Mary Balogh - Simplemente Perfecto

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Alto, moreno y exquisitamente sensual, él es la personificación de la perfección masculina. No es que Claudia Martin esté buscando un amante. Ni un esposo. Como propietaria y directora de la academia de la señorita Martin en Bath, hace mucho que se resignó a vivir sin amor. Hasta que Joseph, marqués de Attingsborough, llega sin previo aviso y la tienta a arrojar por la borda toda una vida de decencia por una aventura que sólo puede conducirle a la ruina.
Joseph tiene sus propias razones para buscar a Claudia. Inmediata e irresistiblemente atraído por la delicada profesora, se embarca en un plan de seducción que los llevará a ambos a anhelar algo más. Pero, como heredero de un prestigioso ducado, se espera que Joseph continúe con el legado de la familia. Y Claudia sabe que no hay lugar para ella en su mundo.
Ahora, dicho mundo está a punto de verse sacudido por el escándalo. Un matrimonio concertado, un secreto que conmocionará a la sociedad y un hombre proveniente del pasado de Claudia, conspiran para separar a los amantes. Pero Joseph está decidido a hacer suya a Claudia a toda costa. Aunque ello signifique desafiar toda convención y romper toda regla por un amor que representa todo cuanto siempre ha deseado; un amor que es perfecto tal como es…

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– No la habría mantenido más de dos o tres meses, supongo. Mi intención era divertirme, correrla. Pero entonces llegó Lizzie.

– Yo diría que ninguno de los dos había considerado esa posibilidad.

– Los jóvenes -dijo él- suelen ser muy ignorantes y muy tontos, señorita Martin, sobre todo en lo relativo a asuntos sexuales.

La miró, suponiendo que la había escandalizado. Al fin y al cabo esa no era una conversación con que regalara normalmente los oídos de las damas. Pero pensaba que le debía una explicación sincera.

– Sí -dijo ella.

– A Sonia no le gustó particularmente la maternidad. Detestó tener una hija ciega. Quiso internarla en un asilo, pero yo no se lo permití. Y puesto que insistí en que ella hiciera de madre, yo tuve que asumir la responsabilidad de hacer de padre. Eso no me fue difícil, ni desde el primer momento. Nunca ha sido difícil. Y por lo tanto continuamos juntos hasta su muerte, Sonia y yo. Ella encontraba fastidiosa su vida, aun cuando yo le daba casi todo lo que puede comprar el dinero, y mi lealtad también. Contraté a los Smart y ellos le quitaban de los hombros parte de la carga de ser madre cuando yo no podía estar en la casa, y han sido como unos abuelos cariñosos para Lizzie. Sonia no tenía mucha idea de cómo entretener, educar o formar a una niña ciega, aunque nunca fue cruel. Y Lizzie se quedó inconsolable cuando murió. La echa de menos. Yo también la echo de menos.

– Lizzie necesita más un hogar que una escuela -dijo ella.

– Tiene un hogar -dijo él bruscamente, aunque sabía lo que ella quería decir-. Pero no es suficiente, ¿verdad? Después de la muerte de Sonia le contraté una acompañante. A esa la sucedieron otras tres. La señorita Edwards es la última. Y esta vez elegí a una chica joven, aparentemente amable y deseosa de complacer. Pensé que a Lizzie le iría bien tener una acompañante muy joven. Pero es evidente que no es apta para esta tarea. Tampoco lo eran las otras tres. ¿Dónde podría encontrar a alguien que esté con mi hija en casa y le dé todo lo que necesite? Los Smart ya son muy mayores para hacerlo ellos solos, y han hablado de jubilarse. ¿Haría eso una de sus alumnas, señorita Martin? Me pasó por la cabeza, lo confieso, la idea de ofrecerle el puesto a la señorita Bains o a la señorita Wood si el empleo al que venían resultaba inconveniente.

Estaban a punto de salir del bosquecillo a una amplia extensión de hierba, donde había varias personas, caminando o sentadas, disfrutando del calor de esa tarde de verano. Se detuvieron a la sombra de un viejo roble, contemplando el espacio iluminado por el sol.

– No sé si una persona muy joven sería apta para la tarea -dijo entonces ella-. Y en Londres. Esa niña necesita aire y ejercicio, lord Attingsborough. Necesita el campo. Necesita una madre.

– Que es lo único que nunca le podré dar.

La miró y por la expresión de sus ojos vio que ella entendía que su matrimonio no le daría una madre a Lizzie. Su hija era ilegítima y debía mantenerla en secreto, siempre, siempre separada de la familia legítima que pudiera tener en el futuro.

Todo había sido bastante sencillo cuando Sonia estaba viva. Él sabía, por supuesto, que su hija llevaba una existencia que no era la ideal, pero se satisfacían sus necesidades básicas, y siempre tenía un hogar, seguridad, el afecto de los Smart, ah, y el de Sonia también, y amor en abundancia por su parte.

– La ansiedad ha sido mi acompañante desde la muerte de Sonia, señorita Martin -continuó-. Supongo que ya la tenía antes, aunque solamente desde que me enfrenté a la realidad de que Lizzie estaba creciendo. A una niña discapacitada, cuando es pequeña, se la puede mimar, proteger y tenerla en el regazo, dentro del círculo de los brazos. Pero ¿qué va a ser de ella cuando sea adulta? ¿Podré encontrarle un marido que sea bueno y amable con ella? Puedo bañarla en riqueza, por supuesto, pero ¿y su ser interior? ¿Qué habrá para sostenerla y darle algo de felicidad? ¿Qué le ocurrirá cuando yo muera?

La señorita Martin le puso una mano en el brazo y él giró la cabeza para mirarla, curiosamente consolado. Sus inteligentes ojos grises miraban fijamente a los suyos y, sin pensarlo, le cubrió la mano con la suya.

– Déjeme conocer mejor a Lizzie, lord Attingsborough. Y déjeme pensar en la posibilidad de que vaya a mi escuela. ¿Podría volver a verla?

De repente él cayó en la cuenta, con cierto azoramiento, de que tenía los ojos llenos de lágrimas. Los cerró para disiparlas.

– ¿Mañana? -dijo-. ¿A la misma hora?

– Si el tiempo sigue estable tal vez podríamos llevarla a alguna parte, sacarla al aire libre -dijo ella, deslizando la mano libre por su brazo-. ¿O no desea que le vean con ella?

– Podríamos llevarla a hacer una merienda campestre -sugirió él-, en Richmond Park o en Kew Gardens.

– La decisión se la dejo a usted -dijo ella-. ¿Alguien sabe lo de su hija?

– Neville, el conde de Kilbourne. La conoce y a veces cuida de ella cuando yo estoy ausente, como cuando estuve en Bath hace poco. Pero, fundamentalmente, un caballero se ocupa de estos asuntos en privado. No es algo de lo que uno habla con sus iguales.

– ¿Y lo sabe la señorita Hunt?

– ¡Buen Dios, no!

– Sin embargo, se va a casar con ella.

– Eso es algo muy reciente, señorita Martin. Mi padre ha estado enfermo y se imagina, tal vez con razón, que la enfermedad le ha afectado el corazón. Antes de llamarme a Bath, invitó a ir ahí a lord Balderston, el padre de la señorita Hunt, y entre los dos urdieron este proyecto de matrimonio. Tiene lógica. Tanto la señorita Hunt como yo estamos solteros y pertenecemos al mismo mundo. Nos conocemos desde hace unos años y siempre nos hemos llevado bien. Pero hasta el momento en que hablé con mi padre, nunca se me había ocurrido cortejarla. No podía pensar en cortejar a nadie estando viva Sonia. Soy partidario de las relaciones monógamas, aun cuando la mujer sea una amante. Por desgracia, nos fuimos distanciando a lo largo de los años, aunque creo que siempre continuamos teniéndonos afecto. En realidad, durante los últimos dos o tres años de su vida ni siquiera… Bueno, no tiene importancia.

Había descubierto, con cierta sorpresa, que Sonia le era infiel. Y si bien no podía echarla debido a Lizzie, nunca más volvió a acostarse con ella.

Claudia Martin no era una señorita tonta ni afectada.

– ¿Lleva más de dos años de abstinencia sexual, entonces? -le preguntó.

Él se rió, a su pesar.

– Es algo muy degradante para que lo reconozca un caballero, ¿verdad?

– No, en absoluto -replicó ella-. Yo llevo muchos años más, lord Attingsborough.

Él se sintió como si estuviera en medio de un extraño sueño. ¿De veras estaba teniendo esa conversación tan indecorosa con la señorita Claudia Martin, nada menos?

– ¿No toda su vida? -preguntó.

– No -repuso ella en voz baja, pasado un momento-. No toda mi vida.

¡Buen Dios!

Y, claro, su mente formuló inmediatamente la pregunta: «¿quién?»

Y la respuesta le llegó rápida: «¿McLeith?» ¡Maldito fuera!

Si era cierto, se merecía que lo colgaran, lo arrastraran y descuartizaran.

¡Como mínimo!

– ¡Oh! -Dijo ella de repente, mirando algo en la parte iluminada por el sol, transformándose al instante en la maestra de escuela gazmoña y ofendida-. ¡Mire!

Y tras decir eso, entró en la amplia extensión de hierba y comenzó a reprender a un obrero que por lo menos la triplicaba en tamaño, porque había estado golpeando con un palo a un escuálido perro blanco y negro, que estaba gimiendo, de miedo y dolor.

Joseph no la siguió inmediatamente.

– ¡Matón cobarde! -dijo ella. Lo interesante fue que no gritó, aunque su voz había adquirido el poder que la hacía audible desde cierta distancia-. ¡Deje de hacer eso inmediatamente!

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