la Cámara de los Lores?
Pero no, claro que no. El suyo es un título de cortesía.
– Soy un duque a la espera -dijo él, sonriendo-. Y preferiría continuar así, dada la alternativa.
– Sí, perder a un padre no es algo que a uno le haga muy feliz. Deja un vacío enorme, un agujero en la vida.
A ella la muerte de su padre la había desheredado, comprendió él, mientras que en su caso ocurriría lo contrario. Pero cuando todo está dicho y hecho, una vida humana importa más que cualquier fortuna. Sobre todo tratándose de la vida de un ser querido.
– La familia siempre importa más que cualquier otra cosa -dijo.
– Creí que disfrutaría pasando un par de semanas aquí con Susanna y Frances -dijo la señorita Martin, suspirando y volviendo la cara hacia el río-. Y sí que ha sido maravilloso verlas. Pero estar con ellas también significa asistir a fiestas como esta. De hecho, me gustaría volver a Bath tan pronto como me sea posible. Vivo mi vida en un mundo muy diferente a este.
– Y prefiere el suyo -dijo él-. La comprendo. Pero mientras tanto, señorita Martin, permítame que haga lo que mejor hago. Permítame entretenerla. Veo que en este momento no hay nadie en la cola esperando un bote. Y parece que Crawford y la señorita Meeghan ya han terminado su paseo y van de camino hacia la casa. ¿Le parece que cojamos su bote?
– ¿Por el agua? -preguntó ella, agrandando los ojos.
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