Margaret Weis - La guerra de los enanos
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—¡Sí! —se entusiasmó el historiador. Las lágrimas empañaban su vista, sus manos temblaban de gozo.
—Ha llegado el momento de recibir mi recompensa —declaró el hechicero—. ¿Dónde está el Portal?
—¿No lo adivinas, criatura clarividente? —preguntó a su vez Astinus—. Has leído en mis volúmenes el devenir de Krynn, los sucesos acaecidos en las distintas eras.
Raistlin observó a su oponente sin hablar, mientras su faz adquiría la gélida rigidez de una máscara.
—Tienes razón; he estudiado todos y cada uno de los episodios que figuran en las Crónicas —admitió—. ¿Fue ése el motivo de que Fistandantilus viajara a Zhaman?
Su interlocutor asintió con un ligero ademán.
—Zhaman —prosiguió el archimago—, una fortaleza arcana enclavada en las llanuras de Dergoth, cerca de Thorbardin, la patria de los Enanos de las Montañas. Se trata de un bastión erigido en una tierra controlada por esos seres —continuó, inexpresivo cual si hojeara las páginas de un libro de texto—. Allí se dirigen ahora sus parientes, los Enanos de las Colinas, bajo el acoso de la perversidad que ha consumido al continente desde el Cataclismo, al objeto de pedir refugio en su antiguo hogar de las cumbres.
—En efecto —intervino el cronista—. Con todos esos datos, tú mismo puedes esclarecer el enigma.
—Eso me temo. El Portal se oculta en las mazmorras de Zhaman —concluyó el nigromante—. Fistandantilus participó desde ese reducto en la última de las guerras enaniles.
—Participará —rectificó Astinus.
—Cierto. Sea como fuere, el gran maestro tomará parte en la pugna que ha de decidir su destino, su muerte si las leyendas no mienten.
Raistlin se sumió en el silencio. Luego, de manera súbita, se levantó y caminó hacia la escribanía, donde asiendo el tomo en el que trabajaba Astinus, le dio la vuelta. El conservador de la Biblioteca espió sus movimientos con un interés desapasionado.
—Aciertas en tu apreciación, procedo del futuro —murmuró sin dejar de escudriñar la escritura todavía húmeda del pergamino—. He leído las Crónicas salidas de tu pluma, incluso recuerdo lo que apuntarás aquí —agregó, y señaló un espacio en blanco—. En el día de hoy, pasada la Hora de la Vigilia cayendo hacia el 30, Fistandantilus me trajo el globo donde se refleja el paso del tiempo presente , recitó de memoria.
Astinus nada dijo pero el archimago insistió, henchido su acento de cólera.
—¿Redactarás aquí ese párrafo?
El aludido calló, aunque manifestó su asentimiento mediante una inclinación de cabeza.
—Así pues, todas mis acciones estaban previstas —se lamentó el hechicero.
Cerró el puño violentamente y, cuando volvió a tomar la palabra, su voz delató el esfuerzo que hacía para controlarse.
—Unos días atrás vino a visitarte la sacerdotisa Crysania. Me explicó que estabas escribiendo al entrar ella y, después de reconocerla, borraste algo. Déjame ver qué fue.
El historiador exhibió una mueca de disgusto, remiso a obedecer.
—¡Muéstramelo! —El apremio del mago surgió en un alarido casi inarticulado.
Depositando el globo en un ángulo de la mesa, donde la esfera se mantuvo suspendida, Astinus levantó las manos de su perímetro. La luz parpadeó, el objeto se oscureció y se vació de imágenes. Sin prestarle atención, a pesar suyo, el singular personaje rebuscó en el mueble hasta encontrar un volumen encuadernado en piel, que abrió sin titubeos por la página requerida. Colocó entonces el tomo frente a Raistlin y lo invitó a examinarlo.
El nigromante centró de inmediato la vista en una línea donde, sobre un nombre emborronado pero legible, aparecía otro. Cuando enderezó la espalda, provocando un roce en su túnica al enlazar las manos bajo las bocamangas, su faz había asumido una lividez mortífera aunque no exenta de serenidad.
—Esto altera el tiempo —aseveró.
—Esto no altera nada —replicó Astinus—. La sacerdotisa ocupó un lugar que en principio no le correspondía, pero tal cambio carece de importancia. La Historia sigue su curso, inviolada.
—¿Y me arrastra en su fluir?
—Sí. Nunca la modificarás, a menos que tengas el poder de desviar el cauce de un río arrojándole un guijarro —sentenció el cronista.
Raistlin le lanzó una penetrante mirada y esbozó una sonrisa antes de señalar, retador, el globo.
—Contémplalo, Astinus —lo conminó—, y pon tus sentidos alerta. El guijarro no tardará en dibujarse en el interior de la esfera. Y ahora, criatura eterna, debo despedirme.
Se desvaneció al instante y el historiador quedó solo en la cámara, absorto en sus reflexiones. Transcurridos unos minutos, volteó el pesado ejemplar a fin de leer una vez más el evento que registraba cuando irrumpió en la sala la Hija Venerable.
En el día de hoy, Hora Postvigilia subiendo hacia el 15 llegó a esta Biblioteca, enviado por el archimago Fistandantilus y con el propósito de descubrir el paradero del Portal, el clérigo de Paladine llamado Denubis. En pago a mi ayuda, Fistandantilus confeccionará lo que me prometió años atrás: el globo que refleja los acontecimientos del presente .
Aparecía tachado el término Denubis , que había sustituido por Crysania .
7
Tas y Takhisis frente a frente
—Estoy muerto —dijo Tasslehoff Burrfoot.
Permaneció expectante, como si aguardara una respuesta.
—Estoy muerto —insistió al no recibirla—. Debo de hallarme en el más allá.
Transcurrido un segundo intervalo de sepulcral silencio, el kender añadió:
—No cabe duda de que aquí reina una oscuridad impenetrable.
Nada ocurrió, y el interés del hombrecillo por su nuevo estado comenzó a decaer. Un breve examen de su entorno le reveló que yacía de espaldas sobre una superficie muy fría e incómoda, dura como la roca.
«Quizá me han posado sobre una losa de mármol, similar a la de Huma —pensó para estimularse—. En la cripta de un héroe, como aquella donde enterramos a Sturm».
Estas cavilaciones lo entretuvieron durante un rato, más la realidad inmediata vino a reclamar sus derechos. Emitió un grito de dolor, a la vez que se frotaba el costado a fin de apaciguar sus crujientes costillas y que, sorprendido, tomaba conciencia de una molesta migraña. También advirtió que estaba tiritando, que una aguja rocosa se incrustaba en sus riñones y que tenía el cuello rígido.
—¡No era esto lo que imaginaba! —vociferó, irritado—. Se supone que los muertos son insensibles al sufrimiento corporal. ¡Es absurdo sentir nada después de perder la vida! —persistió, con un énfasis exagerado por si alguien lo escuchaba.
«¡Caramba! —exclamó al ver que no cesaba el dolor—. A lo mejor me hallo en una fase transitoria, un estadio en el que he muerto pero mi cuerpo aún no ha sido privado de todas sus prerrogativas. El inevitable rigor no ha endurecido mis músculos, eso puedo asegurarlo».
Resolvió esperar acontecimientos. Tras retirar la aserrada piedra que torturaba su espalda, se estiró con las manos cruzadas sobre el pecho y contempló, en la postura de un cadáver, la penumbra circundante. Poco duró, sin embargo, su inmovilidad.
«Si la muerte es lo que ahora experimento, nada tiene que ver con lo que se comenta —protestó para sí—. Lo más triste no es haber dejado de existir, sino aburrirse inútilmente. De todos modos —agregó después de espiar la oscuridad unos segundos más—, puedo luchar contra el tedio. Ha habido una confusión, un malentendido, debo discutir este asunto con alguien capaz de enmendarlo».
Se sentó y, cuando tanteó el terreno con las piernas dobladas por si debía saltar, descubrió que se hallaba en el pétreo suelo, no en una plataforma elevada como había intuido.
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