Mary Balogh - Simplemente Perfecto

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Alto, moreno y exquisitamente sensual, él es la personificación de la perfección masculina. No es que Claudia Martin esté buscando un amante. Ni un esposo. Como propietaria y directora de la academia de la señorita Martin en Bath, hace mucho que se resignó a vivir sin amor. Hasta que Joseph, marqués de Attingsborough, llega sin previo aviso y la tienta a arrojar por la borda toda una vida de decencia por una aventura que sólo puede conducirle a la ruina.
Joseph tiene sus propias razones para buscar a Claudia. Inmediata e irresistiblemente atraído por la delicada profesora, se embarca en un plan de seducción que los llevará a ambos a anhelar algo más. Pero, como heredero de un prestigioso ducado, se espera que Joseph continúe con el legado de la familia. Y Claudia sabe que no hay lugar para ella en su mundo.
Ahora, dicho mundo está a punto de verse sacudido por el escándalo. Un matrimonio concertado, un secreto que conmocionará a la sociedad y un hombre proveniente del pasado de Claudia, conspiran para separar a los amantes. Pero Joseph está decidido a hacer suya a Claudia a toda costa. Aunque ello signifique desafiar toda convención y romper toda regla por un amor que representa todo cuanto siempre ha deseado; un amor que es perfecto tal como es…

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También sabía que su corazón sufriría durante un largo periodo de tiempo.

No le importaba. Mejor vivir y sufrir que no vivir.

Sintió la retirada de él en el instante en que él aflojó la presión de sus brazos, la besó suavemente en la boca, en los párpados y las sienes, y luego le puso la mano abierta en la parte de atrás de la cabeza y se la bajó hasta dejarle la cara apoyada en uno de sus hombros, apartándola del tronco del árbol. Entonces sintió pena y alivio. Era el momento de parar; estaban en un lugar casi público.

Con los brazos rodeándole suavemente la cintura sintió salir poco a poco de su cuerpo la tensión de la insatisfacción sexual.

– Acordaremos no lamentar esto, ¿verdad? -Dijo él, pasado un minuto más o menos de silencio, con la boca muy cerca de su oreja-. ¿Ni permitir que cause incomodidad entre nosotros cuando volvamos a encontrarnos?

Ella no contestó inmediatamente. Levantó la cabeza, retiró los brazos de la cintura de él y retrocedió un paso. Mientras lo hacía se revistió muy conscientemente con la persona de la señorita Martin, maestra de escuela otra vez, casi como si fuera una prenda ya tiesa por el desuso.

– Sí a lo primero -dijo-. De lo segundo no estoy nada segura. Tengo la impresión de que a la fría luz del día me voy a sentir muy avergonzada cuando me encuentre cara a cara con usted después de esta noche.

Santo cielo, ahora que lo veía a él en la semioscuridad ya encontraba increíble y terriblemente vergonzoso estar en su presencia, o se lo parecía.

– Señorita Martin -dijo él-. Espero no haber… no puedo…

Ella chasqueó la lengua; no podía dejar que terminara la frase qué humillada se sentiría si él dijera esas palabras en voz alta.

– Por supuesto que no puede -dijo-. Tampoco puedo yo. Tengo una vida y una profesión y a personas que dependen de mí. No espero que mañana por la mañana aparezca en la escalinata de la casa del vizconde Whitleaf con una licencia especial en la mano. Y si lo hiciera, lo enviaría lejos más rápido de lo que tardó en llegar ahí.

– ¿Con cajas destempladas? -dijo él, sonriéndole.

– Con eso «por lo menos».

Entonces le sonrió pesarosa. Qué tonto es el amor, pensó, venir a brotar en un momento imposible y con una persona imposible. Porque claro, estaba enamorada. Y claro, eso era total, totalmente imposible.

– Creo, lord Attingsborough -continuó-, que si hubiera sabido lo que sé ahora cuando entré en el salón para visitas de la escuela y le vi ahí de pie, podría haberlo enviado lejos entonces, con cajas destempladas. Aunque tal vez no. He disfrutado de estas dos semanas más de lo que sabría decir. Y usted ha llegado a caerme bien.

Eso era cierto también. De verdad le caía bien.

Le tendió la mano. Él se la cogió y se la estrechó firmemente. De nuevo estaban levantadas las barreras entre ellos, como debían estarlo.

Entonces pegó un salto, agitando la mano en la de él, porque un fuerte ruido rompió ese casi silencio.

– Ah -dijo él, mirando hacia arriba-, ¡qué oportuno! Los fuegos artificiales.

– ¡Ooh! -Exclamó ella, mirando con él la franja de luz roja que subió en arco rugiendo por encima de los árboles y bajó hasta perderse de vista-. He estado esperándolos con ilusión.

– Venga -dijo él, soltándole la mano y ofreciéndole el brazo-. Volvamos a la amplia avenida para verlos.

– Ah, sí, vamos.

Y a pesar de todo, a pesar de que algo apenas había empezado y también terminado ahí esa noche, se sentía henchida, inundada de felicidad.

Había dicho la verdad uno o dos minutos antes. No se habría perdido esa corta estancia en Londres ni por todas las atracciones del mundo.

Tampoco se habría perdido conocer al marqués de Attingsborough.

CAPÍTULO 11

A la mañana siguiente Claudia estaba sentada ante el escritorio del salón de mañana contestando una carta de Eleanor Thompson, cuando entró el mayordomo a anunciarle la llegada de unas visitas. El collie, que había estado echado junto a su silla durmiendo, se levantó.

– Su excelencia la duquesa de Bewcastle, la marquesa de Hallmere y lady Aidan Bedwyn esperan abajo, señora -dijo-. ¿Las hago subir?

¡Santo cielo!, pensó. Arqueó las cejas.

– Lord y lady Whitleaf están arriba en la sala cuna. ¿No debería llevarles a ellos el mensaje?

– Su excelencia dijo que ha venido a verla a usted en particular, señora -contestó el mayordomo.

– Entonces hágalas subir.

A toda prisa limpió la pluma y ordenó los papeles. Al menos podría decirle a la duquesa que su hermana estaba bien. Pero ¿por qué venían a visitarla a «ella»?

Esa noche nuevamente no había dormido bien. Pero esta vez fue solamente por su culpa. No deseaba dormir. Deseaba revivir la noche en Vauxhall.

Seguía sin lamentarlo.

El perro recibió a la duquesa de Bewcastle y a sus cuñadas con feroces ladridos y una carrera como si fuera a atacar.

– Ay, Dios -dijo Claudia.

– ¿Me va a arrancar la pierna? -preguntó la duquesa riendo y agachándose a acariciarle la cabeza.

– Es un border collie -dijo lady Aidan, agachándose a hacer lo mismo-. Sólo nos está saludando, Christine. Mira cómo mueve la cola. Y buenos días tengas tú también, dulce perrito.

– Era un perro maltratado al que me vi obligada a adoptar hace un par de días -explicó Claudia-. Creo que lo único que necesita es cariño y mucha comida.

– ¿Y le da las dos cosas, señorita Martin? -Preguntó lady Hallmere, al parecer algo sorprendida-. ¿También recoge perros desamparados como Eve? Pero sí recoge alumnas desamparadas, ¿verdad? -Levantó una mano al ver que Claudia estaba a punto de hacer un mordaz comentario-. Tengo a una de ellas como institutriz de mis hijos. Parece que la señorita Wood ha captado su atención. Está por ver si eso continuará.

Con un gesto Claudia las invitó a tomar asiento y ellas se sentaron.

– Le agradezco que haya traído personalmente a la ciudad a la señorita Bains -dijo lady Aidan-. Es una damita muy simpática y animosa. Hannah, mi hija pequeña, ya está muy encariñada con ella, después de sólo un día. Becky está más cautelosa. Ya ha perdido a dos institutrices, pues se casaron, y las adoraba a las dos. Se inclina a sentirse resentida con la nueva. Pero la señorita Bains les contó a las niñas su primer día en su escuela de Bath, cuando odiaba todo y a todo el mundo y estaba muy resuelta a no adaptarse nunca, aun cuando había aceptado ir, y muy pronto las tuvo riendo y suplicándole que les contara más historias de la escuela.

– Sí -dijo Claudia-, esa es Flora. Le encanta hablar. -Le dio una palmadita al perro, que había vuelto a sentarse junto a su silla-. Pero estudió muy concienzudamente y creo que será una buena profesora.

– De eso no me cabe duda -dijo lady Aidan-. Con mi marido hemos hablado de enviar a Becky a la escuela este año, pero la verdad es que no soporto ni la idea de separarme de ella. Ya es bastante malo que Davy haya tenido que ir al colegio. Malo para mí, quiero decir. Él lo pasa en grande ahí, tal como dijo Aidan que ocurriría.

Claudia, inclinada a tenerle aversión a la mujer simplemente por ser una Bedwyn por matrimonio, descubrió que ya no podía seguir haciéndolo. Incluso detectaba un leve dejo de acento gales en su voz.

– Y yo estoy feliz -dijo la duquesa de Bewcastle- de que James sea todavía demasiado pequeño para ir al colegio. Irá, por supuesto, cuando llegue el momento, aun cuando Wulfric no fue cuando era niño. Siempre ha lamentado haberse perdido esa experiencia, y está decidido a que ninguno de sus hijos se quede en casa. Sólo espero que mi próximo hijo sea una niña, aunque supongo que como buena y sumisa esposa debería esperar tener otro niño primero, el que sería el heredero de recambio o una de esas tonterías. El próximo o la próxima, por cierto, hará su aparición dentro de unos siete meses.

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