Mary Balogh - Simplemente Perfecto

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Alto, moreno y exquisitamente sensual, él es la personificación de la perfección masculina. No es que Claudia Martin esté buscando un amante. Ni un esposo. Como propietaria y directora de la academia de la señorita Martin en Bath, hace mucho que se resignó a vivir sin amor. Hasta que Joseph, marqués de Attingsborough, llega sin previo aviso y la tienta a arrojar por la borda toda una vida de decencia por una aventura que sólo puede conducirle a la ruina.
Joseph tiene sus propias razones para buscar a Claudia. Inmediata e irresistiblemente atraído por la delicada profesora, se embarca en un plan de seducción que los llevará a ambos a anhelar algo más. Pero, como heredero de un prestigioso ducado, se espera que Joseph continúe con el legado de la familia. Y Claudia sabe que no hay lugar para ella en su mundo.
Ahora, dicho mundo está a punto de verse sacudido por el escándalo. Un matrimonio concertado, un secreto que conmocionará a la sociedad y un hombre proveniente del pasado de Claudia, conspiran para separar a los amantes. Pero Joseph está decidido a hacer suya a Claudia a toda costa. Aunque ello signifique desafiar toda convención y romper toda regla por un amor que representa todo cuanto siempre ha deseado; un amor que es perfecto tal como es…

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Le sonrió feliz, y Claudia no pudo evitar que le cayera bien también, además de compadecerla por estar casada con el duque. Aunque en realidad no parecía ser una mujer a la que le hubieran quebrantado el espíritu.

– Usted y Frances -dijo-, quiero decir la condesa de Edgecombe.

La duquesa sonrió afectuosa.

– ¿Sí? Qué fabuloso para ella y el conde. Supongo que dejará de viajar y cantar por un tiempo. El mundo estará de luto. Tiene una voz preciosa, preciosa.

En ese momento se abrió la puerta y entró Susanna. Las tres damas se levantaron a saludarla y el perro corrió a dar vueltas alrededor de sus tobillos.

– Espero no haberle interrumpido el momento de estar con su hijo -dijo la duquesa.

– No, no. Peter está con él, y los dos parecen la mar de contentos haciéndose mutua compañía, por lo que me pareció que mi presencia estaba de más. Vuelvan a sentarse por favor.

– Señorita Martin -dijo la duquesa tan pronto como volvió a sentarse-. Esta mañana tuve una idea luminosa. De vez en cuando las tengo, ¿sabe? No te rías, Eve. Eleanor me ha escrito para decirme que llevará a diez de las niñas de la escuela a pasar parte del verano a Lindsey Hall. Supongo que ya lo sabe, porque ella le escribió a usted antes que a mí, ¿verdad? Casi cambió de opinión cuando se enteró de que Wulfric y yo no estaremos ausentes todo el verano después de todo. Wulfric se vuelve un tirano cuando estoy embarazada, insiste en que viaje lo menos posible, y asegura que le ha perdido el gusto a viajar solo. Además, los condes de Redfield van a celebrar un aniversario de bodas este verano y nos han invitado al solemne baile en Alvesley Park, entre otras cosas. No seríamos buenos vecinos si nos ausentáramos de casa en esa importantísima ocasión. De todos modos, en Lindsey Hall hay habitaciones y espacio de sobra para alojar a diez escolares.

– ¿Y Wulfric está de acuerdo contigo, Christine? -preguntó lady Aidan riendo.

– Por supuesto. Wulfric siempre está de acuerdo conmigo, aun cuando a veces necesite un poco de persuasión primero. Le recordé que el verano pasado tuvimos a doce niñas alojadas con nosotros, para la boda de lord y lady Whitleaf, y él no experimentó ni la más mínima incomodidad o molestia.

– Y a mí me hizo muy feliz tenerlas en mi boda -dijo Susanna.

– Mi idea luminosa -dijo la duquesa, volviendo la atención a Claudia- fue que usted fuera también, señorita Martin. Creo que tiene la intención de volver pronto a Bath, y si la perspectiva de pasar el verano en una escuela sin niñas es su idea de bienaventuranza, como bien podría serlo, pues, sea. Pero me encantaría que fuera a Lindsey Hall con Eleanor y las niñas para gozar de los placeres del campo unas cuantas semanas. Y si hace falta más aliciente, le recordaré que tanto lady Whitleaf como la señora Butler estarán en Alvesley Park. Sé que las dos son unas amigas muy especiales suyas además de haber sido profesoras en su escuela.

La primera reacción de Claudia fue de pasmada incredulidad. ¿Una estancia en Lindsey Hall, el lugar de una de sus peores pesadillas despierta? ¿Estando ahí el duque de Bewcastle?

Vio que a Susanna le brillaban los ojos de risa. Era evidente que estaba pensando lo mismo.

– Nosotros iremos a Lindsey Hall a pasar un tiempo corto -dijo lady Aidan-, como también Freyja y Joshua. Así podrá ver cómo se están acomodando la señorita Bains y la señorita Wood en sus nuevos puestos. Aunque, lógicamente, no comenzarán a trabajar en serio hasta que hayamos vuelto a nuestras casas, nosotros a Oxfordshire y Freyja y Joshua a Cornualles.

Así que no serían solamente Lindsey Hall y el duque de Bewcastle, pensó Claudia; también estaría la ex lady Freyja Bedwyn. La idea de ir le resultaba tan espantosa que casi se echó a reír. Y seguro que no eran imaginaciones suyas que lady Hallmere la estaba mirando con un leve brillo burlón en los ojos.

– Diga que va a ir, por favor -dijo la duquesa-. Me complacería enormemente.

– Vamos, Claudia, acepta -la instó Susanna.

Pero a Claudia se le había ocurrido una idea, y sólo por eso no dijo un no instantáneo y muy rotundo.

– Me gustaría saber una cosa -dijo-. ¿Se resistiría a la idea de «once» niñas en lugar de diez, excelencia?

Lady Hallmere arqueó las cejas.

– Diez, once, veinte -dijo la duquesa alegremente-. Que vayan todas. Y lleve al perro también. Tendrá muchísimo espacio para correr. Y yo creo que todos los niños lo van a mimar desvergonzadamente.

– Hay otra niña -dijo Claudia-. El señor Hatchard, mi agente aquí en la ciudad, me habló de ella. A veces me recomienda casos de niñas desamparadas si cree que yo puedo hacer algo para ayudarlas.

– Yo fui una de ellas -dijo Susanna-. ¿Has estado con esa niña, Claudia?

– Sí -dijo Claudia, ceñuda. Detestaba mentir, pero era necesario-. No sé muy bien si le conviene ni si desea ir a mi escuela. Pero… tal vez.

La duquesa se levantó.

– Las dos serán bienvenidas -dijo-, pero ahora debemos marcharnos. La intención era que esta visita fuera breve, puesto que no es en absoluto la hora en que se considera de buen gusto hacer las visitas ¿verdad? ¿Las veremos a las dos en el baile de la señora Kingston esta noche?

– Allí estaremos -contestó Susanna.

– Gracias -dijo Claudia-. Iré a Lindsey Hall, excelencia, y ayudaré a Eleanor a cuidar de las niñas. Sé que ella espera poder pasar algún tiempo con su madre, y ahora que usted tiene la intención de quedarse en casa, ella deseará estar un tiempo con usted también.

– ¡Ah, espléndido! -Dijo la duquesa, al parecer verdaderamente complacida-. Este va a ser un verano delicioso.

Un verano delicioso, desde luego, pensó Claudia, sarcástica. ¿Qué diablos acababa de aceptar? ¿Ese verano iba a ser un periodo para retroceder en el tiempo y recordar y afrontar horrores del pasado y tal vez exorcizarlos?

Peter acababa de entrar en la sala a saludar a las visitas. Él y Susanna bajaron con ellas para despedirlas. Lady Hallmere se quedó atrás, retenida tal vez por una mirada muy directa de Claudia.

– Tal vez Edna Wood le ha dicho -dijo Claudia-, o tal vez no, que yo no aprobé que aceptara el empleo con usted. Fue decisión suya ir a la entrevista y aceptar el puesto, y yo debo respetar su derecho a hacerlo. Pero no me gusta, y no me importa decírselo.

Lady Freyja Bedwyn había sido una chica de rasgos algo raros: pelo rubio rebelde, cejas más oscuras, piel levemente trigueña y nariz bastante prominente. Seguía teniendo esos rasgos, pero, por lo que fuera, se habían configurado de tal manera que la hacían espectacularmente guapa. Eso la fastidiaba; habría sido mejor si la niña se hubiera convertido en una mujer fea. Lady Hallmere sonrió.

– Le ha durado mucho el rencor, señorita Martin -dijo-. Rara vez he admirado a nadie tanto como la admiré a usted cuando se marchó por el camino de entrada, a pie y llevando a mano su equipaje. Desde entonces la he admirado. Buenos días.

Dicho eso salió detrás de sus cuñadas.

¡Bueno!

Claudia volvió a sentarse ante el escritorio y le rascó las orejas al perro. Si la intención de la mujer había sido cortarle las alas, anudarle la lengua y enredarle las metáforas, lo había conseguido totalmente.

Pero no tardó en volver sus pensamientos a la invitación de la duquesa de Bewcastle y a su propia idea luminosa. ¿Significaba eso que ya había tomado una especie de decisión respecto a Lizzie Pickford? Tendría que hablarlo con el marqués, lógicamente. Ah, caramba, sí que iba a encontrar embarazoso encontrarse con él cara a cara. Pero debía hacerlo. Eso era un asunto de negocios.

¿Tendría él pensado ir al baile de los Kingston? Ella seguro que iba a ir. Susanna y Peter se lo dijeron durante el desayuno y, sin saber cómo, se sintió atrapada en esa locura llamada temporada de primavera y se dejó llevar por la corriente. Una parte muy grande de su ser ansiaba estar de vuelta en casa, en Bath, de vuelta en su mundo conocido.

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