– Me he llamado Lockhart durante dieciséis años. Y cuando oigo la palabra padre, pienso en el señor Lockhart. No sé cuál es mi estado legal o lo que pueden hacer los rubíes en los tribunales… Así que soy Sally Lockhart y trabajo para un fotógrafo. Y eso es todo lo que importa ahora mismo.
Pero no. Pasó una semana y Adelaide aún no había aparecido, a pesar de las caminatas interminables de Trembler, que la buscó por todas las calles y rincones de la ciudad, preguntando por ella en colegios, asilos y fábricas. Además, Rosa no encontraba otro trabajo y, aún peor: la obra para la que había estado ensayando tampoco se representó. En ese momento no tenían más ingresos que los que procedían de las ventas de la tienda, y esa situación era casi la peor de todas; habían empezado a darse a conocer por sus imágenes estereográficas y necesitaban desesperadamente producirlas antes de que el público perdiera el interés. Pero no tenían dinero para invertir en el material necesario. Sally trató de llegar a acuerdos con un proveedor tras otro, pero ninguno de ellos les daba papel y productos químicos a crédito.
Reclamó, suplicó, explicó la situación utilizando al máximo su poder de persuasión, pero no consiguió casi nada. Una empresa les dejaba papel de revelado, pero no lo suficiente; ése fue su único logro.
En cuanto a la empresa impresora que iba a producir las estereografías, se negaron a pagar nada por adelantado y los derechos sobre las fotografías se saldarían en el futuro, según las expectativas de venta, pero no en esos momentos. En algún momento Sally tuvo que impedir que Frederick vendiera la cámara del estudio.
– Nunca vendas tus instrumentos de trabajo -le dijo-. No lo hagas por nada del mundo. ¿Cómo diablos vamos a recuperarlo? ¿Qué vamos a hacer cuando crezcamos si tenemos que invertir los primeros ingresos que consigamos en volver a comprar el equipo que nunca hubiéramos debido vender?
Frederick comprendió que tenía razón y la cámara se quedó en el estudio. De vez en cuando hacía algún retrato, pero el negocio con el que todos estaban tan ilusionados iba muriendo.
Sally sabía que tenía el dinero necesario para salvarlo todo. Pero también sabía que si intentaba utilizarlo, el señor Temple la encontraría y le pararía los pies, y lo perdería todo. Finalmente, una fría mañana de finales de noviembre, llegó una carta de Oxford.
Estimada Srta. Lockhart:
Debo pedirle que perdone mi poca memoria. Le escribo por la conmoción que me ha causado la muerte de mi pobre hermano y los trágicos sucesos que hemos sufrido todos. Sé que intenté mencionarlo el otro día que vine, pero se me olvidó, y sólo cuando llegué a Oxford me vino de nuevo a la mente.
Se acordará que su padre -es decir, el capitán Lockhart- le dio un mensaje a mi hermano para usted. El día de su muerte, mi hermano escribió algo en un trozo de papel, con la intención de enviárselo. Lo que nunca mencionó fue la parte final del mensaje, que, en su confusión, no había logrado recordar. Era muy corto, sólo estas palabras: «Dile que mire debajo del reloj».
No me dio más explicaciones, pero me aseguró que usted sabría lo que significaba el reloj. Eso era todo lo que Matthew recordó, pero insistió en que se lo escribiera y se lo contara. Ciertamente lo escribí, pero me olvidé de decírselo hasta este mismo instante en que le escribo.
Espero que tenga algún sentido para usted. Una vez más, acepte mis disculpas por no haberme acordado antes.
Reciba mis más cordiales saludos.
Sinceramente suyo,
Nicholas Bedwell
Sally sintió que su corazón latía a cien por hora. Sabía bien de qué reloj se trataba. En la casa de Norwood había, encima del establo, un reloj de torre, una enorme caja de madera tallada y pintada con un reloj que daba los cuartos y al que se le tenía que dar cuerda una vez por semana. Era absurdo tenerlo en el campo, pero a Sally le encantaba subir al pajar del establo y observar el lento movimiento de su mecanismo. Y debajo del reloj había una tabla suelta, en la pared de madera, que Sally un día había forzado; un perfecto escondite para sus secretos. «Mira debajo del reloj…» Bueno, podría ser que no tuviera ningún significado, pero no perdía nada si lo intentaba. Sin decir nada a los demás, compró un billete de tren y partió hacia Norwood.
La casa había cambiado en los cuatro meses que habían pasado desde que Sally se había ido. Habían pintado las ventanas y la puerta, y vio una nueva verja de hierro, y habían reemplazado el parterre circular de rosas, que estaba en medio del camino de entrada, por algo que parecía que iba a ser una fuente. Ya no era su casa y estaba contenta. El pasado había quedado atrás.
Los actuales propietarios eran unos señores llamados Green y su numerosa familia. El señor Green estaba en el trabajo cuando llegó Sally -en algún lugar de la ciudad-, y la señora Green, haciendo una visita a algún vecino. Pero una simpática institutriz, muy atareada, vio a Sally enseguida y no puso ninguna objeción a que echara un vistazo a los establos.
– Por supuesto que no les importaría -dijo ella-. Son muy amables… ¡Charles! ¡Estate quieto de una vez! -gritó a un chiquillo que estaba tirando el paragüero-. Por favor, pase, señorita Lockhart… Me tendrá que perdonar, pero debo… ¡Oh Charles! ¡Qué has hecho! ¿Quiere que la acompañe? No, claro, no hace falta, ya sabe dónde están.
Los establos no habían cambiado. Ese olor familiar y el sonido del reloj le produjo una intensa sensación de añoranza. Pero no había ido allí para recordar viejos tiempos. Enseguida encontró la caja en el escondite, un cofrecito de palisandro, ribeteado con latón, que había estado en el despacho de su padre durante años. Lo reconoció inmediatamente y lo cogió.
Se sentó en el suelo polvoriento y lo abrió. No tenía llave, sólo un simple cierre. La caja estaba llena de billetes.
Tardó unos instantes en darse cuenta de lo que tenía en las manos. Los tocó, asombrada. No podía ni imaginar la cantidad de dinero que había allí. Y entonces vio una carta.
22 de junio de 1872
Mi queridísima Sally:
Si estás leyendo esta carta, ha sucedido lo peor y yo estoy muerto. Mi pobre hija, tendrás que soportar mucho, pero tienes las fuerzas necesarias para superarlo todo y no rendirte nunca.
Este dinero, cariño, es para ti. Es exactamente hasta el último penique de la cantidad que invertí en Lockhart & Selby hace años, cuando Selby aún era un buen hombre. La empresa cerrará pronto. Yo mismo me aseguraré de que así sea. Pero recuperé esta cantidad, y es tuya.
No quería, ni debía, sacar más dinero. Tengo derecho a esta cantidad por ley, y puedes estar segura de que una gran parte de las actividades de la empresa han estado siempre, de forma honorable y rigurosa, fuera de toda sospecha…, pero sus negocios se mezclaron durante tanto tiempo, de forma inextricable, con la maldad, que no quiero nada más de ella.
La culpa es mía, por no haberme dado cuenta antes de la situación. Pero Selby se ocupaba de los negocios en Oriente, y yo, como un tonto, confié en él. Me corresponde a mí enmendar la situación. Afortunadamente tenemos un buen agente en Singapur. Le iré a ver y juntos arreglaremos todo el mal que se ha infiltrado en nuestra empresa.
Y ese mal, Sally, es el opio. Te parecerá extraño en alguien que hace negocios en Oriente. Todo el comercio actual de China tiene su origen en el opio. Pero yo lo detesto. Lo odio porque vi lo que pasó con George Marchbanks, que fue una vez mi mejor amigo. Y si estás leyendo ahora estas líneas, querida mía, sabrás quién era él y cuál fue el trato que hicimos.
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