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George Martin: Sueño del Fevre

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George Martin Sueño del Fevre
  • Название:
    Sueño del Fevre
  • Автор:
  • Издательство:
    Acervo
  • Жанр:
  • Год:
    1982
  • Город:
    Barcelona
  • Язык:
    Испанский
  • ISBN:
    84-7002-357-8
  • Рейтинг книги:
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Sueño del Fevre: краткое содержание, описание и аннотация

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Un magnífico barco “Sueño del Fevre”, está dispuesto a vencer a todos los aspirantes al título “Reina del Mississipi”. Es un sueño hecho realidad para su capitán Abner Marsh, una magnífica propiedad para el extraño Joshua York. Pero para este último es principalmente un medio contra su terrible enemigo Damon Julian, el maestro del último enclave de una vieja raza que emerge durante la noche y cuyo placer y necesidad se sacian con sangre humana. Sueño del Fevre es una novela de vampiros, especialmente interesante para los que creen que todo estaba dicho sobre el tema.

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Sour Billy se retiró hacia la puerta. Los demás abandonaron la escalinata y se aproximaron, entre los suaves susurros de las sedas femeninas. Formaron un círculo hambriento en torno a Julian y a su presa, con los ojos oscuros y ardientes. Cuando Emily perdió el conocimiento, Sour Billy se precipitó hacia adelante y la sostuvo entre sus brazos. La muchacha parecía no pesar en absoluto.

—Que belleza —murmuró Julian cuando por fin se separó de ella, con los labios húmedos de sangre y los ojos pesados y satisfechos. Sonreía.

—Por favor, Damon —suplicó el llamado Jean, temblando como si tuviera un acceso de fiebre.

La sangre corría lenta y oscura por el brazo de Emily mientras Julian le dedicaba a Jean una mirada fría y cargada de maldad.

—Valeria —dijo Julian—, tú eres la siguiente.

Una joven pálida de ojos violetas y vestido amarillo se aproximó, se arrodilló delicadamente y empezó a lamer el terrible líquido; no aplicó la boca a la herida abierta hasta que hubo limpiado por completo el brazo de la desmayada Emily.

Después, a instancias de Julian, se acercaron Raymond, Adrienne y Jorge. Por último, cuando los demás hubieron terminado, Julian se volvió a Jean con una sonrisa y un gesto. Jean cayó sobre la esclava con un suspiro sofocado, arrancándola de los brazos de Sour Billy, y empezó a succionar la garganta.

Damon Julian hizo un gesto de desagrado.

—Cuando haya terminado, límpialo todo —le dijo a Sour Billy.

CAPITULO TRES

New Atbany, Indiana, junio de 1857

La niebla caía espesa sobre el río y el aire era húmedo y helado. Era casi medianoche cuando Joshua York, recién llegado de San Luis, se reunió con Abner Marsh en los astilleros desiertos de New Albany. Marsh llevaba media hora de espera cuando apareció York, surgiendo de entre la niebla como una pálida aparición. Tras él, silenciosos como sombras, venían otros cuatro acompañantes. Marsh sonrió mostrando los dientes.

—¡Joshua!—saludó a York . Hizo un leve gesto de cabeza a los demás. Se había reunido con ellos brevemente el mes de abril anterior, en San Luis, antes de tomar pasaje para New Albany a fin de supervisar la construcción de su sueño. Eran amigos y compañeros de viaje de York, pero formaban el grupo más extraño que Marsh había visto nunca. Dos de ellos eran hombres de edad indeterminada con nombres extranjeros que no podía recordar ni pronunciar, por lo que les llamaba Smith y Brown, para diversión de York. Siempre estaban parloteando entre sí en su extraña jerga ininteligible. El tercer hombre, un oriental de mejillas hundidas que vestía como un empleado de pompas fúnebres, se llamaba Simon y nunca pronunciaba palabra. La mujer, Katherine, pasaba por inglesa. Era alta y cargada de espaldas, con un aspecto enfermizo y triste. A Marsh le recordaba un gran buitre blanco. Sin embargo, era amiga de York, todos ellos lo eran, y York le había advertido que tenía unos amigos muy peculiares, por lo que Abner Marsh se mordió la lengua.

—Buenas noches, Abner —dijo York. Se detuvo y echó una mirada a los astilleros, donde los vapores a medio construir semejaban esqueletos yacientes entre la niebla grisácea—. Una noche fría para estar en junio, ¿verdad?

—Así es. ¿Viene usted de lejos?

—Tengo alquilada una suite en el Galt House de Lousville. Hemos tomado una barca para cruzar el río.—Sus ojos grises y fríos estudiaron el vapor más próximo con interés—. ¿Es ése el nuestro?

Marsh dio un respingo.

—¿Esa cosa? No, diablos, eso es un vapor barato de palas en popa que están construyendo para el comercio en el Cincinnati. ¿No pensará usted que iría a poner una rueda de palas en la popa de nuestro barco, verdad?

—Perdone mi ignorancia —sonrió York—. ¿Dónde está, pues?

—Venga por aquí —dijo Marsh, con un gesto vago del bastón. Les condujo astillero adelante—. Ahí —señaló.

La niebla se abrió ante ellos y allí estaba, alto y orgulloso, convirtiendo en enanos a los demás barcos del astillero. Sus cabinas y barandillas brillaban recién pintadas, blancas como la nieve, destacando entre la niebla gris. Sobre la cubierta superior, a mitad de camino de las estrellas, la cabina del piloto parecía relucir, como un templo de cristal, con su cúpula decorada de molduras de fantasía, extraordinariamente complicadas. Las chimeneas, dos pilares gemelos situados justo delante de la cubierta superior, se alzaban a treinta metros de altura, negras, erguidas y arrogantes. Sus alados remates parecían dos oscuras flores metálicas. Su casco era esbelto y daba la impresión de que se prolongaban indefinidamente, con la popa oculta por la niebla. Como todos los barcos de primera clase, llevaba las ruedas de palas a los lados. Situadas en la mitad del barco, los enormes tambores de las ruedas tenían un aspecto gigantesco, dando a entender el enorme poder de las palas que se ocultaban debajo. A falta del nombre que pronto figuraría en ellos, los tambores aún parecían más grandes.

En plena noche y entre la niebla, rodeado de barcos más pequeños y modestos, el de York era como una aparición, un fantasma blanco surgido del sueño de algún hombre del río. Dejaba sin aliento, pensó Marsh mientras permanecían allí.

Smith y Brown cuchichearon a sus espaldas, pero Joshua York se limitó a mirar. Contempló el barco largo rato, y luego asintió.

—Hemos creado algo hermoso, Abner —dijo al fin. Marsh sonrió. No pensaba encontrarlo tan acabado.

—Bueno, esto es New Albany —contestó Marsh—. Por eso vine aquí, en lugar de quedarme en los astilleros de San Luis. Aquí se han construido vapores desde que yo era niño, y sólo el año pasado se hicieron veintidós, probablemente los mismos que este año. Yo sabía que aquí podían hacer lo que queríamos. Debería haber venido conmigo. Me presenté con uno de esos saquitos de oro y lo vacié sobre el escritorio del superintendente y le dije: “Quiero que me haga un vapor, y que me lo haga rápidamente, y quiero que sea el más veloz y el más bonito y el mejor que haya construido nunca, ¿entiende? Así que coja algunos ingenieros, los mejores, no importa que tenga que sacarlos de los burdeles de Louisville, y los trae aquí esta misma noche, para empezar de inmediato. Y contrate a los mejores carpinteros y pintores y caldereros y lo que haga falta, porque sólo quiero lo mejor de lo mejor; de lo contrario, va a lamentarlo toda su vida” —dijo Marsh con una carcajada—. Debería haberle visto, York. No sabía si mirar el oro o escucharme, pues ambas cosas parecían producirle un miedo tremendo. Pero se ha portado bien, ¡vaya si lo ha hecho! Naturalmente —continuó, señalando al barco con un gesto de cabeza—, todavía no está terminado. Hay que pintar los asientos, que irán sobre todo en azul y plateado para hacer juego con toda esa plata que quiere en el salón. Y todavía esperamos los muebles de lujo y los espejos que encargó usted a Filadelfia, y varias cosas más. Pero en su mayor parte está terminado, Joshua, ya está a punto. Venga se lo mostraré.

Los operarios habían abandonado una linterna sobre una pila de leña, cerca de la popa. Marsh encendió una cerilla en la pernera de su pantalón y prendió la linterna, dándosela a Brown con gesto imperioso.

—Usted, tome esto —le dijo con brusquedad. Cruzó pesadamente una larga rampa de madera hasta la cubierta principal, y los demás le siguieron—. Cuidado con lo que tocan —advirtió—, la pintura todavía está fresca.

La cubierta inferior, o principal, estaba llena de maquinaria. La linterna ardía con una luz limpia y estable, pero Brown seguía moviéndola de un lado a otro de modo que las sombras de las enormes máquinas parecían moverse y saltar amenazadoras, como si tuvieran vida propia.

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