Mary Balogh - Simplemente Perfecto

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Alto, moreno y exquisitamente sensual, él es la personificación de la perfección masculina. No es que Claudia Martin esté buscando un amante. Ni un esposo. Como propietaria y directora de la academia de la señorita Martin en Bath, hace mucho que se resignó a vivir sin amor. Hasta que Joseph, marqués de Attingsborough, llega sin previo aviso y la tienta a arrojar por la borda toda una vida de decencia por una aventura que sólo puede conducirle a la ruina.
Joseph tiene sus propias razones para buscar a Claudia. Inmediata e irresistiblemente atraído por la delicada profesora, se embarca en un plan de seducción que los llevará a ambos a anhelar algo más. Pero, como heredero de un prestigioso ducado, se espera que Joseph continúe con el legado de la familia. Y Claudia sabe que no hay lugar para ella en su mundo.
Ahora, dicho mundo está a punto de verse sacudido por el escándalo. Un matrimonio concertado, un secreto que conmocionará a la sociedad y un hombre proveniente del pasado de Claudia, conspiran para separar a los amantes. Pero Joseph está decidido a hacer suya a Claudia a toda costa. Aunque ello signifique desafiar toda convención y romper toda regla por un amor que representa todo cuanto siempre ha deseado; un amor que es perfecto tal como es…

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Esa explicación era ridículamente mala, pero ¿cómo podría decirles la verdad, aunque fueran sus mejores amigas? Si lo hacía revelaría un secreto que no le correspondía a ella revelar.

Las dos la miraron con idénticas expresiones serias y luego se miraron entre ellas.

– En la escuela, Susanna -dijo Frances.

– En la educación, Frances. -De niñas.

– Ah, pues tiene toda la lógica del mundo. ¿Por qué no se nos ocurrió a nosotras solas?

Y soltaron unas buenas carcajadas.

– Pero no olvidemos al duque de McLeith -dijo Susanna-. «Otro» duque. Insiste en que él y Claudia se criaron como hermanos, pero ahora son adultos. Es muy bien parecido, ¿no te parece, Frances?

– Y es viudo -añadió Frances-. Y estaba muy deseoso de volver a ver a Claudia cuando nosotros aún nos encontrábamos en la fiesta en el jardín.

– Yo en vuestro lugar -dijo Claudia-, no me compraría un vestido nuevo para mi boda todavía.

– Tienes las mejillas ruborizadas -dijo Frances, levantándose-. Te hemos azorado, Claudia. Pero de verdad deseo… Ah, bueno, no, nada. Me parece que por el momento sólo tienes amor para este perrito. -Se inclinó a hacerle cosquillas bajo la barbilla-. Está horrorosamente flaco, ¿verdad?

– Deberías haberlo visto ayer -dijo Susanna-. Estaba muy a mal traer y sucio; parecía más una rata de alcantarilla que un perro. Al menos eso fue lo que dijo Peter. Pero todos nos hemos encariñado con él.

El perro miró a Claudia sin levantar la cabeza y exhaló un largo suspiro.

– Ese es el problema -dijo Claudia-. El amor no siempre es algo cómodo ni conveniente. ¿Qué voy a hacer con él? ¿Llevármelo a la escuela? Las niñas armarían un motín.

– Al parecer Edna y Flora casi se pelearon anoche cuando estábamos fuera -dijo Susanna-. Las dos deseaban tenerlo en brazos al mismo tiempo, para acariciarlo y jugar con él.

Frances se rió.

– Ahora debo irme. Le prometí a Lucius que estaría en casa para el almuerzo.

Entonces Claudia tuvo que pasar por los abrazos y despedidas otra vez, tan dolorosos como los anteriores. Podría transcurrir mucho tiempo hasta que volviera a ver a Susanna y a Frances, y antes esta tendría que pasar por todos los peligros del embarazo y el parto.

Cuando llegó a su fin la mañana, se sentía muy necesitada de descanso, pero tuvo que sacar a pasear al perro para poder dejarlo a cargo del personal de la cocina, tarea que aceptaron alegremente. En realidad, el pequeño collie corría el peligro de engordar demasiado si lo dejaba mucho tiempo a los tiernos cuidados de la cocinera de Susanna.

Pero a pesar de ese cansancio, que era en su mayor parte emocional, esperaba con ilusión la merienda en Richmond Park o Kew Gardens con el marqués de Attingsborough y su hija. Estaba muy consciente de que debía repetirse una y otra vez que en cierto sentido eso sólo era trabajo: observar a una posible alumna. Y no era fácil la tarea en que la habían puesto. Le gustaba Lizzie Pickford; también sentía una terrible pena por ella. Pero esa era una emoción que debía sofocar. No se gana nada sólo con la lástima. La verdadera pregunta era: ¿podría ella hacer algo por la niña? ¿Podría su escuela ofrecerle algo de valor a una niña ciega?

De todos modos, esperaba con ilusión esa tarde y no totalmente debido a Lizzie. A pesar de todas las distracciones de la noche pasada y de esa mañana, no había podido desviar del todo la mente de esa conversación que tuvo con el marqués en Hyde Park. Él le había hecho sorprendentes revelaciones.

Y ella a él también.

En pocas palabras le había dicho que llevaba más de dos años sin tener una relación sexual.

Y ella le dijo… Bueno, era mejor no «pensar» en eso. Tal vez, si tenía mucha suerte, él ya lo habría olvidado.

Fueron a Richmond Park. Hicieron el trayecto en un coche cerrado, Lizzie sentada al lado de él y la señorita Martin enfrente, de cara a ellos. Lizzie no decía nada; simplemente le tenía cogida la mano a su padre, y de tanto en tanto le daba una palmadita en la rodilla con la otra. Él sabía que estaba entusiasmada y nerviosa al mismo tiempo.

– Lizzie nunca se ha aventurado fuera de la casa -le explicó a la señorita Martin-. Su madre pensaba que era mejor que siempre estuviera en un entorno conocido, donde se sintiera segura.

La señorita Martin asintió, con los ojos fijos en su hija.

– Todos hacemos lo mismo la mayor parte de nuestras vidas -dijo-, aunque nuestro entorno conocido consiste normalmente en un espacio más amplio que sólo la casa y el jardín. Es bueno sentirse segura. También es bueno entrar en lo desconocido de vez en cuando. ¿Cómo, si no, podríamos crecer y adquirir conocimientos, experiencia y sabiduría? Y lo desconocido no siempre o ni siquiera con frecuencia es inseguro.

Él le apretó la mano a Lizzie y ella apoyó el lado de la cabeza en su brazo.

Cuando llegaron al parque la llevó por la entrada cogida de la mano. El lacayo que los acompañaba extendió una inmensa manta sobre la hierba a la sombra de un viejo roble, después fue a buscar la cesta con la merienda y finalmente volvió al coche.

– ¿Nos sentamos? -sugirió-. ¿A alguien le apetece merendar ya? ¿O esperamos un rato?

Lizzie se soltó de su mano para ponerse de rodillas y palpar toda la manta. Seguía muy callada. De todos modos él sabía que hablaría de esa tarde días y días. Nunca la había llevado a una merienda en el campo. Había permitido que Sonia impusiera las reglas e inconscientemente conformado a ellas; su amada hija ciega debía ser protegida a toda costa. ¿Por qué nunca se le ocurrió hacerle un regalo como ese?

– Ah, esperemos un rato -dijo la señorita Martin-. ¿No deberíamos caminar un poco primero para ejercitar las piernas? El día está precioso y este parque es muy hermoso.

Joseph la miró ceñudo. Lizzie levantó hacia él la cara aterrada y se aferró a la manta con las dos manos.

– Pero es que yo no sé dónde estamos -dijo-. No sé por dónde caminar. -Levantó una mano, buscándolo a tientas-. ¿Papá?

– Estoy aquí -dijo él, cogiéndole la mano, mientras la señorita Martin estaba ahí de pie, muy derecha y quieta, con las manos cogidas delante de la cintura; durante un irracional instante se sintió molesto con ella-. Me parece que una caminata es buena idea. Podríamos haber hecho la merienda en el jardín si no vamos a aprovechar este amplio espacio. Caminaremos un trecho corto, cariño. Yo te paso la mano por mi brazo, así, ¿ves? -La puso de pie-, y estarás todo lo segura que puedes estar.

Era muy pequeña y delgada, pensó. Era pequeña para su edad, seguro.

Avanzaron lentamente, vacilantes, y él sintió tenso el brazo de Lizzie en el suyo. Le parecía que leía los pensamientos de la señorita Martin mientras caminaba al otro lado de Lizzie. ¿Cómo podía la niña estar preparada para ir a la escuela?

Y si lo estaba, ¿cómo podría él separarse de ella? Estaba haciendo perder el tiempo a la señorita Martin. Justo entonces ella habló, con la voz firme, pero amable:

– Lizzie, vamos caminando por una avenida recta, larga y llana, toda cubierta por suave hierba verde, con grandes y viejos árboles a cada lado. No hay ningún obstáculo contra el que te puedas hacer daño. Puedes dar los pasos con la absoluta seguridad de que no vas a tropezar con nada ni meterás el pie en ningún hoyo, porque, además, vas cogida del brazo de tu padre. Si te cogieras del mío también, creo que hasta podríamos dar pasos largos y enérgicos e incluso correr un poco. ¿Lo intentamos?

Joseph la miró por encima de la cabeza de Lizzie. Se sorprendió sonriendo. Obviamente era una mujer acostumbrada a arreglárselas con niñas.

Pero Lizzie levantó la cara hacia él, pálida y asustada.

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