– Claudia -dijo él, acercando la cabeza a la de ella mientras entraban en los jardines detrás de Susanna y Peter-, todo esto es muy agradable. Me siento más feliz de lo que sé decir por haberte reencontrado. Y esta vez no debemos perdernos la pista.
¿Se habrían amado toda la vida si él hubiera estudiado leyes y después se hubieran casado como tenían planeado?, pensó ella. ¿Habrían seguido siendo amigos íntimos también? Pero claro, era imposible responder a esas preguntas. Muchas cosas habrían sido diferentes a cómo eran en esos momentos. Todo habría sido diferente. Ellos habrían sido diferentes. ¿Y quién podía decir si su vida habría sido mejor o peor de la que había vivido?
Entonces terminaron de pasar por la entrada y lo olvidó todo.
– ¡Oh, Charlie, mira! -exclamó, maravillada.
La larga avenida que se extendía recta ante ellos estaba bordeada de árboles, y de todos colgaban lámparas de colores, que se veían mágicas aun cuando todavía no estaba totalmente oscuro. Los senderos estaban atiborrados por otros fiesteros, todos rutilantes con sus elegantes galas para la ocasión.
– Es encantador, ¿verdad? -dijo él, sonriéndole-. Me gusta oír salir ese viejo nombre de tus labios, Claudia. Desde que tenía dieciocho años no he sido otra cosa que Charles, es decir, cuando no soy simplemente McLeith. Dilo otra vez.
Pero Claudia no se dejó distraer. Toda la gente se veía muy animada, así que ella también sonrió. Entonces llegaron a una especie de plaza en forma de herradura, rodeada por columnas y comedores separados, abiertos y dispuestos en gradas, como palcos, todos iluminados por linternas interiores y exteriores. Casi todos ya estaban ocupados; el del centro por una orquesta.
Lady Ravensberg les estaba haciendo señas desde uno de los de más abajo.
– Peter, Susanna, señorita Martin -dijo cuando ya estaban cerca-. Ah, y los acompaña el duque de McLeith. Entrad aquí. Sois los últimos en llegar. Ahora nuestro grupo está completo.
El grupo estaba formado por la vizcondesa y el vizconde, el duque y la duquesa de Portfrey, el conde y la condesa de Sutton, el marqués de Attingsborough y la señorita Hunt, el conde y la condesa de Kilbourne, y ellos.
Claudia volvió a sentirse divertida por encontrarse en esa compañía tan ilustre. Pero estaba resuelta a disfrutar plenamente de esa noche. Muy pronto volvería a estar en la escuela y era improbable que volviera a tener la experiencia de una noche como esa.
¡Y qué experiencia!
La mayoría de los miembros del grupo se mostraron simpáticos. Aunque los Sutton prácticamente se desentendieron de ella, y la señorita Hunt estaba sentada en el otro extremo de la mesa y rara vez miraba en su dirección, todos los demás eran más que amables. La muy dulce y bonita condesa de Kilbourne y la elegante y majestuosa duquesa de Portfrey estuvieron un buen rato conversando con ella, así como los vizcondes de Ravensberg. Y claro, también estaban Susanna, Peter y Charlie.
Pero la conversación no lo era todo.
Había refrigerios para comer, muy especialmente las finísimas lonjas de jamón y los fresones, que hacían famoso a ese lugar. Y vino para beber. Personas a las que mirar, cuando pasaban por la avenida principal o junto a los comedores y se detenían a conversar con sus ocupantes, y música que escuchar.
Y había baile. Aunque hacía mucho tiempo que no bailaba, participó de todos modos. ¿Cómo podría resistirse a bailar al aire libre bajo linternas oscilantes y la luna y las estrellas en el cielo iluminando el suelo en que se movían? Hicieron pareja con ella Charlie, el conde de Kilbourne y el duque de Portfrey.
Eleanor le gastaría bromas sin piedad por todo eso cuando se lo contara.
Y si la música y el baile no bastaban para llenar a rebosar su copa de placer, después vendrían los fuegos artificiales, que esperaba con ilusión.
Lady Ravensberg sugirió hacer una caminata mientras esperaban el espectáculo de los fuegos, y todos convinieron en que era justo lo que necesitaban. Todos se emparejaron para caminar, el conde de Kilbourne con su prima lady Sutton cogida de su brazo, el vizconde Ravensberg con la condesa de Kilbourne, Peter con la duquesa de Portfrey, el duque con Susanna, el conde de Sutton con lady Ravensberg.
– Ah -dijo Charlie-, veo que todos toman diferente pareja. Señorita Hunt, ¿me permite el placer?
Ella sonrió y se cogió de su brazo.
El marqués de Attingsborough estaba terminando una conversación con una pareja que lo detuvo fuera del comedor.
– Adelante -les dijo a todos haciéndoles un gesto-. Dentro de un momento les seguiremos la señorita Martin y yo.
Claudia se sintió bastante azorada. Él no tenía otra opción que acompañarla a ella, ¿verdad? Pero, en realidad, si hasta el momento sentía una secreta desilusión era porque no se había presentado ninguna oportunidad para conversar o bailar con él. Tenía la sensación de que la merienda de esa tarde había ocurrido ya hacía mucho.
«Creo, señorita Martin, que usted debe de ser la mujer más hermosa que he tenido el privilegio de conocer.» Él le había dicho esas palabras sólo unas horas antes. Y claro, mientras más intentaba olvidarlas, más las recordaba.
Y entonces se lo encontró sonriendo y ofreciéndole el brazo.
– Perdone la tardanza -dijo-. ¿Nos damos prisa para dar alcance a los demás? ¿O caminamos a un paso más tranquilo mientras usted me explica sinceramente qué le parece Vauxhall?
Atravesaron la avenida principal y continuaron por una más corta hasta llegar a otra larga y ancha paralela a la principal, de una belleza pasmosa. No sólo colgaban lámparas por entre los árboles, sino también de la serie de arcos de piedra que atravesaban la avenida más adelante.
– Tal vez espera que lo mire todo con mucha sensatez, lord Attingsborough -dijo-, y declare mi desdén por una artificialidad tan frívola.
– Pero ¿no lo va a hacer? -preguntó él, mirándola con ojos risueños-. No se imagina cuánto me encantaría saber que no siempre está gobernada por la sensatez. Esta noche la sensatez me ha dejado helado.
– A veces prefiero olvidar que tengo estorbos como las facultades críticas. A veces prefiero simplemente «disfrutar».
– ¿Y esta noche está disfrutando? -preguntó él, apartándola para pasar por el lado de un grupo de alegres fiesteros que no miraban por donde iban.
El grupo de ellos iba a cierta distancia, observó ella.
– Sí, sí, estoy disfrutando de verdad. Sólo espero ser capaz de recordar todo esto tal como es para poder disfrutar de los recuerdos cuando esté sola en mi tranquila sala de estar en Bath alguna noche de invierno.
Él se rió.
– Pero primero debe disfrutarlo hasta el último momento. Y «después» recordarlo.
– Ah, eso es lo que haré.
– ¿Todo va bien con McLeith?
– Esta noche ha venido a cenar a la casa y ha estado muy simpático. Contó hazañas y travesuras en que nos enredábamos cuando éramos niños, y me recordó lo mucho que me gustaba entonces.
– ¿Después fueron amantes? -preguntó él en voz baja.
Ella sintió arder las mejillas al recordar que más o menos reconoció eso ante él en Hyde Park. ¿Cómo era posible que hubiera dicho lo que dijo en voz alta? ¿A él o a cualquiera?
– Muy brevemente -contestó-, antes que se marchara de casa para no volver. Estábamos desconsolados porque él tenía que irse a Escocia, y pasar un tiempo allí hasta que volviéramos a vernos y pudiéramos estar juntos el resto de nuestras vidas. Y entonces…
– Esas cosas ocurren -dijo él-. Y, en general, creo que la pasión, incluso la pasión insensata, es preferible a la fría indiferencia. Creo que usted me dijo algo similar una vez.
– Sí -dijo ella, justo antes que él la desviara firmemente del camino para evitar un choque con otro grupo de fiesteros bulliciosos y descuidados.
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