– Yo te leo historias, Lizzie -dijo él.
– Sí, papá -concedió ella acariciándole la cara con la mano libre y luego le dio unos golpéenos con las yemas de los dedos-, pero a veces simulas estar leyendo cuando en realidad estás inventándotelas. Lo sé. Pero no importa. La verdad es que me gustan más esas historias. Yo cuento historias también, pero sólo a mi muñeca.
– Si se las cuentas a alguien que sepa escribir -dijo Claudia-, esa persona podrá hacerlo y luego leértelas siempre que desees oír tus historias.
Lizzie se rió.
– Eso sería divertido.
En ese momento entró una mujer mayor trayendo una enorme bandeja con té y pasteles.
– Señora Smart -dijo Lizzie-. Sé que es usted. Ella es la señorita Martin, amiga de mi papá. Tiene una escuela y tiene una biblioteca. ¿Sabe qué es una biblioteca?
– Dímelo tú, cariño -dijo la criada sonriéndole afectuosa después de hacerle una educada venia a Claudia. -Es una sala llena de libros. ¿Se la imagina?
– A mí no me servirían de mucho los libros, cariño -dijo la señora Smart, sirviendo el té y pasando las tazas-. Y a ti tampoco.
Dicho eso salió de la sala.
– Lizzie -dijo el marqués cuando ya habían comido unos cuantos pasteles-, ¿crees que te gustaría ir a una escuela?
– ¿Quién me llevaría, papá? ¿Y quién me traería de vuelta a casa?
– Sería una escuela donde podrías quedarte por las noches y estar con otras niñas, aunque habría asuetos y vacaciones, cuando vendrías a casa y yo te tendría toda para mí otra vez.
Lizzie estuvo callada un buen rato. Movía los labios, observó Claudia, pero era imposible saber si era porque le temblaban o porque decía palabras en silencio. Y entonces dejó a un lado su plato vacío, se sentó en el regazo de su padre, se acurrucó bien pegada a él y escondió la cara en su hombro.
Él miró a Claudia apenado.
– La señorita Edwards dijo que no debo hacer esto nunca más -dijo Lizzie pasado un momento-. Dijo que soy demasiado mayor. Dijo que es indecente. ¿Es indecente, papá? ¿Soy demasiado mayor para sentarme en tu regazo?
Pero la niña no podía ver, pensó Claudia. El sentido del tacto debía ser más importante para ella que para los otros niños de su edad.
Él apoyó la mejilla en su cabeza.
– ¿Cómo podría soportarlo si alguna vez fueras demasiado mayor para desear sentirte rodeada por mis brazos, Lizzie? En cuanto a sentarte en mi regazo, creo que es absolutamente irreprochable hasta que cumplas los doce años. Eso nos da cinco meses enteros más. ¿Qué dice la señorita Martin sobre este tema?
– Tu padre tiene toda la razón, Lizzie -dijo Claudia-. Y en mi escuela tengo una regla. La regla es que a ninguna niña se la obligue nunca a ir ahí en contra de su voluntad. Por mucho que sus padres deseen que vaya a aprender de mí y de mis profesores y a hacerse amiga de otras niñas, yo no permito que ponga un pie dentro a no ser que me haya dicho que sí, que eso es lo que desea. ¿Te queda claro eso?
Lizzie había girado a medias la cabeza, aunque seguía bien pegada a su padre, acurrucada como una niña mucho más pequeña.
– Tiene una voz bonita -dijo-. Puedo creer en ella. A algunas voces no les creo a veces. Siempre sé a cuáles sí.
– Cariño -dijo el marqués-. Ahora tengo que llevar a la señorita Martin a su casa. Después volveré con mi caballo y te llevaré a cabalgar un rato. ¿Te gustaría?
Al instante ella se apartó de él, enderezando la espalda, y con la cara iluminada por la alegría otra vez.
– ¡Sí! Pero la señorita Edwards dice…
– No hagas caso de lo que dice la señorita Edwards. Has cabalgado conmigo otras veces y nunca te ha pasado nada, ¿verdad? Después de que te traiga a casa hablaré con ella y se marchará mañana. Hasta entonces simplemente sé amable con ella. ¿Quieres?
– Sí, papá.
Claudia le cogió la mano otra vez antes de marcharse. A pesar de los ojos raros, podría ser algo así como una beldad al crecer, si en su vida había bastante estímulo que le diera animación a su cara incluso cuando su padre no estuviera con ella, y si se la sacaba más a tomar el aire fresco y la luz del sol.
Cuando ya estaban en el tílburi , con el mozo atrás, e iban de camino hacia Grosvenor Square, dijo:
– Colijo que desea enviar a Lizzie a mi escuela.
– ¿Es posible? -Preguntó él, con una voz que no contenía nada de su habitual y agradable buen humor-. ¿Hay algo posible para una niña ciega, señorita Martin? Ayúdeme, por favor. La quiero tanto que me duele.
Joseph se sentía bastante tonto.
«Ayúdeme, por favor. La quiero tanto que me duele.»
Cuando viró el tílburi para entrar en Hyde Park, la señorita Martin todavía no había dicho ni una sola palabra. Las que había formulado él fueron las últimas que hubo entre ellos. Sentía deseos de hacer brincar los caballos, de devolverla a la casa de Whitleaf lo antes posible y de tener buen cuidado de no encontrarse nunca más con ella mientras siguiera en Londres.
No estaba acostumbrado a desnudar su alma ante nadie, ni siquiera ante sus más íntimos amigos, a excepción, tal vez, de Neville.
Cuando dejaron atrás las bulliciosas calles, ella rompió el silencio.
– He estado deseando que Anne Butler continuara siendo profesora en la escuela. Siempre fue excepcionalmente buena con las niñas que de cualquier modo se salían de la norma. Pero acabo de comprender que «todas» las niñas se salen de la norma. En otras palabras, la norma no existe fuera de las mentes de aquellos a quienes les gustan las estadísticas ordenaditas.
Él no supo qué contestar. No sabía si ella esperaba una respuesta.
– No sé si puedo ayudarlo, lord Attingsborough -añadió ella.
– ¿No aceptará a Lizzie, entonces? -Preguntó él, con el corazón oprimido por la desilusión-. ¿Una niña ciega no es educable?
– Estoy segura de que Lizzie es capaz de muchas cosas. Y sin duda el reto sería interesante, desde mi punto de vista. Simplemente no estoy segura de que la escuela sea lo mejor para «ella». Me parece que es muy dependiente.
– ¿No es eso mayor razón para que vaya a la escuela?
Sin embargo, mientras daba ese argumento se le estaba rompiendo el corazón. ¿Cómo podría vivir Lizzie en un ambiente escolar, donde tendría que arreglárselas sola la mayor parte del tiempo, donde las demás niñas podrían ser crueles con ella, donde por la naturaleza misma de su discapacidad sería excluida de todo tipo de actividades?
¿Y cómo soportaría él dejarla marchar? Sólo era una niña.
– Debe de echar terriblemente de menos a su madre -dijo ella-. ¿Está seguro que debería ir a la escuela tan pronto después de perderla? Yo acojo a muchas niñas abandonadas, lord Attingsborough. Normalmente están muy tocadas, tal vez siempre, en realidad.
Abandonadas. ¿Lizzie abandonada? ¿Eso era lo que le haría si la enviaba a la escuela? Suspirando, detuvo el vehículo. Esa determinada parte del parque estaba silenciosa, algo aislada.
– ¿Le parece que caminemos un rato?
Dejó el tílburi al cuidado de su joven mozo, que ni siquiera intentó disimular su placer, y echó a caminar con la señorita Martin por un sendero estrecho que discurría serpentino por entre grupos de árboles.
– Sonia era muy joven cuando la empleé -dijo-. Yo también lo era, claro. Ella era bailarina, muy hermosa, muy solicitada, muy ambiciosa. Esperaba llevar una vida de lujos y riqueza. Esperaba disfrutar de la admiración de hombres poderosos, ricos, con título. Era cortesana por elección, no por necesidad. No me amaba, yo tampoco la amaba. Nuestro convenio no tenía nada que ver con el amor.
– No, supongo que no -dijo ella, sarcástica.
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