Tendría que obligarse a enamorarse de ella con la mayor rapidez posible, concluyó, mientras su coche iba de camino hacia Vauxhall. No tenía el menor deseo de meterse en un matrimonio sin amor sólo porque su padre así lo esperaba, y porque las circunstancias se lo exigían.
– Está particularmente bella esta noche -dijo, tocándole el dorso de la mano y dejando un momento los dedos sobre la delicada y tersa piel-. El rosa le sienta bien a su coloración.
– Gracias -dijo ella, girando la cabeza para sonreírle.
– Supongo que sabe que su padre visitó al mío en Bath hace un par de semanas o algo así.
– Sí, por supuesto.
– ¿Y conoce la naturaleza de esa visita?
– Por supuesto -repitió ella.
Seguía con la cara vuelta hacia él. Y sonriendo.
– ¿No se siente molesta por eso? ¿No piensa que tal vez le han forzado la mano?
– Claro que no.
– ¿O que la han obligado?
– No.
Había querido asegurarse con respecto a eso. Estaba muy bien que él aceptara que necesitaba una esposa y que esa mujer fuera la mejor candidata disponible. Pero un matrimonio lo forman dos. No toleraría que la presionaran para casarse con él si prefería no hacerlo.
– Me alegra oír eso -dijo.
No daría el siguiente paso lógico de pedirle en ese momento que se casara con él; aun no había hablado con su padre, y tenía la clara impresión de que eso podría importarle a ella. Pero suponía que estaban un paso más cerca de estar oficialmente comprometidos.
De verdad estaba hermosa con ese vestido rosa, color que se reflejaba en sus mejillas y realzaba el brillo de su pelo rubio. Inclinó la cabeza para besarla, pero ella giró la cara antes que sus labios llegaran a los de ella, por lo que simplemente le rozaron la mejilla. Entonces ella se deslizó por el asiento alejándose de él. Seguía sonriendo.
– ¿La he ofendido? -le preguntó, pasado un momento.
Tal vez encontraba impropios los besos antes de un compromiso oficial.
– No me ha ofendido, lord Attingsborough -contestó ella-. Simplemente ha sido un gesto innecesario.
Él arqueó las cejas y contempló su perfil perfecto enmarcado por la creciente oscuridad.
– ¿Innecesario?
Las ruedas del coche comenzaron a retumbar en el puente sobre el Támesis. No tardarían en llegar a Vauxhall Gardens.
– No necesito que me corteje con esas tonterías como los besos. No soy una niña tonta.
No, no lo era, por Júpiter.
Repentinamente divertido, volvió a acercar la cabeza a la de ella, con la esperanza de sacarle una sonrisa de verdadera diversión. Tal vez simplemente la había puesto nerviosa con su intento de besarla.
– ¿Los besos son «tontos»?
– Siempre.
– ¿Incluso entre enamorados? ¿Entre marido y mujer?
– Creo, lord Attingsborough, que los miembros de la buena sociedad deben estar por encima de esas vulgaridades. Los besos y el romance son para las clases inferiores, que pertenecen a ellas justamente porque no saben nada de las alianzas sabias y prudentes.
¿Qué diablos? ¡Buen Dios! Ya no se sentía tan divertido.
Entonces le vino el recuerdo de que en todos los años que se conocían jamás había habido un momento de coqueteo, ninguna mirada traviesa o pícara, ninguna caricia prohibida, ningún beso robado, ninguno de esos gestos sutiles entre dos personas conscientes de una mutua atracción sexual. No recordaba ni una sola vez en que se hubieran reído juntos. Jamás había habido ni la más mínima insinuación de romance en su relación.
Pero todo eso estaba a punto de cambiar, seguro.
¿O no?
– ¿No recibirá bien mis besos, entonces? -preguntó-. ¿Nunca?
– Sabré cuál es mi deber, desde luego, lord Attingsborough.
¿Sabrá cuál es su…? Notó que el coche comenzaba a detenerse.
– ¿Está segura de que realmente desea este matrimonio, señorita Hunt? Ahora es el momento de decirlo. No le guardaré ningún rencor, y me encargaré de que no caiga sobre usted ni un asomo de culpa si yo no le propongo matrimonio.
Ella giró la cabeza para sonreírle otra vez.
– Somos perfectos el uno para el otro -dijo-. Los dos lo sabemos. Pertenecemos al mismo mundo y comprendemos su funcionamiento, sus reglas y expectativas. Los dos ya hemos pasado la primera juventud. Si cree que debe cortejarme, está muy equivocado.
Joseph se sintió como si le hubieran caído escamas de los ojos. ¿Cómo era posible que la conociera de tanto tiempo y no hubiera sospechado que era frígida? Pero claro, ¿cómo podría haberlo sospechado? Jamás había intentado ni coquetear con ella ni cortejarla, hasta ese momento. Sin embargo, tenía que estar equivocado. Seguro que ella hablaba debido a su inocencia e inexperiencia. Una vez que estuvieran casados…
John golpeó la puerta, la abrió y desplegó los peldaños. Joseph bajó de un salto, sintiéndose como si el corazón se le hubiera alojado en los zapatos. ¿Qué tipo de matrimonio podía esperar? ¿Un matrimonio sin amor, sin nada de calor? Pero no sería así. Al fin y al cabo él no sentía un afecto profundo por ella, aunque estaba dispuesto a trabajar sus sentimientos. Seguro que ella haría lo mismo. Acababa de decir que sabría cuál era su deber.
– ¿Entramos? -La invitó, ofreciéndole el brazo-. No sé si los demás ya habrán llegado.
Ella le cogió el brazo y saludó con un gesto a una pareja que acababa de bajarse de un coche cercano.
¿Por qué hasta esa noche no se había fijado en que la sonrisa de ella nunca le iluminaba los ojos? ¿O sólo serían imaginaciones suyas? Al parecer ese «no beso» lo había desconcertado, aun cuando a ella no la hizo perder la serenidad.
El día anterior por la mañana Peter se había encontrado con McLeith en el White, y lo invitó a cenar con ellos la noche de la visita a Vauxhall Gardens, para que Claudia tuviera un acompañante.
Claudia estaba resignada a volver a verlo. Incluso sentía curiosidad por él. ¿Cuánto habría cambiado? ¿Cuánto de él sería el mismo Charlie al que había adorado incluso antes de que sus sentimientos se volvieran románticos?
Se había puesto el vestido de noche azul oscuro que le había servido para varios de los eventos nocturnos en la escuela. Siempre le había gustado, aun cuando no tenía la más mínima pretensión de estar a la última moda en cuanto a elegancia, y ni siquiera a la moda en cuanto a la no elegancia, pensó con humor sarcástico mientras Maria la peinaba.
Expulsó firmemente de la cabeza los recuerdos de la salida de esa tarde. Mañana pensaría en la decisión que debía tomar respecto a la conveniencia de enviar o no a la escuela a Lizzie, decisión que no sería fácil. Y trataría de no pensar en esas sorprendentes palabras de lord Attingsborough: «Creo, señorita Martin, que usted debe de ser la mujer más hermosa que he tenido el privilegio de conocer».
La rareza de esas palabras le había producido cierto penoso desconcierto. Sin duda, él no las había dicho en serio. De todos modos, fueron palabras hermosas dichas durante una tarde agradable, y estaba segura de que las recordaría el resto de su vida.
Charlie resultó un simpático acompañante para cenar. Les habló de su propiedad escocesa y de sus viajes por las Highlands. También de su hijo, y obsequió a Susanna y Peter con anécdotas de su infancia, con ella, la mayoría divertidas y todas ciertas.
Y después, cuando bajaron del coche de Peter fuera de Vauxhall Gardens, le ofreció el brazo y esta vez ella se lo cogió. Hacía ya muchísimos años había conseguido expulsar de su memoria todos los recuerdos de su infancia con él junto con todo lo que ocurrió después. Tal vez en el futuro sería capaz de separar en su memoria los recuerdos de su infancia de los de su primera juventud, desprendiéndose así de parte de su amargura; porque, en realidad, lo único que le quedaba era amargura; el dolor ya había desaparecido hacía mucho tiempo.
Читать дальше