– Mi madre decía que no debo salir nunca de casa ni del jardín, y que no debo caminar rápido -dijo-. Y la señorita Edwards dijo… -No terminó la frase, y antes que él pudiera decir algo, sonrió: esa expresión que él veía tan rara vez, esa sonrisa que la hacía parecer muy traviesa-. Pero la señorita Edwards ya no está. Mi papá la despidió esta mañana y le dio dinero para seis meses.
– Tu madre era una dama sabia -le dijo la señorita Martin-. Sí que debes permanecer en la casa a no ser que te acompañe alguien en quien tengas confianza. Y siempre debes caminar con cautela cuando estés sola. Pero hoy estás con tu padre, del que te fías más que de cualquier otra persona que hayas conocido, creo yo, y sabes que no estás sola. Si te afirmas en el brazo de él y te coges del mío también, nosotros seremos cautelosos por ti y nos encargaremos de que no te hagas ningún daño. Creo que tu padre se fía de mí.
– Por supuesto que me fío -dijo él, todavía sonriéndole por encima de la cabeza de Lizzie.
– ¿Lo intentamos? -preguntó ella.
Lizzie alargó la mano, ella se la cogió y la pasó por debajo de su brazo. Y así caminaron tranquilamente, los tres formando una línea recta, y de pronto Joseph se dio cuenta de que la señorita Martin había aumentado la velocidad de los pasos. Sonriendo, él la aumento otro poco. De repente, bien cogida de ellos, Lizzie se rió y luego chilló de risa.
– ¡Vamos caminando de verdad! -exclamó.
Él sintió una opresión en la garganta, por las lágrimas sin derramar.
– Pues sí -dijo-. ¿Tal vez deberíamos correr?
Corrieron durante un corto trecho, luego aminoraron la marcha hasta continuar caminando y finalmente se detuvieron. Ahora los tres se estaban riendo, y Lizzie jadeaba además.
Volvió a mirar a los ojos a la señorita Martin por encima de la cabeza de su hija. Tenía encendidas las mejillas y los ojos brillantes. Su vestido de fino algodón y algo desteñido estaba arrugado y el ala de la pamela, la misma que llevaba en la fiesta en el jardín, había perdido su forma; un mechón errante le caía suelto sobre el hombro; le brillaba de humedad la cara.
De pronto se veía francamente muy guapa.
– ¡Oh, escuchad! -dijo Lizzie, con la cara algo adelantada y el cuerpo muy inmóvil-. Escuchad a los pájaros.
Aguzaron los oídos, y sí, debía haber un buen número de pájaros ocultos entre el follaje de los árboles, porque formaban un coro, todos trinando como si quisieran echar fuera el corazón. Era un agradable sonido de verano, que muchas veces no se escucha por haber tantas otras cosas en qué ocupar los ojos y la mente.
La señorita Martin fue la primera en moverse. Se soltó del brazo de Lizzie y se puso delante de ella.
– Lizzie, levanta la cara al sol. Espera, deja que te eche hacia atrás el ancha ala de la papalina para que puedes sentir el agradable calor en las mejillas y en los párpados. Inspira sol mientras escuchas a los pájaros.
– Pero mi madre decía…
– Y era muy sabia -dijo la señorita Martin doblando hacia atrás el ala de la papalina para exponer al sol la pálida y delgada cara de la niña y sus ojos ciegos-. Ninguna dama expone su piel al sol tanto tiempo que se le broncee o queme. Pero es bueno hacerlo unos minutos cada vez. El calor del sol en la cara es muy bueno para el ánimo, para el espíritu.
Ah, ¿por qué a él nunca se le había ocurrido eso?
Con ese permiso, Lizzie echó atrás la cabeza de forma que la luz y el calor del sol le dieron de lleno en la cara. Pasado un momento entreabrió los labios, retiró la mano del brazo de él y levantó las dos manos hacia el sol, con las palmas hacia arriba.
– Ooh -dijo, con un largo suspiro, y él volvió a sentir oprimida la garganta.
Estuvo así un buen rato, hasta que con un repentino miedo movió la mano, buscándolo.
– ¿Papá?
– Estoy aquí, cariño -dijo él, pero no le cogió la mano, como habría hecho normalmente-. No te voy a dejar sola. La señorita Martin tampoco.
– Sí, el sol se siente muy agradable -dijo ella.
Entonces, sin bajar las manos, se giró hacia la derecha y continuó girando muy lentamente hasta quedar casi en la misma posición en que comenzó. Los rayos del sol debieron ser su guía.
Se rió con la despreocupada felicidad de cualquier niño.
– Tal vez ahora deberíamos volver a la manta y tomar la merienda -dijo la señorita Martin-. Nunca es bueno excederse en ningún ejercicio, y tengo hambre.
Se dieron media vuelta, se cogieron de los brazos otra vez y echaron a andar para volver por donde habían venido. Pero Lizzie no era la única que estaba burbujeante de exuberancia.
– Caminar y correr son lo mismo -dijo él-. Propongo que avancemos saltando hasta la manta.
– ¿Saltando? -preguntó Lizzie, y la señorita Martin lo miró con las cejas arqueadas.
– Primero saltas con un pie y luego con el otro, sin dejar de avanzar -explicó-. Así.
Y empezó a saltar como un niño muy crecido para su edad, llevándolas casi a rastras, hasta que la señorita Martin se echó a reír y comenzó a saltar también. Pasado un momento de vacilación, Lizzie los imitó y así los tres continuaron saltando por la avenida, riéndose y gritando, haciendo un indecoroso ridículo. Menos mal que no había nadie en esa parte del parque, y si había gente, o estaban fuera de la vista o tan lejos que se perdieron el espectáculo. A algunos de sus amigos les interesaría verlo en ese momento, pensó Joseph, saltando por la avenida del parque con su hija ciega y una directora de escuela.
Sin duda las alumnas y profesoras de la señorita Martin también estarían interesadas.
Pero el despreocupado placer de Lizzie valía cualquier pérdida de la dignidad.
Cuando llegaron a la manta a la sombra, la señorita Martin ayudó a Lizzie a quitarse la chaquetilla y le sugirió que se quitara la papalina también. Ella se quitó la pamela, él el sombrero y los dejaron sobre la hierba. Ella se pasó las manos por su desordenado cabello, una tarea inútil, pues necesitaría un cepillo y un espejo para reparar el daño. De todos modos, para él estaba absolutamente encantadora.
Comieron con saludable apetito, panecillos recién horneados con queso, pasteles de pasas y una rosada manzana cada uno. Acompañaron la comida con limonada, que lamentablemente ya estaba tibia, pero era líquido para apagar la sed de todos modos.
Y mientras comían charlaron acerca de nada en particular, hasta que Lizzie se quedó callada y continuó así. Estaba apoyada en el costado de su padre, y con las piernas recogidas. Él la miró y vio que estaba profundamente dormida. Le bajó la cabeza hasta su regazo y le pasó la mano por el pelo ligeramente húmedo.
– Creo que le ha regalado uno de los días más felices de su vida, señorita Martin -dijo en voz baja-. Probablemente el más feliz.
– ¿Yo? -dijo ella, tocándose el pecho-. ¿Qué he hecho «yo»?
– Le ha dado permiso para ser niña. Para correr, saltar, levantar la cara al sol, gritar y reír.
Ella lo miró, pero no dijo nada.
– La he querido desde el instante en que posé los ojos en ella -continuó él-, diez minutos después de que nació. Creo que porque es ciega la he amado más de lo que la habría amado si no lo fuera. Siempre he deseado respirar, comer y dormir por ella, y alegremente habría muerto por ella si con eso hubiera podido arreglar algo. He tratado de mantenerla segura, en mis brazos y en mi amor. Nunca he…
Tontamente se le cortó la voz y no pudo terminar. Hizo una honda inspiración y volvió a mirar a su hija, que estaba muy cerca de dejar de ser una niña. Eso era todo el problema.
– Creo que ser progenitor no es siempre algo agradable -dijo la señorita Martin-. El amor puede ser terriblemente doloroso. Con algunas de mis niñas desamparadas he tenido algo de experiencia en cómo debe de ser. Han tenido tantas desventajas y yo deseo angustiosamente que el resto de sus vidas sea perfecto. Pero es lo único que puedo hacer. Lizzie siempre será ciega, lord Attingsborough. Pero puede encontrar dicha en la vida si lo desea y las personas que la quieren se lo permiten.
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